sábado, 19 de enero de 2013

Capitulo 18

Narra Zayn
Estoy en el almacén donde los Latino Blood quedan cada noche. Acabo de fumarme el segundo o tercer cigarrillo, ya he perdido la cuenta.
- Bebe un poco de cerveza y borra esa cara de deprimido -suelta Paco, pasándome una. Le cuento que Ash me ha dejado plantado esta mañana y lo único que hace es negar con la cabeza, como si me lo mereciera por haberme acercado a la zona norte.
Cojo la botella pero vuelvo a lanzársela.
- No, gracias.
- ¿Qué pasa, tío? ¿No es lo suficientemente bueno para ti? -pregunta Justin, probablemente el más imbécil de los Latino Blood. El colega consume alcohol con la misma moderación con la que consume droga, es decir, ninguna.
Le lanzo una mirada de advertencia, sin decir palabra.
- Estaba de coña, tío -masculla el borracho de Justin.
Nadie quiere meterse en líos conmigo. Durante mi primer año como pandillero en los Latino Blood, demostré mi valía en un encontronazo con una banda rival.
Cuando era crío, solía pensar que podría salvar el mundo... o al menos salvar a mi familia. «Nunca me convertiré en miembro de ninguna banda», me repetía a mí mismo cuando ya tenía edad de meterme en una. «Protegeré a mi familia con mis propias manos». En la zona sur de Londres, o eres un gangster o estás contra ellos. Entonces, solía soñar con otro futuro, sueños ilusos de que podía mantenerme al margen de las bandas y seguir protegiendo a mi familia. Pero esos sueños se desvanecieron hace mucho tiempo, condenando mi futuro, la noche en la que dispararon a mi padre a unos cinco metros de mí. Tenía seis años.
Cuando me acerqué a su cuerpo, todo lo que pude ver fue una mancha roja extendiéndose por la parte delantera de la camiseta. Me recordó a una diana, excepto porque el centro del objetivo se hacía cada vez más grande. En cuestión de segundos, mi padre se quedó sin aliento. Aquello fue todo. Había muerto.
No me acerqué demasiado, ni tampoco lo toqué. Tenía demasiado miedo. No dije ni una palabra durante los días posteriores a su muerte. Incluso cuando la policía me interrogó, no fui capaz de hablar. Llegaron a la conclusión de que me encontraba en estado de shock, y que mi cerebro no sabía cómo procesar lo ocurrido. Tenían razón. Ni siquiera recuerdo el aspecto del tío que le disparó. Nunca he podido vengar la muerte de mi padre, aunque cada noche rememoro la escena del disparo e intento juntar las piezas del rompecabezas. Si pudiera acordarme, ese cabrón pagaría por lo que hizo.
Lo que ha sucedido hoy, sin embargo, está perfectamente claro en mi mente.Doña Perfecta me ha dejado plantado, su madre me ha mirado con el ceño fruncido... cosas que deseo olvidar pero que parezco tener incrustadas en el cerebro.
Paco vacía la mitad de la cerveza de un trago, sin importarle que le caiga por las comisuras de los labios y que le salpique la camiseta. Cuando Justin se vuelve hacia otro de los chicos, Paco se dirige a mí. - Carmen te la jugó bien, ¿verdad?
- ¿Por qué lo dices?
- No confíes en las chicas. Y si no, fíjate en Ashley Miori...
- Paco, me lo he pensado mejor, pásame una cerveza. Una vez abierta la vacío de un trago y aplasto la lata contra la pared.

- Puede que no quieras escuchar lo que voy a decirte, Zayn. Pero vas a tener que hacerlo estés o no borracho, Carmen, esa ex tuya, esa chica sexy que adora los cotilleos y hacerle chupones a sus novios, te dio una puñalada por la espalda. De modo que lo único que haces con Ash es utilizarla porque necesitas devolverle el golpe a alguien. -Escucho a Paco, sin mucha gana, mientras cojo otra cerveza.
- ¿Crees que intento hacer eso con mi compañera de clase de química?
- Sí, pero te va a salir el tiro por la culata, colega, porque en realidad esa chica te gusta. Admítelo.
- Solo me interesa por la apuesta -concluyo, sin ninguna intención de admitir nada.
Paco ríe con tanta fuerza que acaba tropezando y cayendo de culo sobre el suelo del almacén. Me señala con la cerveza que aún sostiene en la mano.
- Amigo, se te da tan bien mentirte a ti mismo que empiezas a creerte todas las gilipolleces que sueltas por la boca. Esas dos chicas son polos opuestos, Zayn.
Cojo otra cerveza. Cuando abro la pestaña, reflexiono sobre las diferencias entre Carmen y Ash. Carmen tiene una mirada sexy, oscura y misteriosa. La mirada de Ash parece más bien inocente, con esos ojos azules tan claros que casi puedes ver a través de ellos. ¿Seguirá siendo así cuando haga el amor con ella?
Mierda. ¿Hacer el amor? ¿Por qué he mezclado a Ash y el amor en una misma frase? Se me está yendo la cabeza.
La siguiente media hora, la paso bebiendo tanta cerveza como puedo. Así me siento lo suficientemente bien como para no tener que pensar... en nada.
Una voz de chica me saca del ensimismamiento.
- ¿Os apuntáis a una fiesta en Danwood Beach? -pregunta.
Miro a unos ojos de color chocolate. Aunque mi mente esté nublada y me siento mareado, sé con seguridad que el chocolate es lo opuesto a lo azul. No quiero lo azul. El azul me confunde demasiado. El chocolate es sencillo, es más fácil tratar con él. Algo no va bien, pero no soy capaz de identificar de qué se trata. Y cuando siento los labios de chocolate sobre los míos, deja de importarme todo excepto apartar el azul de mi mente. Aunque también recuerde que el chocolate puede ser amargo.
- Sí -digo cuando separo los labios de los de ella-. ¡Vámonos de fiesta!
Una hora más tarde, estoy con el agua hasta la cintura. Deseo convertirme en un pirata y surcar mares solitarios. Por supuesto, en el fondo de mi confusa mente sé que estoy contemplando el Lago Serpentine y no un océano. Pero en este momento que no pienso con claridad, ser un pirata me parece una opción de narices. Sin familia, sin preocupaciones, sin chicas de pelo rubio y ojos azules que me hipnotizan al mirarme.
Unos brazos me rodean el torso, como tentáculos.
- ¿En qué piensas, cariño?
- En convertirme en pirata -murmuro al pulpo que acaba de dirigirse a mí con tanta confianza.
Las ventosas del pulpo me están besando en la espalda y avanzan hasta la cara. Pero en lugar de asustarme, me siento a gusto. Conozco este pulpo, estos tentáculos.
- Tú serás un pirata y yo una sirena. Podrás rescatarme.
De algún modo, tengo la sensación de que es a mí a quien deberían rescatar porque siento que me está ahogando con sus besos.
- Madi -le digo al cefalópodo de ojos marrones que se ha transformado en una sexy sirena, comprendiendo de repente que estoy borracho, desnudo y con el agua hasta la cintura en el Lago Serpentine.
- Shh, relájate y disfruta.
Madi me conoce lo suficiente como para hacerme olvidar la realidad y ayudarme a concentrarme en la fantasía. Me abraza con sus manos y su cuerpo. Parece ingrávida en el agua. Llevo las manos hacia lugares en los que he estado antes y tanteo un territorio que me resulta familiar, pero la fantasía no me invade esta vez. Y cuando vuelvo la mirada hacia la orilla, el bullicio provocado por mis ruidosos amigos me recuerda que no estamos solos y que a mi pulpo-sirena le encanta tener público.
A mí no.
Cojo a mi sirena de la mano y empiezo a caminar hacia la orilla. Hago caso omiso de los comentarios de mis colegas y le digo a mi sirena que se vista mientras yo me pongo los pantalones. Hecho esto, la cojo de nuevo de la mano y nos abrimos paso a través de la multitud hasta dar con un espacio vacío en el que poder sentamos junto a nuestros amigos.
Me recuesto sobre una enorme roca y estiro las piernas. Mi ex novia se acurruca a mi lado, como si nunca hubiéramos roto, como si nunca me hubiera engañado con otro. Me siento atrapado, sin escapatoria.
Ella da una calada a algo más fuerte que un cigarrillo y me lo pasa. Observo el porro fino y bien liado.
- Esto no llevará alucinógenos, ¿verdad? -pregunto. Estoy deshecho, y lo último que necesito es mezclar la marihuana y la cerveza con otras drogas. No quiero matarme, solo pretendo alcanzar un estado de entumecimiento temporal.
- Solo es marihuana, cariño - dice, poniéndome el porro en los labios.
Quizás me ayude a dejar la mente en blanco y olvidar todo lo relacionado con disparos y ex novias, y apuestas en las que tengo que acostarme con una chica que cree que soy la escoria de la sociedad.
Acepto el porro y le doy una calada.
Las manos de mi sirena avanzan hacia el pecho.
- Puedo hacerte feliz, Zayn -susurra, tan cerca de mí que puedo oler el alcohol y la marihuana en su aliento. O quizás sea el mío, no estoy seguro-. Dame otra oportunidad.
La droga y el alcohol confunden mis sentidos. Y al rememorar la imagen de Matt y Ash abrazados en el instituto, acerco el cuerpo de Madi hacia mí.
No necesito una chica como Ash.
Necesito una chica sexy y picante como Madi, mi sirenita mentirosa.

viernes, 18 de enero de 2013

Capitulo 17

Narra Ash
- ¿Quién es Zayn?
Esas son las primeras palabras que me dirige mi madre después de llegar a casa del aeropuerto, donde he ido a recoger a mi padre.
- Es un chico del instituto que me ha tocado como compañero en la clase de química -respondo en voz baja. Espero un momento antes de añadir-: ¿Por qué le conoces?
- Vino aquí después de que te fueras al aeropuerto. Le he echado.
La realidad me golpea en la cara. ¡Ay, Dios! Me olvidé de que había quedado con Zayn esta mañana.
Cuando pienso en ello, le imagino esperándome en la biblioteca y me invade un sentimiento de culpabilidad. Era yo quien no confiaba en que se presentara, pero al final he sido yo quien no ha cumplido con su palabra. Debe de estar furioso. Puf, me siento fatal.
- No lo quiero cerca de casa -confiesa-. Los vecinos empezarían a chismorrear sobre ti.
«Como hacen con tu hermana», sé que está pensando.
Espero que algún día pueda vivir en un lugar en el que no tenga que preocuparme de los cotilleos de los vecinos.
-De acuerdo -accedo.
- ¿Puedes cambiar de compañero? 

- No.
- ¿Lo has intentado?
- Si, mamá. Lo he hecho. La señora Peterson se niega a volver a asignar compañeros.
- Quizás no hayas insistido lo suficiente. Llamaré al instituto el lunes y les haré...
La miro fijamente, ignorando la intensa y dolorosa punzada en la parte posterior de la cabeza, donde mi hermana se ha llevado un buen mechón de pelo.
- Mamá, ya me encargo yo. No necesito que llames al instituto y me hagas sentir como una niña de dos años.
- ¿Ha sido ese chico, Zayn, el que te ha enseñado a faltarle el respeto a tu madre? ¿De repente, crees que puedes hablarme así porque ese chico sea tu compañero? 

- Mamá...
Ojala estuviera mi padre para intervenir. Pero fue directamente a su despacho para comprobar su correo justo después de que llegásemos a casa. Me gustaría que actuara como árbitro en lugar de quedarse al margen.
- Porque si empiezas a codearte con gentuza como esa, la gente te considerará como tal. No es así como te hemos educado tu padre y yo.
Vaya, aquí viene el sermón. Preferiría comer pescado vivo con escamas y todo antes de escuchar esto ahora. Sé cuál es el significado que se esconde tras sus palabras.
Shelley no es perfecta, de modo que yo tengo que serlo por las dos.
Aspiro profundamente intentando calmarme.
- Mamá, lo he entendido. Lo siento.
- Sólo intento protegerte -dice-. Y tú me lo echas en cara.
- Lo sé. Lo siento. ¿Qué ha dicho el Dr. Meir de Shelley?
- Quiere que vaya dos veces por semana para hacer un seguimiento. Voy a necesitar tu ayuda para llevarla.
No le menciono nada de la política de la señora Small acerca de faltar al entrenamiento de animadoras, porque no sirve de nada que nos estresemos más de lo que ya lo estamos. Además, me gustaría averiguar por qué mi hermana se comporta de ese modo tan agresivo...
Afortunadamente, suena el teléfono y mi madre va a atender la llamada. Salgo corriendo hacia la habitación de mi hermana antes de que mi madre me llame para seguir con la discusión. Shelley está sentada frente a su ordenador personalizado, dando golpecitos al teclado. 

- Hola -le digo.
Shelley levanta la mirada. No está sonriendo. Quiero que sepa que no estoy enfadada con ella porque sé que no era su intención hacerme daño. Puede que ni siquiera comprenda qué la empuja a hacer esas cosas. - ¿Quieres jugar a las damas? Niega con la cabeza. - ¿Ver la tele? -Vuelve a negar con la cabeza.
- Quiero que sepas que no estoy enfadada contigo -le explico mientras me acerco a ella, pero con cuidado para que el pelo quede fuera de su alcance, y le froto la espalda-. Ya sabes que te quiero.
No hay respuesta, ni asentimiento de cabeza, ni aproximación verbal. Nada.
Me siento en el borde de su cama y la observo jugar con el ordenador. De vez en cuando hago algún comentario para que sepa que estoy allí. Puede que ahora no me necesite, pero me gustaría que así fuera. Porque sé que llegará el día en el que me necesite, y yo no estaré aquí para ayudarla. Eso me asusta.
Poco después dejo a mi hermana y me voy a mi habitación. Busco la guía de estudiantes del Instituto Fairfield para conseguir el teléfono de Zayn.
Cojo mi móvil y marco su número.
- ¿Sí? -contesta una voz de chico.
Aspiro profundamente.
- Hola -respondo-. ¿Está Zayn?
- Ha salido.
- ¿Quién es? -oigo a una mujer preguntar a lo lejos.
- ¿Quién eres? -pregunta el muchacho.
Me doy cuenta de que estoy mordiéndome la uña mientras hablo.
- Ashley Miori. Soy... una amiga del instituto de Zayn.
- Es Ashley Miori, una amiga del instituto de Zayn -explica el chico a su madre.
- Coge el mensaje -le oigo decir.
- ¿Eres su nueva novia? -pregunta el chico.
Oigo un golpe y un «¡Ay!» antes de que el chico rectifique
- ¿Quieres dejar un mensaje?
- Dile que ha llamado Ashley Miori. Este es mi número...

Capitulo 16

Narra Zayn
Llevo una hora esperando en la biblioteca. Bueno, más bien una hora y media. Antes de las diez, salí a sentarme en los bancos de la calle. A las diez volví adentro y me quedé mirando el expositor, fingiendo estar interesado en los próximos eventos anunciados por la biblioteca. No quería parecer ansioso por ver a Ash. A las diez y cuarenta y cinco me senté en los sofás de la sección de literatura juvenil y aproveché para hojear el libro de química. De acuerdo, admito que solo estaba pasando las páginas sin fijarme en lo que había escrito.
Ahora son las once. ¿Dónde se habrá metido?
Podría ir a dar una vuelta con mis amigos. Maldita sea, debería ir a dar una vuelta con mis amigos. Pero tengo la estúpida necesidad de saber la razón por la que Ash me ha dejado plantado. Intento convencerme de que es cuestión de orgullo, pero en el fondo estoy preocupado por ella.
Durante su ataque de nervios en la enfermería, me dio a entender que su madre no era la candidata idónea para la Madre del Año. ¿No se da cuenta de que ya tiene dieciocho años y que puede irse de casa si quiere? Si lo pasa tan mal, ¿por qué se queda allí?
Porque sus padres son ricos.
Si yo me fuera de casa, mi nueva vida no sería muy diferente de la antigua. Sin embargo, para una chica que vive en la zona norte, una vida sin toallas de diseño y una sirvienta que te siga a todas partes probablemente sea peor que la muerte.
Ya he esperado suficiente. Voy a ir a su casa, para que me explique por qué me ha dejado plantado. Sin pensarlo dos veces, me subo a la moto y me dirijo a la zona norte. Sé dónde vive... en la vomitiva mansión blanca con columnas.
Aparco la moto en el camino de entrada y llamo al timbre.
Me aclaro la garganta, para no atragantarme al hablar.
Mierda, ¿qué voy a decirle? ¿Y por qué me siento tan inseguro, como si ella fuera a juzgarme y yo tuviera que impresionarla?
Nadie responde. Vuelvo a llamar.
¿Dónde está el sirviente o el mayordomo que te abre la puerta cuando los necesitas? Justo en el momento en el que estoy a punto de renunciar y alejarme con el rabo entre las piernas, la puerta se abre. Delante de mí aparece una versión más mayor de Ash. No cabe duda de que es su madre. Cuando me mira, reparo en la mueca de desprecio que me lanza.
- ¿En qué puedo ayudarte? -pregunta llena de seguridad. Tengo la impresión de que o espera que forme parte de la plantilla de jardineros o que sea un vendedor que va de puerta en puerta acosando a la gente-. En este vecindario está terminantemente prohibida la venta ambulante.
- Yo, esto, no estoy aquí para vender nada. Me llamo Zayn. Solamente quería saber si Ashley estaba, bueno, en casa -respondo. Genial, me he quedado sin palabras dos veces.
- No -contesta con un tono de voz tan frío como su mirada.
- ¿Sabe adónde ha ido?
La señora Miori entrecierra la puerta. Probablemente piense que voy a asomar la cabeza para comprobar las cosas de valor que tiene y sentirme tentado de robarlas.
- No suelo dar información acerca de dónde se encuentra mi hija. Ahora, si me disculpas -dice, antes de cerrarme la puerta en las narices.
Me quedo delante de la puerta principal como un completo imbécil. Tengo la sensación de que Ash estaba detrás de la puerta pidiéndole a su madre que se deshiciera de mí. En su lugar, yo no jugaría conmigo.
Odio los juegos que no puedo ganar.
Vuelvo a la moto con el rabo entre las piernas, preguntándome si debería sentirme como un perro maltratado o como un pitbull furioso.

lunes, 7 de enero de 2013

Capitulo 15


Narra Ashley


Una cosa tengo clara... no voy a darme el lote con Zayn Malik. Afortunadamente, la señora Peterson nos ha tenido ocupados toda la semana, haciendo experimentos, de modo que no hemos tenido tiempo de hablar excepto para decidir quién enciende el mechero Bunsen. Aunque cada vez que miro el brazo vendado de Zayn, me acuerdo del golpe que le di.
Intento no pensar en él mientras me pinto los labios para mi cita con Matt. Es viernes por la noche, y vamos a ir a cenar y al cine. Después de comprobar mi aspecto en el espejo, hasta tres veces, y de ponerme el brazalete de Tiffany's que me regaló por nuestro aniversario el año pasado, me dirijo a la piscina del jardín, donde mi hermana está junto a su terapeuta físico. Mi madre, que lleva su bata de terciopelo rosa, descansa acomodada en una tumbona, leyendo una revista de decoración. La tranquilidad reina en la escena, excepto por la voz del terapeuta físico que le da instrucciones a Shelley. Mi madre baja la revista y veo que su expresión es tensa y ceñuda.
- Ashley, no vengas más tarde de las diez y media.
- Mamá, el cine empieza a las ocho. Llegaremos a casa cuando acabe la película.
- Ya has oído lo que te he dicho. No más tarde de las diez y media. Si tienes que salir del cine para llegar a casa a tu hora, pues sales. Los padres de Matt no respetarán a una chica que no tiene toque de queda.
El timbre de casa suena.
- Probablemente sea él -digo.
- Pues date prisa y ve a abrirle. Un chico como él no esperará para siempre, ya lo sabes.
Salgo corriendo hacia la puerta principal antes de que mi madre lo haga por mí y nos haga quedar a los dos como tontos. Matt aparece en el umbral de la puerta con una docena de rosas rojas en la mano.
- Para ti -dice, sorprendiéndome.
¡Vaya! He sido una idiota por pensar tanto en Zayn esta semana. Abrazo a Matt y le doy un beso, un verdadero beso en los labios.
- Deja que las ponga en agua -digo, retrocediendo.
Canturreo alegre mientras me dirijo a la cocina, oliendo la dulce fragancia de las rosas. Pongo agua en un jarrón, preguntándome si Zayn habrá llevado flores a su novia alguna vez. Puede que regale cuchillos o algo así, por si su novia los necesita cuando vaya a alguna parte sin él. Estar con Matt es tan...
¿Aburrido?
No. No somos aburridos. Somos prudentes. Acomodados. Monos.
Después de cortar la parte inferior de los tallos y colocar las rosas en el jarrón, encuentro a Matt hablando con mi madre en el patio, algo que no me gusta mucho que haga.
- ¿Preparado? -le pregunto.
Matt me lanza su súper sonrisa blanca del millón de dólares.
- Sí. Tráela a las diez y media -grita mi madre.
Como si una chica con toque de queda deba tener además valores. Qué ridiculez, pero miro a Shelley me trago las ganas de discusión.
- Por supuesto, señora Miori -responde.
Una vez sentados en su Mercedes, le pregunto:
- ¿Qué película vamos a ver?
- Hay un cambio de planes. La empresa de mi padre ha conseguido entradas para ver a los Chicago Cubs. En un palco situado justo detrás del bateador. Cariño, vamos a ver a los Cubbies.
- Qué guay. ¿Estaremos de vuelta a las diez y media? -le pregunto, porque no me cabe ninguna duda de que mi madre estará esperándome a la puerta de casa.
- Sí, a no ser que el partido se prolongue demasiado. ¿Cree tu madre que te convertirás en una calabaza o algo así?
- No, solo es que, bueno, no quiero darle un disgusto -digo, cogiéndolo de la mano.
- No te lo tomes a mal, pero tu madre es un poco rara. Está muy buena, no me importaría tirármela, aunque está totalmente pirada.
- ¡Puaj! ¡Matt, acabas de confesarme que te tirarías a mi madre! Qué asqueroso eres -exclamo, soltándole la mano.
- Venga ya, Ash -dice, mirándome-. Tu madre parece más tu hermana gemela que tu madre. Está buenísima.
Mi madre hace mucho ejercicio y tiene un cuerpo de treintañera, a pesar de sus cuarenta y cinco años. Pero saber que mi novio cree que está buena es una asquerosidad total.
Ya en el partido, Matt me lleva al palco de la empresa de su padre en el estadio Wrigley Field. El lugar está abarrotado de gente de varios bufetes de abogados del centro de la ciudad. El padre de Mattt nos da la bienvenida. Su madre me da un abrazo y un beso al aire antes de dejarnos para que nos relacionemos con el resto de la gente. Observo a Matt mientras habla con otras personas en el palco. Aquí se siente en casa, está en su elemento. Estrecha la mano, sonríe de oreja a oreja y responde con carcajadas a los chistes que cuentan los demás, tengan o no gracia.
- Veamos el partido en esas butacas de ahí -sugiere, llevándome a un asiento después de haber comprado unos perritos calientes y refrescos en la cafetería.
- El año que viene espero conseguir una pasantía en Harris, Lundstrom y Wallace -dice en voz baja-. Así pasaré más tiempo con estos tipos.
Cuando el señor Lundstrom aparece a nuestro lado, Matt adopta un tono muy serio. Le miro con admiración mientras habla con el señor Lundstrom como si fueran viejos amigos. Definitivamente, mi novio tiene un don especial para hacerle la pelota a la gente.
- He oído que quieres seguir los pasos de tu padre -dice el señor Lundstrom.
- Sí, señor -replica Matt, y acto seguido se ponen a charlar sobre fútbol y finanzas, cualquier cosa que se le ocurre a Matt para seguir conversando con el señor Lundstrom.
Megan me llama al móvil y le describo los momentos claves del partido. Mientras charlamos, espero a que Colín termine de hablar con el señor Lundstrom. Megan me comenta que se lo ha pasado genial bailando en un sitio llamado Club Mystique, un local en el que dejan entrar a adolescentes. Me asegura que a Sierra y a mí nos encantaría.
En la séptima entrada, Matt y yo nos ponemos en pie y tarareamos el himno. Desafinamos un montón, pero no importa porque en este momento da la impresión de que los miles de seguidores de los Chicago Cubs que están cantando desafinan tanto como nosotros. Me gusta divertirme así con Matt, lo que me hace pensar que he sido excesivamente crítica con nuestra relación.
A las nueve y cuarenta y cinco me vuelvo hacia él y le repito que no puedo llegar a casa con retraso aunque el partido no haya acabado aún. Él me coge de la mano. Tengo la sensación de que va a disculparse por no haberme hecho mucho caso durante su conversación con el señor Lundstrom. Entonces, el señor Lundstrom invita al señor Wallace a unirse al grupo.
A medida que pasan los minutos, empiezo a ponerme nerviosa. Ha habido demasiada tensión en mi casa últimamente. No quiero añadir más.
- Matt... -digo, apretándole con fuerza la mano.
Él me responde rodeándome los hombros con un brazo.
Al final de la novena entrada, cuando ya son las diez pasadas, intervengo en la conversación:
- Lo siento, pero Matt tiene que llevarme a casa.
El señor Wallace y el señor Lundstrom estrechan la mano de Colin y, acto seguido, lo saco del estadio.
- Ash, ¿sabes lo difícil que es conseguir una pasantía en HL&W?
- Ahora mismo no me importa, Matt. Tengo que estar en casa a las diez y media.
- Pues llegarás a las once. Llama a tu madre y dile que estamos en mitad de un atasco.
Matt no se imagina cómo se pone mi madre cuando está de malhumor. Afortunadamente, son muchas las veces que he podido evitar que venga a recogerme a casa, y cuando lo hace es solo para pasar unos pocos minutos. No tiene ni idea de cómo me siento cuando mi madre descarga su ira sobre mí.
Nos ponemos en marcha, no a las once, sino casi a las once y media. Matt todavía sigue hablando de su posible pasantía en HL&W mientras escucha el resumen del partido por la radio.
- Tengo que irme -digo, acercándome para darle un beso rápido.
- Quédate aquí un rato -me susurra contra los labios-. Hace una eternidad que no hemos tenido tiempo de divertirnos un rato juntos. Lo echo de menos.
- Yo también, pero es muy tarde -replico, lanzándole una mirada cargada de disculpas-. Pasaremos juntos más noches.
- Espero que sea pronto.
Entro en casa, preparada para el sermón. Tal y como esperaba, mi madre me espera en la entrada, cruzada de brazos.
- Llegas tarde.
- Lo sé. Lo siento.
- ¿Crees que puedes saltarte mis reglas a la torera?
- No.
Deja escapar un suspiro.
- Mamá, de verdad que lo siento. En lugar de ir al cine, fuimos a un partido de béisbol y el tráfico era horrible.
- ¿Aun partido de béisbol? ¿Habéis estado en la ciudad todo este tiempo? ¡Os podrían haber atracado!
- Estamos bien, mamá.
- Crees que lo sabes todo, Ashley, pero no es así. Vete a saber, podrías estar muerta en algún callejón de la ciudad mientras yo pienso que estás en el cine. Comprueba tu bolso y mira si te falta dinero o algún documento.
Abro el bolso y repaso el contenido de mi bolso, únicamente para complacerla. Sostengo en alto el dinero y los documentos.
- Está todo aquí.
- Considérate afortunada. Por esta vez.
- Siempre me ando con cuidado cuando voy a la ciudad, mamá. Además, Colin estaba conmigo.
- No quiero oír ninguna excusa, Ashley. ¿No has pensado que sería un detalle por tu parte llamar para contarme el cambio de planes y para decirme que ibas a llegar tarde? -¿Para qué me grite por teléfono y después tenga que aguantarla al llegar a casa? De ninguna manera. Sin embargo, no puedo decirle eso en la cara.
- No se me ocurrió -contesto sin más.
- ¿Alguna vez piensas en esta familia? El mundo no gira a tu alrededor,Ashley.
- Ya lo sé, mamá. Te prometo que la próxima vez llamaré. Estoy cansada. ¿Puedo irme a la cama?
Me despacha con un gesto de la mano.
SÁBADO POR LA MAÑANA


Me despierta el grito de mi madre. Aparto de una manotada las sábanas, me levanto y salgo corriendo por la escalera para ver a qué se debe tanto alboroto.
Shelley está en su silla de ruedas, frente a la mesa de la cocina. Tiene la boca llena de comida y se ha manchado la camiseta y los pantalones. Parece una niña pequeña en lugar de una mujer de veinte años.
- ¡Shelley, si vuelves a hacerlo, te irás a tu habitación! -le grita mi madre antes de colocar un bol de comida triturada en la mesa, delante de ella.
Shelley lo tira al suelo. Mi madre ahoga un grito y después fulmina a mi hermana con la mirada.
- Yo me encargo -digo, corriendo hacia mi hermana.
Mi madre nunca le ha puesto la mano encima a mi hermana. Sin embargo, su excesiva desesperación causa el mismo efecto.
- No la mimes tanto, Ashley -advierte mi madre-. Si no come, la alimentaremos a través de un tubo. ¿Te gustaría eso?
No soporto que mi madre haga esto. Siempre imagina lo peor que puede suceder en lugar de intentar arreglar lo que está mal. Cuando mi hermana me mira, veo la misma desesperación en sus ojos.
Mi madre señala a Shelley con el dedo y después a la comida que hay esparcida por el suelo.
- Esa es la razón por la que hace meses que no te llevo a un restaurante -le dice.
- Mamá, para -le ruego-. No tienes que empeorar las cosas. Shelley ya está alterada, ¿De qué sirve echar más hierro al asunto?
- ¿Y qué hay de mí?
La tensión aparece de nuevo: nace en mi interior y se extiende por todo mi cuerpo hasta llegar a los dedos de las manos y de los pies. Se hace más intensa y estalla con tal fuerza que apenas soy capaz de reprimirla.
- ¡Esto no tiene nada que ver contigo! ¿Por qué siempre crees que todo se vuelve contra ti? -vocifero-. Mamá, ¿no te das cuenta de que se siente dolida? En lugar de chillarle, ¿por qué no te detienes un momento a pensar qué ha podido salir mal?
Sin pensarlo dos veces, cojo una toallita y me arrodillo al lado de mi hermana. Empiezo a limpiarle los pantalones.
- ¡Ashley, no! -grita mi madre.
No le hago caso. Aunque debería hacerlo, porque antes de que logre apartarme, Shelley me coge del pelo y empieza a tirar con fuerza. Con todo el alboroto, se me ha olvidado que a Shelley le ha dado últimamente por tirar del pelo a la gente.
- ¡Ay! -exclamo-. ¡Shelley, para, por favor!
Intento alcanzarle las manos y presionarle los nudillos, tal y como nos dijo el médico que hiciéramos para lograr que nos soltara, pero es inútil. Estoy en la posición equivocada, agachada sobre los pies de Shelley con el cuerpo torcido. Mi madre está soltando tacos, la comida vuela por la cocina y empiezo a sentir el cuero cabelludo en carne viva.
Shelley sigue tirando con fuerza, a pesar de que mi madre intenta conseguir que me suelte el pelo.
- ¡Los nudillos, mamá! -grito, recordándole lo que sugirió el Dr. Jones. Maldita sea, ¿cuánto pelo me ha arrancado? Tengo la sensación de que una gran parte de la cabeza me ha quedado calva.
Parece que mi madre ha aceptado la sugerencia y debe de haber presionado con fuerza los nudillos de mi hermana porque por fin me suelta el pelo. O eso o Shelley me ha arrancado el mechón que estaba agarrando.
Caigo al suelo y acto seguido me llevo la mano a la parte de atrás de la cabeza.
Shelley está sonriendo.
Mi madre frunce el ceño.
Y las lágrimas me resbalan por las mejillas.
- Voy a llevarla al Dr. Jones ahora mismo -dice mi madre, agitando la cabeza, dejando claro que soy yo la culpable de toda esta situación descontrolada-. Esto ha llegado demasiado lejos. Ashley, coge el coche de tu padre y ve al aeropuerto O'Hare a recogerlo. Su vuelo llega a las once. Es lo mínimo que puedes hacer para echar una mano.