Narra Zayn
- ¿Y a esto lo llamas besar?
- Sí.
De acuerdo, me ha desconcertado un poco que Ash me haya hecho poner la mano sobre su sedosa mejilla. Maldita sea, por la manera que ha reaccionado mi cuerpo se diría que estaba bajo el efecto de las drogas. Hace un minuto, me tenía completamente hechizado. Luego, la hermosa bruja le ha dado la vuelta a la tortilla y se ha hecho con la posición de ventaja. Me ha sorprendido, eso está claro. Estallo en carcajadas, deliberadamente, para que todos se interesen por lo que hacemos, que es justo lo que ella no quiere.
- Shh -suelta Ash, dándome un puñetazo en el hombro para que me calle. Cuando río con más fuerza, me golpea en el brazo con el pesado libro de química.
En el brazo dolorido.
- ¡Ay! -exclamo con una mueca de dolor. Siento como si un millón de abejas me clavaran su aguijón en la herida del brazo-.
Ella se muerde el labio color rosa palo, un tono que le va muy bien, a mi parecer. Aunque tampoco me importaría ver cómo le queda el rosa chicle.
- ¿Te he hecho daño? -pregunta.
- Sí -digo entre dientes mientras intento concentrarme en el color de sus labios para olvidarme del dolor.
- Bien.
Me levanto la manga de la camiseta para examinar la herida y (gracias a mi compañera de laboratorio) una de las grapas que me pusieron en el médico tras la pelea con los Satín Hood en el parque está sangrando. Ash tiene un buen derechazo para alguien que probablemente no pase de peso pluma.
Aspira con fuerza y se ablanda:
- ¡Oh, Dios! No pretendía hacerte daño, Zayn. De verdad que no. Cuando amenazaste con enseñarme la cicatriz, te levantaste la manga izquierda.
- No iba a enseñártela de verdad. Estaba tomándote el pelo. No pasa nada -le digo. Vaya, parece que es la primera vez que esta chica ve sangre. Aunque claro, puede que ella la tenga azul.
- Sí, sí que pasa -insiste mientras niega con la cabeza-. Te están sangrando los puntos.
- Son grapas -matizo, intentando poner una nota de humor. La pobre está más blanca de lo normal. Y respira con fuerza, casi jadeando. Si se desmaya, voy a perder la apuesta con Liam. Si no es capaz de aguantar una mancha de sangre, ¿cómo va a reaccionar cuando tengamos relaciones sexuales? A no ser que no nos desnudemos, entonces no tendrá que ver todas las cicatrices que tengo. Y si lo hacemos a oscuras, podrá imaginar que soy alguien pijo y rico. A la mierda, me gusta hacerlo con las luces encendidas... Me gustaría sentirla contra mí, y quiero que sepa que está conmigo y no con otro capullo.
- Zayn, ¿te encuentras bien? -pregunta Ash. Su preocupación parece sincera.
¿Debería contarle que se me había ido el santo al cielo y que me he puesto a imaginar cómo sería hacerle el amor?
La señora P. aparece por el pasillo con una expresión ceñuda.
- Chicos, esto es una biblioteca. Guarden silencio -dice. Pero entonces repara en la pequeña veta de sangre que me serpentea por el brazo y me mancha la manga-. Ashley, acompáñele a la enfermería. Zayn, la próxima vez que venga al instituto, lleve la herida bien vendada.
- Señora P, ¿no cuento con su comprensión? Me estoy desangrando.
- Haga algo para ayudar a la humanidad o al planeta, Zayn, y entonces contará con mi comprensión. La gente que se mete en peleas callejeras no conseguirá nada de mí excepto rechazo. Ahora vaya a curarse.
Ash coge los libros de mi regazo y dice con voz temblorosa:
- Vamos.
- Puedo llevar los libros -digo mientras la sigo fuera de la biblioteca. Estoy presionándome la manga contra la herida, con la esperanza de que detenga la hemorragia.
Ella camina delante de mí. Si le digo que necesito ayuda para caminar porque me siento débil, ¿se lo tragará y acudirá a mi rescate? Tal vez debería tropezarme... aunque conociéndola, seguro que no le importará.
Justo antes de llegar a la enfermería, se da la vuelta. Le tiemblan las manos.
- Lo siento mucho, Zayn. No pretendía...- Ha perdido los papeles. Si se pone a llorar, no sé qué voy a hacer. No estoy acostumbrado a tratar con chicas lloronas. No creo que a Madi se le escapara ni una sola lágrima durante el tiempo que salimos juntos. De hecho, no estoy muy seguro de que Madi tenga conductos lacrimales. Eso solía gustarme, porque las tías sensibles me ponen nervioso.
- Oye... ¿estás bien? -pregunto.
- Si esto llega a saberse, no voy a lograr que lo olviden nunca. Ay, Dios, si la señora Peterson llama a mis padres, me matarán. O al menos desearé que lo hagan.
Ella sigue hablando y temblando, como si fuera un coche sin frenos y con unos pésimos amortiguadores.
- ¿Ash?
- ... y mi madre me echará la culpa de todo. Admito que es culpa mía. Pero se pondrá histérica conmigo y yo tendré que explicárselo, y espero que...
Antes de que pueda decir nada más, le grito:
- ¡Ashley!
Me mira con una expresión tan confusa que no sé si sentir lástima por ella o si sentirme atónito porque no dejara de hablar. Parecía que no iba a detenerse nunca.
- ¡Eres tú quien se está poniendo histérica! -le recuerdo. Ash tiene los ojos claros y brillantes, pero ahora están apagados y vacíos, como si estuviera en otra parte. Mira al suelo, a su alrededor, a todos lados menos a mí
- No, no es verdad. Me encuentro bien.
- Y una mierda. Mírame. -Vacila un instante.
- Estoy bien -dice, mirando ahora a una de las taquillas que hay en el pasillo-. Olvida todo lo que te he dicho.
- Si no me miras, voy a desangrarme aquí mismo y tendrán que hacerme una trasfusión. Mírame. -Cuando lo hace, todavía respira con dificultad.
- ¿Qué? Si quieres decirme que mi vida está fuera de control, ya soy consciente de ello.
- Ya sé que no pretendías hacerme daño. Incluso aunque hubiera sido así, probablemente lo mereciera -digo. Espero quitarle hierro al asunto para que a la chica no le dé un ataque de nervios en el pasillo-. Cometer errores no es ningún crimen, ¿sabes? ¿De qué sirve tener una reputación si no puedes arruinarla de vez en cuando?
- No intentes hacer que me sienta mejor, Zayn. Te odio.
- Yo también te odio. Ahora, por favor, larguémonos de aquí. No quiero que el conserje se pase todo el día limpiando mi sangre del suelo. Somos parientes, ¿sabes?
Ella niega con la cabeza. No se traga que el conserje de Fairfield sea un pariente mío. Vale, puede que no sea exactamente un pariente. Pero tiene familia en Brimingham, la misma ciudad de Inglaterra en la que viven los primos de mi madre.
En lugar de marchamos, mi compañera de laboratorio abre la puerta de la enfermería para que entre. Creo que todavía puede responder, aunque aún le tiemblen las manos.
- Está sangrando -le grita a la señorita Kioto, la enfermera del instituto.
La señorita Kioto me obliga a sentarme en una de las camillas.
- ¿Qué te ha pasado?
Miro a Ash. Tiene una expresión de preocupación, como si le angustiara que pudiera morirme allí mismo. Espero que el ángel de la muerte tenga el mismo aspecto que ella cuando estire la pata. No me importaría ir al infierno si me recibe alguien como Ash.
- Se me han abierto las grapas -digo-. No es para tanto.
- ¿Y cómo ha ocurrido? -pregunta la señorita Kioto mientras humedece un trozo de tela blanca y me da ligeros toques en el brazo. Contengo la respiración, esperando a que desaparezca el escozor. No voy a chivarme de mi compañera, sobre todo cuando estoy intentando seducirla.
- Le he golpeado yo -dice Ash con un hilo de voz.
La enfermera se da la vuelta, asombrada.
- ¿Le has golpeado?
- Por accidente -intervengo yo, sin saber exactamente por qué intento proteger a una chica que me odia y que probablemente preferiría suspender la clase de la señora P. que ser mi compañera.
Mis planes con Ash no iban como esperaba. El único sentimiento que ha afirmado sentir por mí es el odio. E imaginarme a Liam montado en mi moto es mucho más doloroso que la mierda antiséptica que la señorita Kioto está frotando contra mi herida.
Si quiero salvar la dignidad y mi moto, voy a tener que conseguir quedarme a solas con Ash. Puede que su preocupación signifique que no me odia del todo. Nunca he conocido a una chica que lo tenga todo tan programado, que sepa con tal claridad cuáles son sus objetivos. Es un robot. O eso me parece. Siempre que la veo, parece actuar como una princesa acosada por las cámaras. Quién iba a decir que un simple brazo sangriento conseguiría trastocarla.
Miro a Ash. Está concentrada en mi brazo y en las curas de la enfermera. Ojalá estuviéramos en la biblioteca. Estoy seguro de que estaba pensando en enrollarse conmigo. Me he excitado solo de pensarlo, aquí delante de la señorita Kioto. Menos mal que la enfermera se aleja hacia el botiquín, ¿Dónde hay un enorme libro de química cuando necesitas uno?
- Quedemos el jueves después del instituto. Ya sabes, para trabajar en el borrador -sugiero. Y tengo dos razones para hacerlo: la primera es que, delante de la señorita Kioto, debo dejar de pensar en Ash desnuda, y la segunda es que quiero quedarme a solas con ella.
- El jueves estoy ocupada -dice.
Probablemente tenga planes con Caro Burro. Es obvio que prefiere estar con ese capullo antes que conmigo.
- Pues el viernes -añado, probándola aunque tal vez no debería hacerlo. Poner a prueba a una chica como ella podría significar un duro golpe para mi ego. Aunque la he cogido en un momento vulnerable y todavía le tiemblan las manos después de haber visto la sangre. Admito que soy un capullo manipulador.
Se muerde el labio inferior, un labio que cree llevar pintado del color equivocado.
- El viernes tampoco puedo. -La erección se me ha bajado del todo-. ¿Qué te parece el sábado por la mañana? -sugiere-. Podemos quedar en la biblioteca.
- ¿Estás segura de que puedes hacerme un hueco en tu apretada agenda?
- Cállate. Nos veremos allí a las diez.
- Es una cita -anuncio mientras la señorita Kioto, que obviamente está escuchándonos, termina de ponerme una venda en el brazo.
Aash recoge sus libros.
- No es una cita, Zayn -asegura por encima del hombro.
Cojo el libro y salgo corriendo al pasillo tras ella. Camina sola. La música aún no suena por los altavoces, lo que significa que todavía están dando clase.
- Puede que no sea una cita, pero todavía me debes un beso. Siempre cobro las deudas -replico. Los ojos de mi compañera de laboratorio pasan de estar apagados a brillar con intensidad. Es una mirada enloquecida y ardiente. Mmm, peligroso. Le guiño un ojo-. Y no te comas el coco con el color que te vas a poner en los labios el sábado. Tendrás que volver a pintártelos después de que nos hayamos dado el lote.
domingo, 30 de diciembre de 2012
Capitulo 13
Narra Ash
Zayn no ha aparecido por el instituto desde que nos asignaron los proyectos. Finalmente, una semana más tarde, se presenta pavoneándose por la clase. Me saca de quicio, porque aunque mi vida en casa sea un desastre, no por ello dejo de venir al instituto.
- Qué amabilidad por tu parte aparecer -le digo.
- Qué amabilidad por tu parte darte cuenta -responde él mientras se quita la bandana.
La señora Peterson entra en clase. Me da la impresión de que se siente aliviada de ver a Zayn. Enderezando los hombros, anuncia:
- Iba a ponerles un examen sorpresa esta mañana, pero al final he decidido que trabajarán en la biblioteca junto a sus compañeros. El plazo para entregar el borrador del proyecto acaba en dos semanas.
Matt y yo nos cogemos de la mano de camino a la biblioteca. Zayn va detrás, por alguna parte, hablando con sus compinches. Matt me aprieta con fuerza la mano y pregunta:
- ¿Quieres que quedemos después del entrenamiento?
- No puedo. Después de entrenar tengo que irme a casa.
Baghda se despidió el pasado sábado y a mi madre le entró el pánico. Hasta que contrate a una nueva cuidadora tengo que ayudarla más. Él frena en seco y me suelta la mano.
- Mierda,Ash. ¿Vas a tener algo de tiempo para mí o qué?
- Puedes venir conmigo -sugiero.
- ¿Para mirar mientras cuidas de tu hermana? No, gracias. No quiero parecer un gilipollas, pero tengo ganas de estar contigo... solos tú y yo.
- Lo sé. A mí también me apetece.
- ¿Y el viernes?
Se supone que deberia quedarme con Shelley, sin embargo, mi relación con Matt está tambaleándose y no quiero que crea que no quiero estar con él.
- El viernes me viene bien.
Antes de que sellemos nuestro plan con un beso, Zayn carraspea delante de nosotros.
- Nada de demostraciones públicas de afecto. Son las normas del instituto. Además, es mi compañera, imbécil. No la tuya.
- Cállate, Malik -murmura Matt, antes de ir con Darlene.
Me llevo una mano a la cadera y miro fijamente a Zayn.
- ¿Desde cuándo te preocupan tanto las normas del instituto? -pregunto.
- Desde que eres mi compañera de laboratorio. Fuera de clase eres suya. Pero en química eres mía.
- ¿Quieres ir a buscar la maza y arrastrarme del pelo a la biblioteca?
- No soy un Neandertal. Tú novio es el mono, no yo.
- Entonces, deja de comportarte como tal.
Todas las mesas de la biblioteca están ocupadas, así que nos vemos obligados a sentamos en un rincón de la parte de atrás, en la aislada sección de no ficción. Me siento en el suelo y dejo los libros a mi lado. Me doy cuenta de que Zayn me está mirando, y lo hace con tanta intensidad que temo que sea capaz de ver a la verdadera Ashley que escondo tras mi fachada. Pero no lo logrará porque hasta ahora nadie lo ha hecho.
Le devuelvo la mirada. Si quiere, puedo seguirle el juego. Su expresión no muestra nada, pero sí la cicatriz que tiene sobre la ceja izquierda y que refleja la verdad... es humano. El contorno de su camiseta delinea unos músculos que únicamente pueden conseguirse a base de trabajo manual o de ejercicio. Cuando mi mirada llega a sus ojos, el tiempo se detiene. Me está atravesando con los ojos. Tengo la sensación de que puede ver mi verdadero yo, sin conductas fingidas, sin fachadas. Solo a Ashley.
- ¿Qué tengo que hacer para que salgas conmigo? -me pregunta.
- No hablas en serio.
- ¿Te parece que estoy bromeando? -La señora Peterson se acerca, por lo que me libro de responder a su pregunta.
- Les estoy vigilando de cerca. Zayn, la semana pasada no vino a clase. ¿Qué ocurrió?
- Me cayó un cuchillo encima.
La profesora niega con la cabeza, perpleja, y se aleja para hostigar a otros compañeros.
Miro a Zayn con los ojos como platos y le pregunto:
- ¿Un cuchillo? Estás de broma, ¿verdad?
- No. Estaba cortando tomates, y no vas a creértelo, pero se me escurrió el cuchillo y me corté el hombro. El médico me puso unas grapas. ¿Quieres verlas? -pregunta mientras empieza a subirse la manga. Me tapo los ojos con la mano. .
- Zayn, no seas asqueroso. Y no me creo que un cuchillo se te escurriera de las manos. Fue en una pelea callejera.
- No has respondido a mi pregunta -dice sin admitir ni negar mi teoría sobre la causa de la herida-. ¿Qué tengo que hacer para que salgas conmigo?
- Nada. No voy a salir contigo.
- Apuesto a que si nos diéramos el lote cambiarías de opinión.
- Como si eso fuera a ocurrir alguna vez.
- Tú te lo pierdes -dice, antes de estirar sus largas piernas frente a mí, con su libro de química descansando sobre el regazo. Me mira con sus ojos color chocolate con tal intensidad que juraría que puede hipnotizarme con ellos-. ¿Estás preparada? -pregunta.
Por un nanosegundo, me quedo observando aquellos ojos oscuros, preguntándome qué sentiría al besarlo. Mi mirada baja hasta sus labios. Durante otro nanosegundo, casi puedo sentir que se acercan a mí. ¿Cómo serán sus labios, suaves o duros? ¿Besará con dulzura o con avidez y seguridad, como refleja su personalidad?
- ¿Para qué? -susurro a medida que me acerco.
- Para el proyecto -dice-. Calentadores de manos. La clase de Peterson. Química.
Niego con la cabeza, intentando apartar todos esos ridículos pensamientos de mi mente hiperactiva de adolescente. Necesito más horas de sueño.
- Sí, calentadores de manos -digo, abriendo el libro de química.
- ¿Ash?
- ¿Qué? -pregunto, mirando sin ver las palabras impresas en la página. No tengo ni idea de lo que estoy leyendo porque estoy demasiado avergonzada como para poder concentrarme.
- Me estabas mirando como si quisieras besarme.
Me obligo a soltar una carcajada.
- Sí, claro -digo con sarcasmo.
- Nadie nos está mirando, así que si quieres hacerlo, adelante. No quiero alardear, pero soy todo un profesional.
Me sonríe lentamente con una sonrisa que probablemente haya inventado para derretir los corazones de todas las chicas del planeta.
- Zayn, no eres mi tipo. -Tengo que decirle algo para que deje de mirarme como si estuviera planeando hacerme cosas de las que solo he oído hablar.
- ¿Solo te gustan los niños pijos?
- Déjalo ya -respondo entre dientes.
- ¿Qué? -insiste, poniéndose muy serio-. Es verdad, ¿no?
La señora Peterson aparece frente a nosotros.
- ¿Cómo va ese borrador? -pregunta.
- Genial -respondo con una sonrisa falsa. Saco el resumen de la búsqueda que hice en casa y se lo paso a la señora Peterson mientras me pongo manos a la obra-. Anoche me documenté un poco sobre los calentadores de manos. Tenemos que disolver sesenta gramos de acetato de sodio y cien milímetros de agua a setenta grados.
- Te equivocas -dice Zayn.
Levanto la cabeza y me doy cuenta de que la señora Peterson se ha ido.
- ¿Cómo dices?
- Que te equivocas -repite Zayn, cruzándose de brazos.
- No lo creo.
- Crees que nunca te equivocas, ¿verdad?
Lo dice como si no fuera más que una rubia estúpida, lo que me saca de mis casillas.
- Claro que no -digo, alzando la voz e imitando a una auténtica niña pija-. Verás, la semana pasada compré un lápiz de labios Chanel de color rosa palo cuando debería haber elegido un rosa chicle porque va mucho mejor con el tono de mi piel. No hace falta que te diga que la compra fue un desastre total -le explico. Justo lo que él esperaba oír. Me pregunto si se lo ha tragado o si es capaz de captar por el tono de mi voz que estoy siendo sarcástica.
- Te creo -confiesa.
- ¿Y tú nunca te has equivocado? -pregunto.
- Por supuesto -admite-. La semana pasada, cuando atraqué el banco, le dije al cajero que me diera todos los billetes de cincuenta libras que tuviera en el cajón. Aunque tendría que haberle pedido los billetes de veinte porque hay muchos más que de cincuenta.
De acuerdo, está claro que ha captado la ironía. Y me la ha devuelto por partida doble, lo que en realidad es perturbador porque, de algún modo, hace que nos parezcamos mucho. Me pongo la mano en el pecho y ahogo un grito, siguiéndole el juego.
- Qué desastre.
- Así que supongo que los dos podemos equivocamos.
Levanto en alto la barbilla y declaro, obstinada:
- Bueno, en química no me equivoco. A diferencia de ti, yo sí que me tomo en serio esta clase.
- Entonces, hagamos una apuesta. Si tengo razón, me das un beso -sugiere.
- ¿Y si la tengo yo?
- Tú eliges.
Es como quitarle un caramelo a un bebé. El ego del señor MACHOTE está a punto de recibir un buen golpe, y estaré encantada de ser yo quien se lo dé.
- Si gano, te tomarás en serio este proyecto, y a mí también -le digo-. No te meterás conmigo ni harás comentarios ridículos.
- Trato hecho. Aunque antes he de mencionar que tengo una memoria fotográfica prodigiosa.
- Zayn, he de mencionar que he copiado la información directamente del libro -admito, mirando las notas que he tomado y abriendo después el libro por la página correspondiente-. Sin mirar, ¿qué temperatura necesitamos para la preparación? -le pregunto.
Zayn es un chico al que se le dan bien los retos. Aunque esta vez, el tipo duro va a perder. Cierra su libro y me mira, con la mandíbula apretada.
- Veinte grados. Y debe disolverse a cien grados, no a setenta -responde con total confianza.
Repaso la página y después mis anotaciones. Luego vuelvo a comprobar la página. No puedo haberme equivocado. ¿Qué página,..?
- Vaya, es cierto. Cien grados -digo, mirándolo asombrada-. Tienes razón.
- ¿Vas a besarme ahora o prefieres hacerlo más tarde?
- Ahora mismo -respondo.
Sé que le he dejado atónito porque tiene las manos inmóviles. En casa, mi vida está dictada por mis padres. Pero en el instituto es distinto. Tengo que hacerlo de ese modo porque si no tengo controlado ningún aspecto de mi vida acabaré convirtiéndome en un maniquí.
- ¿En serio? -me pregunta.
- Sí.
Le cojo una mano. Nunca me atrevería a hacerlo si hubiera alguien delante, y me siento agradecida por la intimidad que nos ofrecen los libros de no ficción que nos rodean. Se queda sin respiración cuando me pongo de rodillas y me inclino hacia él. Intento olvidarme del hecho de que sus dedos son largos y ásperos y de que es la primera vez que le toco. Estoy nerviosa. Aunque no hay necesidad. Esta vez soy yo quien tiene el control. Puedo sentir cómo intenta contenerse. Me está permitiendo dar el primer paso, lo que no está nada mal. No sé de qué sería capaz si se dejara ir.
Le obligo a colocar la mano contra mi mejilla para que pueda cubrirme la cara, y le oigo soltar un gemido. Reprimo una sonrisa porque esa reacción demuestra que soy yo quien tiene el poder. Se queda inmóvil cuando nuestros ojos se encuentran.
Entonces, giro la cabeza hacia su mano y le doy un beso en la palma.
- Ahí lo tienes, ya te he besado -digo, soltándole la mano y dando por zanjado el asunto.
El señor pandillero y su gran ego han sido derrotados por una rubia estúpida.
Zayn no ha aparecido por el instituto desde que nos asignaron los proyectos. Finalmente, una semana más tarde, se presenta pavoneándose por la clase. Me saca de quicio, porque aunque mi vida en casa sea un desastre, no por ello dejo de venir al instituto.
- Qué amabilidad por tu parte aparecer -le digo.
- Qué amabilidad por tu parte darte cuenta -responde él mientras se quita la bandana.
La señora Peterson entra en clase. Me da la impresión de que se siente aliviada de ver a Zayn. Enderezando los hombros, anuncia:
- Iba a ponerles un examen sorpresa esta mañana, pero al final he decidido que trabajarán en la biblioteca junto a sus compañeros. El plazo para entregar el borrador del proyecto acaba en dos semanas.
Matt y yo nos cogemos de la mano de camino a la biblioteca. Zayn va detrás, por alguna parte, hablando con sus compinches. Matt me aprieta con fuerza la mano y pregunta:
- ¿Quieres que quedemos después del entrenamiento?
- No puedo. Después de entrenar tengo que irme a casa.
Baghda se despidió el pasado sábado y a mi madre le entró el pánico. Hasta que contrate a una nueva cuidadora tengo que ayudarla más. Él frena en seco y me suelta la mano.
- Mierda,Ash. ¿Vas a tener algo de tiempo para mí o qué?
- Puedes venir conmigo -sugiero.
- ¿Para mirar mientras cuidas de tu hermana? No, gracias. No quiero parecer un gilipollas, pero tengo ganas de estar contigo... solos tú y yo.
- Lo sé. A mí también me apetece.
- ¿Y el viernes?
Se supone que deberia quedarme con Shelley, sin embargo, mi relación con Matt está tambaleándose y no quiero que crea que no quiero estar con él.
- El viernes me viene bien.
Antes de que sellemos nuestro plan con un beso, Zayn carraspea delante de nosotros.
- Nada de demostraciones públicas de afecto. Son las normas del instituto. Además, es mi compañera, imbécil. No la tuya.
- Cállate, Malik -murmura Matt, antes de ir con Darlene.
Me llevo una mano a la cadera y miro fijamente a Zayn.
- ¿Desde cuándo te preocupan tanto las normas del instituto? -pregunto.
- Desde que eres mi compañera de laboratorio. Fuera de clase eres suya. Pero en química eres mía.
- ¿Quieres ir a buscar la maza y arrastrarme del pelo a la biblioteca?
- No soy un Neandertal. Tú novio es el mono, no yo.
- Entonces, deja de comportarte como tal.
Todas las mesas de la biblioteca están ocupadas, así que nos vemos obligados a sentamos en un rincón de la parte de atrás, en la aislada sección de no ficción. Me siento en el suelo y dejo los libros a mi lado. Me doy cuenta de que Zayn me está mirando, y lo hace con tanta intensidad que temo que sea capaz de ver a la verdadera Ashley que escondo tras mi fachada. Pero no lo logrará porque hasta ahora nadie lo ha hecho.
Le devuelvo la mirada. Si quiere, puedo seguirle el juego. Su expresión no muestra nada, pero sí la cicatriz que tiene sobre la ceja izquierda y que refleja la verdad... es humano. El contorno de su camiseta delinea unos músculos que únicamente pueden conseguirse a base de trabajo manual o de ejercicio. Cuando mi mirada llega a sus ojos, el tiempo se detiene. Me está atravesando con los ojos. Tengo la sensación de que puede ver mi verdadero yo, sin conductas fingidas, sin fachadas. Solo a Ashley.
- ¿Qué tengo que hacer para que salgas conmigo? -me pregunta.
- No hablas en serio.
- ¿Te parece que estoy bromeando? -La señora Peterson se acerca, por lo que me libro de responder a su pregunta.
- Les estoy vigilando de cerca. Zayn, la semana pasada no vino a clase. ¿Qué ocurrió?
- Me cayó un cuchillo encima.
La profesora niega con la cabeza, perpleja, y se aleja para hostigar a otros compañeros.
Miro a Zayn con los ojos como platos y le pregunto:
- ¿Un cuchillo? Estás de broma, ¿verdad?
- No. Estaba cortando tomates, y no vas a creértelo, pero se me escurrió el cuchillo y me corté el hombro. El médico me puso unas grapas. ¿Quieres verlas? -pregunta mientras empieza a subirse la manga. Me tapo los ojos con la mano. .
- Zayn, no seas asqueroso. Y no me creo que un cuchillo se te escurriera de las manos. Fue en una pelea callejera.
- No has respondido a mi pregunta -dice sin admitir ni negar mi teoría sobre la causa de la herida-. ¿Qué tengo que hacer para que salgas conmigo?
- Nada. No voy a salir contigo.
- Apuesto a que si nos diéramos el lote cambiarías de opinión.
- Como si eso fuera a ocurrir alguna vez.
- Tú te lo pierdes -dice, antes de estirar sus largas piernas frente a mí, con su libro de química descansando sobre el regazo. Me mira con sus ojos color chocolate con tal intensidad que juraría que puede hipnotizarme con ellos-. ¿Estás preparada? -pregunta.
Por un nanosegundo, me quedo observando aquellos ojos oscuros, preguntándome qué sentiría al besarlo. Mi mirada baja hasta sus labios. Durante otro nanosegundo, casi puedo sentir que se acercan a mí. ¿Cómo serán sus labios, suaves o duros? ¿Besará con dulzura o con avidez y seguridad, como refleja su personalidad?
- ¿Para qué? -susurro a medida que me acerco.
- Para el proyecto -dice-. Calentadores de manos. La clase de Peterson. Química.
Niego con la cabeza, intentando apartar todos esos ridículos pensamientos de mi mente hiperactiva de adolescente. Necesito más horas de sueño.
- Sí, calentadores de manos -digo, abriendo el libro de química.
- ¿Ash?
- ¿Qué? -pregunto, mirando sin ver las palabras impresas en la página. No tengo ni idea de lo que estoy leyendo porque estoy demasiado avergonzada como para poder concentrarme.
- Me estabas mirando como si quisieras besarme.
Me obligo a soltar una carcajada.
- Sí, claro -digo con sarcasmo.
- Nadie nos está mirando, así que si quieres hacerlo, adelante. No quiero alardear, pero soy todo un profesional.
Me sonríe lentamente con una sonrisa que probablemente haya inventado para derretir los corazones de todas las chicas del planeta.
- Zayn, no eres mi tipo. -Tengo que decirle algo para que deje de mirarme como si estuviera planeando hacerme cosas de las que solo he oído hablar.
- ¿Solo te gustan los niños pijos?
- Déjalo ya -respondo entre dientes.
- ¿Qué? -insiste, poniéndose muy serio-. Es verdad, ¿no?
La señora Peterson aparece frente a nosotros.
- ¿Cómo va ese borrador? -pregunta.
- Genial -respondo con una sonrisa falsa. Saco el resumen de la búsqueda que hice en casa y se lo paso a la señora Peterson mientras me pongo manos a la obra-. Anoche me documenté un poco sobre los calentadores de manos. Tenemos que disolver sesenta gramos de acetato de sodio y cien milímetros de agua a setenta grados.
- Te equivocas -dice Zayn.
Levanto la cabeza y me doy cuenta de que la señora Peterson se ha ido.
- ¿Cómo dices?
- Que te equivocas -repite Zayn, cruzándose de brazos.
- No lo creo.
- Crees que nunca te equivocas, ¿verdad?
Lo dice como si no fuera más que una rubia estúpida, lo que me saca de mis casillas.
- Claro que no -digo, alzando la voz e imitando a una auténtica niña pija-. Verás, la semana pasada compré un lápiz de labios Chanel de color rosa palo cuando debería haber elegido un rosa chicle porque va mucho mejor con el tono de mi piel. No hace falta que te diga que la compra fue un desastre total -le explico. Justo lo que él esperaba oír. Me pregunto si se lo ha tragado o si es capaz de captar por el tono de mi voz que estoy siendo sarcástica.
- Te creo -confiesa.
- ¿Y tú nunca te has equivocado? -pregunto.
- Por supuesto -admite-. La semana pasada, cuando atraqué el banco, le dije al cajero que me diera todos los billetes de cincuenta libras que tuviera en el cajón. Aunque tendría que haberle pedido los billetes de veinte porque hay muchos más que de cincuenta.
De acuerdo, está claro que ha captado la ironía. Y me la ha devuelto por partida doble, lo que en realidad es perturbador porque, de algún modo, hace que nos parezcamos mucho. Me pongo la mano en el pecho y ahogo un grito, siguiéndole el juego.
- Qué desastre.
- Así que supongo que los dos podemos equivocamos.
Levanto en alto la barbilla y declaro, obstinada:
- Bueno, en química no me equivoco. A diferencia de ti, yo sí que me tomo en serio esta clase.
- Entonces, hagamos una apuesta. Si tengo razón, me das un beso -sugiere.
- ¿Y si la tengo yo?
- Tú eliges.
Es como quitarle un caramelo a un bebé. El ego del señor MACHOTE está a punto de recibir un buen golpe, y estaré encantada de ser yo quien se lo dé.
- Si gano, te tomarás en serio este proyecto, y a mí también -le digo-. No te meterás conmigo ni harás comentarios ridículos.
- Trato hecho. Aunque antes he de mencionar que tengo una memoria fotográfica prodigiosa.
- Zayn, he de mencionar que he copiado la información directamente del libro -admito, mirando las notas que he tomado y abriendo después el libro por la página correspondiente-. Sin mirar, ¿qué temperatura necesitamos para la preparación? -le pregunto.
Zayn es un chico al que se le dan bien los retos. Aunque esta vez, el tipo duro va a perder. Cierra su libro y me mira, con la mandíbula apretada.
- Veinte grados. Y debe disolverse a cien grados, no a setenta -responde con total confianza.
Repaso la página y después mis anotaciones. Luego vuelvo a comprobar la página. No puedo haberme equivocado. ¿Qué página,..?
- Vaya, es cierto. Cien grados -digo, mirándolo asombrada-. Tienes razón.
- ¿Vas a besarme ahora o prefieres hacerlo más tarde?
- Ahora mismo -respondo.
Sé que le he dejado atónito porque tiene las manos inmóviles. En casa, mi vida está dictada por mis padres. Pero en el instituto es distinto. Tengo que hacerlo de ese modo porque si no tengo controlado ningún aspecto de mi vida acabaré convirtiéndome en un maniquí.
- ¿En serio? -me pregunta.
- Sí.
Le cojo una mano. Nunca me atrevería a hacerlo si hubiera alguien delante, y me siento agradecida por la intimidad que nos ofrecen los libros de no ficción que nos rodean. Se queda sin respiración cuando me pongo de rodillas y me inclino hacia él. Intento olvidarme del hecho de que sus dedos son largos y ásperos y de que es la primera vez que le toco. Estoy nerviosa. Aunque no hay necesidad. Esta vez soy yo quien tiene el control. Puedo sentir cómo intenta contenerse. Me está permitiendo dar el primer paso, lo que no está nada mal. No sé de qué sería capaz si se dejara ir.
Le obligo a colocar la mano contra mi mejilla para que pueda cubrirme la cara, y le oigo soltar un gemido. Reprimo una sonrisa porque esa reacción demuestra que soy yo quien tiene el poder. Se queda inmóvil cuando nuestros ojos se encuentran.
Entonces, giro la cabeza hacia su mano y le doy un beso en la palma.
- Ahí lo tienes, ya te he besado -digo, soltándole la mano y dando por zanjado el asunto.
El señor pandillero y su gran ego han sido derrotados por una rubia estúpida.
viernes, 28 de diciembre de 2012
Capitulo 12
Narra Zayn
- ¿Te queda mucho con el Honda? Es hora de cerrar -dice mi primo Harry.
Trabajo en su taller todos los días después de clase... para ayudar a mi familia a poner la comida sobre la mesa, para olvidarme unas horas de los Latino Blood y, sobre todo, porque soy un hacha arreglando coches.
Cubierto de grasa y aceite después de haber reparado un Civic, me asomo por debajo delvehículo.
- Está casi terminado.
- Bien. Hace tres días que el tío me acosa para recuperarlo.
Ajusto el último perno y me acerco a Harry mientras este se limpia las sucias manos en un trapo.
- ¿Puedo pedirte algo?
- Dispara.
- ¿Puedo tomarme un día libre la semana que viene? Tengo que hacer un proyecto de química para el instituto -explico, pensando en el tema que nos han asignado hoy-. Y tenemos que encontrar...
- La clase de Peterson. Sí, la recuerdo. Es un hueso duro de roer -dice mi primo con un escalofrío.
- ¿Te dio clase? -pregunto, interesado. Me gustaría saber si sus padres son del ejército o algo así. Está claro que esa mujer lleva la disciplina en la sangre.
- ¿Cómo iba a olvidarla? «No triunfarás en la vida hasta que descubráis la cura a una enfermedad o salves el planeta» -cita Harry, haciendo una imitación bastante buena de la señora P.-. Nunca terminas de olvidar una pesadilla viviente como la Peterson. Pero estoy seguro de que tener a Ash Miori como compañera... - ¿Cómo lo sabes?
- Marcus vino y me habló de ella, dice que está en vuestra clase. Está celoso porque te ha tocado una compañera con piernas largas y grandes... -dice Harry llevándose las manos al pecho y zarandeándolas un poco-. Bueno, ya sabes.
Sí, ya sé.
Cambio el peso del cuerpo de un pie a otro.
- ¿Qué te parece el jueves?
- No hay problema -responde mi primo, y carraspeando, añade-: Héctor vino a buscarte ayer.
Héctor. Héctor Martínez, el cabecilla de los Latino Blood, el que actúa entre bambalinas.
- A veces no soporto... ya sabes.
- Estás atrapado en los Latino Blood -dice Enrique-. Como todos nosotros. Nunca permitas que Héctor te oiga cuestionar nuestro compromiso con la banda. Si sospecha que no eres leal, te ganarás a tantos enemigos que empezará a darte vueltas la cabeza. Eres un chico listo, Zayn. Ándate con ojo.
Harry fue uno de los primeros miembros de los Latino Blood. Hace mucho tiempo que demostró su valía ante la banda. Pagó sus cuotas, de modo que ahora puede sentarse tranquilo mientras los miembros más jóvenes se colocan en la línea de fuego. Según él, yo acabo de empezar y pasará mucho tiempo antes de que mis amigos y yo lleguemos al estatus de GO.
- ¿Un chico listo? Me aposté la moto a que conseguiría acostarme con Ashley Miori -confieso.
- Pues retiro lo dicho -contesta mi primo, señalándome con una sonrisa burlona-. Eres un imbécil, y pronto serás un imbécil sin moto. Las chicas como ella no se fijan en tipos como nosotros.
Empiezo a pensar que mi primo tiene razón. ¿Cómo narices llegué siquiera a pensar que un tío como yo, pobre, chicano y con una vida muy oscura, conseguiría ligarse a una chica como ella, la guapa y rica Ashley Miori?
Hay un chico del instituto, Niall Horan, que nació en la zona norte de Londres. Por supuesto, mis amigos le consideran un niño pijo. También creen que Mike Burns, un chico que vive en la zona sur, es pandillero pese a que no tenga ni una gota de sangre londinense, ni de Latino Blood, en las venas. Aun así, se le considera uno de los nuestros. En Fairfield, el lugar donde naces determina tu destino.
Suena una bocina frente al garaje.
Harry presiona el botón para levantar la enorme puerta.
El coche de Javier Moreno se cuela dentro con un chirrido de ruedas.
- Cierra la puerta, Harry -ordena Javier sin aliento-. La policía nos está buscando.
Mi primo presiona el botón de un puñetazo y apaga las luces del taller.
- ¿Qué coño has hecho?
Madison está en el asiento trasero. Tiene los ojos inyectados en sangre, por las drogas o por el alcohol, no lo sé exactamente. Y ha estado tonteando con quien sea que está detrás con ella, porque conozco muy bien el aspecto de Madi cuando ha estado divirtiéndose con alguien.
- James intentó pegarle un tiro a un Satín Hood -masculla Madi, sacando la cabeza por la ventanilla del coche-. Pero tiene la puntería en el culo.
James se vuelve hacia ella y le grita desde el asiento del copiloto:
- Desgraciada, intenta apuntar a un blanco móvil mientras Javier conduce.
Hago una mueca cuando Javier sale del coche.
- ¿Te ríes de mi manera de conducir, James? -le pregunta-. Porque si es así, tengo un puño aquí que va a acabar estrellándose en tu cara.
James sale del coche.
- ¿Vas a pegarme, cabrón? -le amenaza.
Me pongo delante de James y le hago retroceder.
- Mierda, tíos. La policía está ahí fuera. -Esas son las primeras palabras de Sam, el tipo que debe de haber pasado la noche con Madi.
Todos nos agachamos cuando la policía se asoma con las linternas a las ventanas del garaje. Me agazapo detrás de una enorme caja de herramientas, conteniendo la respiración. Lo último que necesito en mi historial es que me acusen de intento de asesinato. Milagrosamente, he conseguido librarme hasta ahora de que me detengan, pero algún día se me va a acabar la suerte. No es muy habitual que un pandillero logre sortear siempre a la policía. O el calabozo.
A Harry se le refleja todo en el rostro. Le ha costado mucho ahorrar lo suficiente como para abrir su propio taller, y su sueño depende de que cuatro gamberros de instituto consigan mantener la boca cerrada. La poli se llevará a mi primo, con sus viejos tatuajes de Latino Blood en la nuca, junto a todos nosotros. Y en una semana se habrá quedado sin negocio.
Alguien zarandea la puerta del taller. Hago una mueca y rezo para que esté bien cerrada. Los polis se alejan de la puerta y vuelven a enfocar con sus linternas el garaje a través de las ventanas. Me pregunto quién los habrá llamado, no hay ningún soplón en este vecindario. Un código secreto de silencio y afiliación mantiene a salvo a las familias.
Después de lo que me parece una eternidad, los polis se largan.
- Mierda, qué poco ha faltado -dice Javier.
- Demasiado poco -coincide Harry-. Esperad diez minutos y después largaos de aquí.
Madi sale del coche y, efectivamente, está drogada.
- Eh, Zayn. Anoche te eché de menos.
Me doy la vuelta para mirar a Sam.
- Sí, ya veo cuánto me echaste de menos.
- ¿Sam? Él no me gusta -susurra, acercándose más a mí. El olor a marihuana es casi insoportable-. Aún sigo esperándote.
- Eso no va a pasar.
- ¿Es por la estúpida de tu compañera de laboratorio? -me pregunta, agarrándome de la barbilla y obligándome a mirarla.
Sus largas uñas se me clavan en la piel. La cojo por las muñecas y la aparto con brusquedad. Me pregunto en qué momento mi ex novia Madi, la dura de pelar, ha llegado a convertirse en Madi, la lagartona.
- Ash no tiene nada que ver ni contigo ni conmigo. Me han dicho que has estado amenazándola.
- ¿Te lo ha contado Isa? -pregunta, entrecerrando los ojos.
- Tú mantente lejos de ella -digo ignorando su pregunta-. O tendrás que enfrentarte a algo más serio que un ex novio resentido.
- ¿Estás resentido, Zayn? Porque no actúas como tal. Actúas como si te importara una mierda.
Tiene razón. Después de encontrarla en la cama con otro tío, tardé mucho tiempo en olvidarlo, en olvidarme de ella. No dejaba de preguntarme qué era lo que yo no podía darle y otros tíos sí.
- Antes me importaba una mierda -le digo-. Ahora ni eso.
Carmen me da una bofetada. -Vete a la mierda, Zayn.
- ¿Pelea de enamorados? -interviene Javier desde el capó del coche.
- Cállate -le espetamos al unísono. Madison se da la vuelta, se vuelve a meter en el coche y se sienta en el asiento trasero. La observo mientras arrastra la cabeza de Sam hacia ella. El sonido de los intensos besos y los gemidos llenan el taller.
- Harry, abre la puerta. Nos largamos de aquí -grita Javier.
James, que se había ido a echar una meada al cuarto de baño, me dice:
- Vente, Zayn. Te necesitamos, tío. Paco y ese Satín Hood van a pelear esta noche en el Gilson Park. Y ya sabes que los Satín Hood nunca juegan limpio.
Paco no me ha contado lo de la pelea, probablemente porque sabe que intentaré convencerlo para que la evite. A veces, mi mejor amigo se mete en situaciones de las que no puede salir solo. Y a veces, me expone a situaciones de las que yo mismo no puedo escapar.
- Vamos -accedo, antes de subirme de un salto en el asiento del copiloto, invitando así a Raúl a buscarse un hueco detrás, con los dos tortolitos.
Reducimos la velocidad una manzana antes de llegar al parque. Fuera, la tensión es tan densa que se puede cortar con un cuchillo, y también puedo sentirla dentro. ¿Dónde está Paco? ¿Le estarán dando una paliza en la parte de atrás de algún callejón?
Está muy oscuro. Hay sombras que se mueven, poniéndome los pelos de punta. Todo me parece amenazante, incluso los árboles que se agitan a merced del viento. Durante el día, Gilson Park no se diferencia mucho del resto de parques de los barrios residenciales... excepto por el graffiti de los Latino Blood que cubre los muros de los edificios que lo rodean. Este es nuestro territorio. Y está marcado como tal.
Aquí, en los suburbios de Londres, somos nosotros quienes mandamos en el vecindario y en las calles. No obstante, esta es una guerra callejera, y las otras bandas del suburbio nos disputan el territorio. A tres manzanas de aquí están las mansiones y las casas que valen millones de dólares. En este lugar, en el mundo real, estalla la guerra. Y los millonarios ni siquiera son conscientes de que está a punto de librarse una batalla a menos de un kilómetro de sus jardines.
- Ahí está -digo, señalando dos siluetas que se levantan a pocos metros de los columpios. Las farolas que iluminan el parque están apagadas, pero puedo distinguir a Paco de inmediato por su corta estatura y su característica pose de boxeador recién subido al cuadrilátero.
Una de las siluetas empuja a la otra. Salto del vehículo en marcha porque veo a cinco Satín Hood más aproximándose desde el otro lado de la calle. Me preparo para luchar al lado de mi mejor amigo, olvidando por un instante que un enfrentamiento como aquel puede hacer que los dos acabemos en la morgue. Si me lanzo a la batalla con determinación y ensañamiento, sin pensar en las consecuencias, siempre salgo ganando. Si le doy demasiadas vueltas, cavaré mi propia tumba.
Corro hacia Paco y su adversario antes de que lleguen el resto de sus compinches. Paco está haciéndolo muy bien, pero el otro tipo es como un gusano, se retuerce y se libra del agarrón de mi amigo. Cojo al Satín Hood por la camiseta, con fuerza, lo levanto del suelo y mis puños hacen el resto. Antes de que pueda levantar la cabeza hacia mí, miro a Paco.
- Puedo arreglármelas solo, Zayn -dice Paco mientras se seca la sangre del labio.
- Sí, ¿pero qué me dices de ellos? -pregunto, mirando hacia los cinco Satín Hood que aparecen tras él.
Ahora que los veo de cerca, me doy cuenta de que todos son unos chavales. Miembros nuevos, con ganas de marcha y poco más. Puedo ocuparme de los novatos, aunque también es verdad que los más jóvenes siempre van armados y son más peligrosos.
Javier, Madi, Sam y James llegan a mi lado. Tengo que admitir que somos un grupo intimidatorio, incluso con Madi. Nuestra pandillera sabe apañárselas muy bien en una pelea, y sus uñas pueden ser mortales.
El chico que estaba enzarzado con Paco se levanta, me señala con un dedo y dice:
- Estás muerto.
- Escúchame, enano -le digo. Los tipos pequeños odian que se rían de su estatura y yo no puedo resistirme a eso-. Vuelve a tu territorio y deja que nosotros nos quedemos en nuestro agujero.
El enano señala a Paco.
- Pero me ha robado el volante del coche, tío.
Miro a Paco, consciente de que es típico de él provocar a un Satín Hood robándole algo tan ridículo como aquello. Cuando me dirijo de nuevo al enano, veo que lleva una navaja automática en la mano. Y que me apunta a mí.
Joder, tío. Cuando acabe con estos Satín Hood, el próximo en la lista es mi mejor amigo.
- ¿Te queda mucho con el Honda? Es hora de cerrar -dice mi primo Harry.
Trabajo en su taller todos los días después de clase... para ayudar a mi familia a poner la comida sobre la mesa, para olvidarme unas horas de los Latino Blood y, sobre todo, porque soy un hacha arreglando coches.
Cubierto de grasa y aceite después de haber reparado un Civic, me asomo por debajo delvehículo.
- Está casi terminado.
- Bien. Hace tres días que el tío me acosa para recuperarlo.
Ajusto el último perno y me acerco a Harry mientras este se limpia las sucias manos en un trapo.
- ¿Puedo pedirte algo?
- Dispara.
- ¿Puedo tomarme un día libre la semana que viene? Tengo que hacer un proyecto de química para el instituto -explico, pensando en el tema que nos han asignado hoy-. Y tenemos que encontrar...
- La clase de Peterson. Sí, la recuerdo. Es un hueso duro de roer -dice mi primo con un escalofrío.
- ¿Te dio clase? -pregunto, interesado. Me gustaría saber si sus padres son del ejército o algo así. Está claro que esa mujer lleva la disciplina en la sangre.
- ¿Cómo iba a olvidarla? «No triunfarás en la vida hasta que descubráis la cura a una enfermedad o salves el planeta» -cita Harry, haciendo una imitación bastante buena de la señora P.-. Nunca terminas de olvidar una pesadilla viviente como la Peterson. Pero estoy seguro de que tener a Ash Miori como compañera... - ¿Cómo lo sabes?
- Marcus vino y me habló de ella, dice que está en vuestra clase. Está celoso porque te ha tocado una compañera con piernas largas y grandes... -dice Harry llevándose las manos al pecho y zarandeándolas un poco-. Bueno, ya sabes.
Sí, ya sé.
Cambio el peso del cuerpo de un pie a otro.
- ¿Qué te parece el jueves?
- No hay problema -responde mi primo, y carraspeando, añade-: Héctor vino a buscarte ayer.
Héctor. Héctor Martínez, el cabecilla de los Latino Blood, el que actúa entre bambalinas.
- A veces no soporto... ya sabes.
- Estás atrapado en los Latino Blood -dice Enrique-. Como todos nosotros. Nunca permitas que Héctor te oiga cuestionar nuestro compromiso con la banda. Si sospecha que no eres leal, te ganarás a tantos enemigos que empezará a darte vueltas la cabeza. Eres un chico listo, Zayn. Ándate con ojo.
Harry fue uno de los primeros miembros de los Latino Blood. Hace mucho tiempo que demostró su valía ante la banda. Pagó sus cuotas, de modo que ahora puede sentarse tranquilo mientras los miembros más jóvenes se colocan en la línea de fuego. Según él, yo acabo de empezar y pasará mucho tiempo antes de que mis amigos y yo lleguemos al estatus de GO.
- ¿Un chico listo? Me aposté la moto a que conseguiría acostarme con Ashley Miori -confieso.
- Pues retiro lo dicho -contesta mi primo, señalándome con una sonrisa burlona-. Eres un imbécil, y pronto serás un imbécil sin moto. Las chicas como ella no se fijan en tipos como nosotros.
Empiezo a pensar que mi primo tiene razón. ¿Cómo narices llegué siquiera a pensar que un tío como yo, pobre, chicano y con una vida muy oscura, conseguiría ligarse a una chica como ella, la guapa y rica Ashley Miori?
Hay un chico del instituto, Niall Horan, que nació en la zona norte de Londres. Por supuesto, mis amigos le consideran un niño pijo. También creen que Mike Burns, un chico que vive en la zona sur, es pandillero pese a que no tenga ni una gota de sangre londinense, ni de Latino Blood, en las venas. Aun así, se le considera uno de los nuestros. En Fairfield, el lugar donde naces determina tu destino.
Suena una bocina frente al garaje.
Harry presiona el botón para levantar la enorme puerta.
El coche de Javier Moreno se cuela dentro con un chirrido de ruedas.
- Cierra la puerta, Harry -ordena Javier sin aliento-. La policía nos está buscando.
Mi primo presiona el botón de un puñetazo y apaga las luces del taller.
- ¿Qué coño has hecho?
Madison está en el asiento trasero. Tiene los ojos inyectados en sangre, por las drogas o por el alcohol, no lo sé exactamente. Y ha estado tonteando con quien sea que está detrás con ella, porque conozco muy bien el aspecto de Madi cuando ha estado divirtiéndose con alguien.
- James intentó pegarle un tiro a un Satín Hood -masculla Madi, sacando la cabeza por la ventanilla del coche-. Pero tiene la puntería en el culo.
James se vuelve hacia ella y le grita desde el asiento del copiloto:
- Desgraciada, intenta apuntar a un blanco móvil mientras Javier conduce.
Hago una mueca cuando Javier sale del coche.
- ¿Te ríes de mi manera de conducir, James? -le pregunta-. Porque si es así, tengo un puño aquí que va a acabar estrellándose en tu cara.
James sale del coche.
- ¿Vas a pegarme, cabrón? -le amenaza.
Me pongo delante de James y le hago retroceder.
- Mierda, tíos. La policía está ahí fuera. -Esas son las primeras palabras de Sam, el tipo que debe de haber pasado la noche con Madi.
Todos nos agachamos cuando la policía se asoma con las linternas a las ventanas del garaje. Me agazapo detrás de una enorme caja de herramientas, conteniendo la respiración. Lo último que necesito en mi historial es que me acusen de intento de asesinato. Milagrosamente, he conseguido librarme hasta ahora de que me detengan, pero algún día se me va a acabar la suerte. No es muy habitual que un pandillero logre sortear siempre a la policía. O el calabozo.
A Harry se le refleja todo en el rostro. Le ha costado mucho ahorrar lo suficiente como para abrir su propio taller, y su sueño depende de que cuatro gamberros de instituto consigan mantener la boca cerrada. La poli se llevará a mi primo, con sus viejos tatuajes de Latino Blood en la nuca, junto a todos nosotros. Y en una semana se habrá quedado sin negocio.
Alguien zarandea la puerta del taller. Hago una mueca y rezo para que esté bien cerrada. Los polis se alejan de la puerta y vuelven a enfocar con sus linternas el garaje a través de las ventanas. Me pregunto quién los habrá llamado, no hay ningún soplón en este vecindario. Un código secreto de silencio y afiliación mantiene a salvo a las familias.
Después de lo que me parece una eternidad, los polis se largan.
- Mierda, qué poco ha faltado -dice Javier.
- Demasiado poco -coincide Harry-. Esperad diez minutos y después largaos de aquí.
Madi sale del coche y, efectivamente, está drogada.
- Eh, Zayn. Anoche te eché de menos.
Me doy la vuelta para mirar a Sam.
- Sí, ya veo cuánto me echaste de menos.
- ¿Sam? Él no me gusta -susurra, acercándose más a mí. El olor a marihuana es casi insoportable-. Aún sigo esperándote.
- Eso no va a pasar.
- ¿Es por la estúpida de tu compañera de laboratorio? -me pregunta, agarrándome de la barbilla y obligándome a mirarla.
Sus largas uñas se me clavan en la piel. La cojo por las muñecas y la aparto con brusquedad. Me pregunto en qué momento mi ex novia Madi, la dura de pelar, ha llegado a convertirse en Madi, la lagartona.
- Ash no tiene nada que ver ni contigo ni conmigo. Me han dicho que has estado amenazándola.
- ¿Te lo ha contado Isa? -pregunta, entrecerrando los ojos.
- Tú mantente lejos de ella -digo ignorando su pregunta-. O tendrás que enfrentarte a algo más serio que un ex novio resentido.
- ¿Estás resentido, Zayn? Porque no actúas como tal. Actúas como si te importara una mierda.
Tiene razón. Después de encontrarla en la cama con otro tío, tardé mucho tiempo en olvidarlo, en olvidarme de ella. No dejaba de preguntarme qué era lo que yo no podía darle y otros tíos sí.
- Antes me importaba una mierda -le digo-. Ahora ni eso.
Carmen me da una bofetada. -Vete a la mierda, Zayn.
- ¿Pelea de enamorados? -interviene Javier desde el capó del coche.
- Cállate -le espetamos al unísono. Madison se da la vuelta, se vuelve a meter en el coche y se sienta en el asiento trasero. La observo mientras arrastra la cabeza de Sam hacia ella. El sonido de los intensos besos y los gemidos llenan el taller.
- Harry, abre la puerta. Nos largamos de aquí -grita Javier.
James, que se había ido a echar una meada al cuarto de baño, me dice:
- Vente, Zayn. Te necesitamos, tío. Paco y ese Satín Hood van a pelear esta noche en el Gilson Park. Y ya sabes que los Satín Hood nunca juegan limpio.
Paco no me ha contado lo de la pelea, probablemente porque sabe que intentaré convencerlo para que la evite. A veces, mi mejor amigo se mete en situaciones de las que no puede salir solo. Y a veces, me expone a situaciones de las que yo mismo no puedo escapar.
- Vamos -accedo, antes de subirme de un salto en el asiento del copiloto, invitando así a Raúl a buscarse un hueco detrás, con los dos tortolitos.
Reducimos la velocidad una manzana antes de llegar al parque. Fuera, la tensión es tan densa que se puede cortar con un cuchillo, y también puedo sentirla dentro. ¿Dónde está Paco? ¿Le estarán dando una paliza en la parte de atrás de algún callejón?
Está muy oscuro. Hay sombras que se mueven, poniéndome los pelos de punta. Todo me parece amenazante, incluso los árboles que se agitan a merced del viento. Durante el día, Gilson Park no se diferencia mucho del resto de parques de los barrios residenciales... excepto por el graffiti de los Latino Blood que cubre los muros de los edificios que lo rodean. Este es nuestro territorio. Y está marcado como tal.
Aquí, en los suburbios de Londres, somos nosotros quienes mandamos en el vecindario y en las calles. No obstante, esta es una guerra callejera, y las otras bandas del suburbio nos disputan el territorio. A tres manzanas de aquí están las mansiones y las casas que valen millones de dólares. En este lugar, en el mundo real, estalla la guerra. Y los millonarios ni siquiera son conscientes de que está a punto de librarse una batalla a menos de un kilómetro de sus jardines.
- Ahí está -digo, señalando dos siluetas que se levantan a pocos metros de los columpios. Las farolas que iluminan el parque están apagadas, pero puedo distinguir a Paco de inmediato por su corta estatura y su característica pose de boxeador recién subido al cuadrilátero.
Una de las siluetas empuja a la otra. Salto del vehículo en marcha porque veo a cinco Satín Hood más aproximándose desde el otro lado de la calle. Me preparo para luchar al lado de mi mejor amigo, olvidando por un instante que un enfrentamiento como aquel puede hacer que los dos acabemos en la morgue. Si me lanzo a la batalla con determinación y ensañamiento, sin pensar en las consecuencias, siempre salgo ganando. Si le doy demasiadas vueltas, cavaré mi propia tumba.
Corro hacia Paco y su adversario antes de que lleguen el resto de sus compinches. Paco está haciéndolo muy bien, pero el otro tipo es como un gusano, se retuerce y se libra del agarrón de mi amigo. Cojo al Satín Hood por la camiseta, con fuerza, lo levanto del suelo y mis puños hacen el resto. Antes de que pueda levantar la cabeza hacia mí, miro a Paco.
- Puedo arreglármelas solo, Zayn -dice Paco mientras se seca la sangre del labio.
- Sí, ¿pero qué me dices de ellos? -pregunto, mirando hacia los cinco Satín Hood que aparecen tras él.
Ahora que los veo de cerca, me doy cuenta de que todos son unos chavales. Miembros nuevos, con ganas de marcha y poco más. Puedo ocuparme de los novatos, aunque también es verdad que los más jóvenes siempre van armados y son más peligrosos.
Javier, Madi, Sam y James llegan a mi lado. Tengo que admitir que somos un grupo intimidatorio, incluso con Madi. Nuestra pandillera sabe apañárselas muy bien en una pelea, y sus uñas pueden ser mortales.
El chico que estaba enzarzado con Paco se levanta, me señala con un dedo y dice:
- Estás muerto.
- Escúchame, enano -le digo. Los tipos pequeños odian que se rían de su estatura y yo no puedo resistirme a eso-. Vuelve a tu territorio y deja que nosotros nos quedemos en nuestro agujero.
El enano señala a Paco.
- Pero me ha robado el volante del coche, tío.
Miro a Paco, consciente de que es típico de él provocar a un Satín Hood robándole algo tan ridículo como aquello. Cuando me dirijo de nuevo al enano, veo que lleva una navaja automática en la mano. Y que me apunta a mí.
Joder, tío. Cuando acabe con estos Satín Hood, el próximo en la lista es mi mejor amigo.
miércoles, 26 de diciembre de 2012
Capitulo 11
Narra Ash
Solo disponemos de media hora en el gimnasio. Mientras me pongo la ropa de deporte, pienso en lo que ha ocurrido en el despacho de Brannan. La señora Peterson nos ha culpado de lo sucedido tanto a Zayn como a mí. Zayn está echando a perder mi último curso nada más empezar.
Mientras me subo los shorts de gimnasia, el sonido de unos tacones me advierte de que no estoy sola en los vestuarios. Me cubro el pecho con la camiseta y veo aparecer a Madison. ¡Ay, madre!
- Debe de ser mi día de suerte -dice, mirándome fijamente como un puma dispuesto a atacar. Aunque los pumas no tienen el pelo moreno, liso y largo... sí que tienen garras. Y las garras de Madison están pintadas de color rojo.
Se acerca a mí.
Siento el impulso de dar un paso atrás. En realidad, lo que me gustaría es echar a correr. Pero no lo hago, básicamente porque creo que me seguiría de todos modos.
- ¿Sabes? -añade, con una sonrisa malvada-. Siempre me he preguntado de qué color sería el sujetador de Ashley Miori. Rosa. Te va que ni pintado. Apuesto a que te ha costado tanta pasta como lo que te cobraron por teñirte el pelo.
- No has venido aquí para hablar de sujetadores y tintes, Madison-respondo mientras me meto la camiseta por la cabeza. Trago saliva con fuerza antes de añadir-: Sino para pegarme.
- Cuando una lagartona se insinúa a mi hombre, me sale mi lado territorial.
- No estoy interesada en tu hombre, Madison. Ya tengo uno.
- Venga ya. Las chicas como tú quieren que todos los tíos pierdan la cabeza por ellas, así pueden disponer de ellos cuando os apetezca -añade, cada vez más furiosa. Estoy metida en un buen lío-. He oído que vas criticándome por ahí. Crees que lo eres todo, señorita Engreída. Veamos qué cara se te queda cuando te deje el labio partido y el ojo morado. ¿Vendrás al instituto con una bolsa de basura sobre la cabeza? ¿O te quedarás encerrada en tu enorme casa y no saldrás nunca?
No aparto la vista de ella mientras sigue acercándose. La miro fijamente. Madison tiene claro que para mí la imagen que doy lo es todo, y a ella le da igual que la expulsen... o que la echen definitivamente.
- ¡Contéstame! -grita, y me da un empujón en el hombro, que acaba impactando contra la taquilla que está situada a mi espalda.
Creo que no la estaba escuchando porque no tengo ni idea de qué he de responder. Si regreso a casa amoratada o con señales de haber estado en una pelea, las consecuencias serán desastrosas. Mi madre se pondrá hecha una furia y me echará las culpas por no haber evitado que ocurriera. Espero que eso no le haga empezar otra vez con lo de ingresar a Shelley en algún centro. Cuando hay algo de tensión en casa, mis padres siempre hablan de mandar a Shelley a algún sitio. Como si, por arte de magia, todos los problemas de los Miori fueran a desvanecerse en cuanto Shelley desapareciera.
- ¿No crees que el entrenador Bautista vendrá a buscarme? ¿Quieres que te expulsen? -pregunto pese a saber que son razones de poco peso. Sin embargo, intento ganar algo de tiempo.
- Me importa una mierda que me expulsen -dice entre risitas.
No parece haber funcionado, aunque merecía la pena intentarlo.
En lugar de encogerme de miedo junto a la taquilla, me enderezo. Madison intenta empujarme otra vez por el hombro, pero esta vez me las apaño para apartarle el brazo de un manotazo.
Estoy a punto de enzarzarme en mi primera pelea. Una pelea en la que seguramente saldré perdiendo. El corazón me late con fuerza, como si fuera a salirme del pecho. Me he pasado toda la vida intentando evitar situaciones como esta, pero esta vez no tengo elección. Me pregunto si puedo disparar la alarma de incendios para librarme de ella, como he visto alguna vez en el cine. Pero, por supuesto, no veo ninguna de esas cajitas rojas cerca.
- Madi, déjala en paz.
Ambas nos volvemos hacia el sonido de una voz de chica. Es Isabel. Una «no amiga». Pero una no amiga que acaba de evitar que me partan la cara.
- Isa, no te metas en mis asuntos -gruñe Madison. Isabel se acerca a nosotras. Lleva el pelo recogido en una alta cola de caballo que se balancea a medida que camina. - No le pongas la mano encima, Madi.
- ¿Por qué no? -pregunta ella-. ¿Acaso crees que serás su amiga del alma ahora que están juntas en esa estupidez de las animadoras?
Isa apoya firmemente las manos en las caderas.
- Estás colada por Zayn, Madi. Esa es la razón por la que te comportas como una pirada.
Al escuchar el nombre de Zayn, Madison se pone rígida.
- Cállate, Isa. No tienes ni idea.
Ella dirige toda su rabia contra Isabel y se pone a chillarle como una loca. Isabel no se siente intimidada, se ha plantado delante de ella y también le está gritando. Isabel es bajita y puede que pese menos que yo, por eso me sorprende que se enfrente a Madison. Sin embargo, parece que sabe defenderse. Es obvio que sus palabras hacen retroceder a su contrincante.
El entrenador Bautista aparece detrás de Madison.
- ¿ Están dando una fiesta y no han invitado al resto de la clase?
- Estamos charlando un poco -dice Madison, sin sobresaltarse en absoluto y actuando como si fuéramos tres amigas pasando el rato.
- Bueno, pues os sugiero que charlen después de clase. Señoritas Miori y Ávila, uníos al resto de sus compañeros en el gimnasio. Señorita Andrews, vaya donde se suponga que debería estar a esta hora.
Madison me señala con su uña pintada de rojo.
- Nos veremos después -me advierte, y sale de los vestuarios después de que Isabel se haga a un lado.
- Gracias -le digo en voz baja a Isabel.
Ella me responde con un asentimiento de cabeza
Solo disponemos de media hora en el gimnasio. Mientras me pongo la ropa de deporte, pienso en lo que ha ocurrido en el despacho de Brannan. La señora Peterson nos ha culpado de lo sucedido tanto a Zayn como a mí. Zayn está echando a perder mi último curso nada más empezar.
Mientras me subo los shorts de gimnasia, el sonido de unos tacones me advierte de que no estoy sola en los vestuarios. Me cubro el pecho con la camiseta y veo aparecer a Madison. ¡Ay, madre!
- Debe de ser mi día de suerte -dice, mirándome fijamente como un puma dispuesto a atacar. Aunque los pumas no tienen el pelo moreno, liso y largo... sí que tienen garras. Y las garras de Madison están pintadas de color rojo.
Se acerca a mí.
Siento el impulso de dar un paso atrás. En realidad, lo que me gustaría es echar a correr. Pero no lo hago, básicamente porque creo que me seguiría de todos modos.
- ¿Sabes? -añade, con una sonrisa malvada-. Siempre me he preguntado de qué color sería el sujetador de Ashley Miori. Rosa. Te va que ni pintado. Apuesto a que te ha costado tanta pasta como lo que te cobraron por teñirte el pelo.
- No has venido aquí para hablar de sujetadores y tintes, Madison-respondo mientras me meto la camiseta por la cabeza. Trago saliva con fuerza antes de añadir-: Sino para pegarme.
- Cuando una lagartona se insinúa a mi hombre, me sale mi lado territorial.
- No estoy interesada en tu hombre, Madison. Ya tengo uno.
- Venga ya. Las chicas como tú quieren que todos los tíos pierdan la cabeza por ellas, así pueden disponer de ellos cuando os apetezca -añade, cada vez más furiosa. Estoy metida en un buen lío-. He oído que vas criticándome por ahí. Crees que lo eres todo, señorita Engreída. Veamos qué cara se te queda cuando te deje el labio partido y el ojo morado. ¿Vendrás al instituto con una bolsa de basura sobre la cabeza? ¿O te quedarás encerrada en tu enorme casa y no saldrás nunca?
No aparto la vista de ella mientras sigue acercándose. La miro fijamente. Madison tiene claro que para mí la imagen que doy lo es todo, y a ella le da igual que la expulsen... o que la echen definitivamente.
- ¡Contéstame! -grita, y me da un empujón en el hombro, que acaba impactando contra la taquilla que está situada a mi espalda.
Creo que no la estaba escuchando porque no tengo ni idea de qué he de responder. Si regreso a casa amoratada o con señales de haber estado en una pelea, las consecuencias serán desastrosas. Mi madre se pondrá hecha una furia y me echará las culpas por no haber evitado que ocurriera. Espero que eso no le haga empezar otra vez con lo de ingresar a Shelley en algún centro. Cuando hay algo de tensión en casa, mis padres siempre hablan de mandar a Shelley a algún sitio. Como si, por arte de magia, todos los problemas de los Miori fueran a desvanecerse en cuanto Shelley desapareciera.
- ¿No crees que el entrenador Bautista vendrá a buscarme? ¿Quieres que te expulsen? -pregunto pese a saber que son razones de poco peso. Sin embargo, intento ganar algo de tiempo.
- Me importa una mierda que me expulsen -dice entre risitas.
No parece haber funcionado, aunque merecía la pena intentarlo.
En lugar de encogerme de miedo junto a la taquilla, me enderezo. Madison intenta empujarme otra vez por el hombro, pero esta vez me las apaño para apartarle el brazo de un manotazo.
Estoy a punto de enzarzarme en mi primera pelea. Una pelea en la que seguramente saldré perdiendo. El corazón me late con fuerza, como si fuera a salirme del pecho. Me he pasado toda la vida intentando evitar situaciones como esta, pero esta vez no tengo elección. Me pregunto si puedo disparar la alarma de incendios para librarme de ella, como he visto alguna vez en el cine. Pero, por supuesto, no veo ninguna de esas cajitas rojas cerca.
- Madi, déjala en paz.
Ambas nos volvemos hacia el sonido de una voz de chica. Es Isabel. Una «no amiga». Pero una no amiga que acaba de evitar que me partan la cara.
- Isa, no te metas en mis asuntos -gruñe Madison. Isabel se acerca a nosotras. Lleva el pelo recogido en una alta cola de caballo que se balancea a medida que camina. - No le pongas la mano encima, Madi.
- ¿Por qué no? -pregunta ella-. ¿Acaso crees que serás su amiga del alma ahora que están juntas en esa estupidez de las animadoras?
Isa apoya firmemente las manos en las caderas.
- Estás colada por Zayn, Madi. Esa es la razón por la que te comportas como una pirada.
Al escuchar el nombre de Zayn, Madison se pone rígida.
- Cállate, Isa. No tienes ni idea.
Ella dirige toda su rabia contra Isabel y se pone a chillarle como una loca. Isabel no se siente intimidada, se ha plantado delante de ella y también le está gritando. Isabel es bajita y puede que pese menos que yo, por eso me sorprende que se enfrente a Madison. Sin embargo, parece que sabe defenderse. Es obvio que sus palabras hacen retroceder a su contrincante.
El entrenador Bautista aparece detrás de Madison.
- ¿ Están dando una fiesta y no han invitado al resto de la clase?
- Estamos charlando un poco -dice Madison, sin sobresaltarse en absoluto y actuando como si fuéramos tres amigas pasando el rato.
- Bueno, pues os sugiero que charlen después de clase. Señoritas Miori y Ávila, uníos al resto de sus compañeros en el gimnasio. Señorita Andrews, vaya donde se suponga que debería estar a esta hora.
Madison me señala con su uña pintada de rojo.
- Nos veremos después -me advierte, y sale de los vestuarios después de que Isabel se haga a un lado.
- Gracias -le digo en voz baja a Isabel.
Ella me responde con un asentimiento de cabeza
Capitulo 10
Narra Zayn
Vaya, esto sí que es fuerte. Estamos en el despacho del director. Brannan y Peterson a un lado, y la señorita Perfecta y el gilipollas de su novio al otro... y yo plantado aquí, solo. Nadie está de mi parte, eso es obvio.
Brannan carraspea antes de aseverar:
- Zayn, esta es la segunda vez en dos semanas que estás en mi despacho.
Eso sí que es un buen resumen. Este tipo es un verdadero genio.
- Señor -digo. Le sigo el juego porque estoy harto de que la señorita Perfecta y su novio controlen a todo el jodido instituto-. He tenido un pequeño percance durante la comida y se me han manchado los pantalones de grasa. Pero en lugar de faltar a clase, he pedido a un amigo que me busque estos para cambiarme -le explico, señalando los vaqueros nuevos que Paco ha conseguido encontrar en mi casa-. Señora Peterson -digo, volviéndome hacia mi profesora de química-. No podía permitir que una pequeña mancha me obligara a perderme una de sus valiosísimas lecciones.
- No intente convencerme, Zayn -resopla Peterson-. Está aquí por sus payasadas -continúa, alzando la mano al aire. A continuación, mira a Ash y a Matt como si les invitara a atacarme, hasta que finalmente añade-: Y no crean que ustedes dos han actuado mucho mejor.
Ash está conmocionada por la bronca, aunque parecía divertirse mucho cuando la señora P. me recriminaba a mí.
- No podemos ser compañeros -espeta la señorita Perfecta.
Matt da un paso adelante.
- Puede hacer el proyecto con Darlene y conmigo. -Casi se me escapa la risa cuando veo la reacción de la señora P. ante el comentario de Matt. Se le han enarcado las cejas en un gesto tan exagerado que parece que, en cualquier momento, vayan a salírsele de la cara.
- ¿Y qué les hace creer que son tan especiales como para pensar que voy a cambiar la organización de mi clase? -¡A por ellos, Peterson!
- Nadine, ya me encargo yo -interviene Brannan, antes de señalar una foto de nuestro instituto enmarcada en la pared. Los chicos de la zona norte no tienen tiempo de responder a la pregunta de la señora P. porque Brannan prosigue-: Chicos, el lema del Instituto Fairfield es "La diversidad genera conocimiento." Si se os olvida en cualquier momento, está grabado en la estela de piedra de la entrada principal, así que la próxima vez que paséis por allí deteneos un momento para pensar en el significado de esas palabras. Puedo aseguraros que mi principal objetivo como nuevo director es recomponer cualquier brecha que se haya abierto en la política del instituto y que amenace con invalidar ese lema.
De acuerdo, así que la diversidad genera conocimiento. Sin embargo, yo añadiría que también genera odio e ignorancia. Lo he visto con mis propios ojos. No me apetece manchar la visión de color de rosa del lema al que Aguirre hace referencia, porque empiezo a pensar que nuestro director cree realmente en todas las gilipolleces que le salen por la boca.
- El director Brannan y yo estamos de acuerdo. Teniendo eso en cuenta... -Peterson me fulmina con una de sus miradas, que con toda seguridad debe de ensayar frente al espejo-. Zayn, deje de provocar a Ashley-insiste, pero luego lanza la misma mirada a los dos chicos que están al otro lado del despacho-.Ashley, deja de comportarte como una diva. Y Matt... ni siquiera sé qué pinta usted aquí.
- Soy su novio.
- Entonces les agradecería que mantuvieran su relación fuera de mi clase.
- Pero... -empieza Matt.
Peterson le corta en seco agitando una mano- Ya es suficiente. Nosotros hemos acabado y ustedes también.
Matt coge a su diva de la mano y los dos salen del despacho.
Justo cuando me propongo hacer lo mismo, Peterson me agarra del codo.
Me detengo y la miro a los ojos, reparando en la simpatía grabada en su expresión. No me hace nada de gracia.
- ¿Sí?
- Ya te he calado, ¿sabes?
Necesito borrarle esa mueca afectuosa de la cara. La última vez que un profesor me miró de ese modo, fue en primer curso, justo después de que le dispararan a mi padre.
- Solo llevamos dos semanas de clases, Nadine. Quizás quieras esperar un mes o dos antes de hacer una afirmación como esa.
Ella suelta una risita y prosigue:
- No llevo mucho tiempo enseñando, pero he visto en mis clases a más Zayn Malik de los que verá la mayoría de los profesores en toda su vida.
- Pensaba que era único -digo, llevándome la mano al pecho-. Me ha ofendido, Nadine.
- ¿De verdad quieres ser único, Zayn? Pues termina el instituto, gradúate y ve a la universidad.
- Ese es el plan -digo, aunque es la primera vez que lo admito abiertamente. Sé que mi madre quiere que me gradúe, pero nunca hablamos del tema. Y, a decir verdad, no estoy muy seguro de que sea algo que dé por sentado.
- Todos dicen lo mismo al principio -confiesa ella, abriendo el bolso y sacando mi bandana-. No dejes que tu vida fuera del instituto dicte tu futuro -añade, esta vez muy seria.
Me guardo la bandana en el bolsillo trasero de los vaqueros. Ella no tiene ni idea de cómo la vida fuera del instituto influye en la que llevo dentro él. Ni un edificio de ladrillo rojo podría protegerme del mundo exterior. Joder, ni siquiera podría esconderme aquí dentro por mucho que quisiera.
- Ya sé lo que va a decir ahora... «Si alguna vez necesitas una amiga, Zayn, puedes contar conmigo».
- Te equivocas, yo no soy tu amiga. Si lo fuera, no pertenecerías a una banda. Pero he visto las notas de tus exámenes. Eres un chico inteligente, y puedes triunfar si te tomas en serio el instituto.
Triunfar. Triunfar. Ahora todo es relativo, ¿no?
- ¿Puedo irme ya a clase? -pregunto porque no sé qué contestarle. Estoy preparado para aceptar que mi profesora de química y el nuevo director no estén de mi lado... aunque tampoco estoy muy seguro que lo estén del otro. Eso me rompe un poco los esquemas.
- Sí, ve a clase, Zayn.
Todavía estoy pensando en lo que me ha dicho Peterson cuando la oigo gritar:
- Y si vuelves a llamarme Nadine, tendrás el placer de recibir otra papeleta de castigo, además de escribir una redacción sobre el respeto. Recuérdalo, no soy tu amiga.
Mientras camino por el pasillo, no puedo evitar esbozar una sonrisa. Esta mujer empuña las papeletas azules de castigo y las amenazas de redacciones como auténticas armas de fuego.
Vaya, esto sí que es fuerte. Estamos en el despacho del director. Brannan y Peterson a un lado, y la señorita Perfecta y el gilipollas de su novio al otro... y yo plantado aquí, solo. Nadie está de mi parte, eso es obvio.
Brannan carraspea antes de aseverar:
- Zayn, esta es la segunda vez en dos semanas que estás en mi despacho.
Eso sí que es un buen resumen. Este tipo es un verdadero genio.
- Señor -digo. Le sigo el juego porque estoy harto de que la señorita Perfecta y su novio controlen a todo el jodido instituto-. He tenido un pequeño percance durante la comida y se me han manchado los pantalones de grasa. Pero en lugar de faltar a clase, he pedido a un amigo que me busque estos para cambiarme -le explico, señalando los vaqueros nuevos que Paco ha conseguido encontrar en mi casa-. Señora Peterson -digo, volviéndome hacia mi profesora de química-. No podía permitir que una pequeña mancha me obligara a perderme una de sus valiosísimas lecciones.
- No intente convencerme, Zayn -resopla Peterson-. Está aquí por sus payasadas -continúa, alzando la mano al aire. A continuación, mira a Ash y a Matt como si les invitara a atacarme, hasta que finalmente añade-: Y no crean que ustedes dos han actuado mucho mejor.
Ash está conmocionada por la bronca, aunque parecía divertirse mucho cuando la señora P. me recriminaba a mí.
- No podemos ser compañeros -espeta la señorita Perfecta.
Matt da un paso adelante.
- Puede hacer el proyecto con Darlene y conmigo. -Casi se me escapa la risa cuando veo la reacción de la señora P. ante el comentario de Matt. Se le han enarcado las cejas en un gesto tan exagerado que parece que, en cualquier momento, vayan a salírsele de la cara.
- ¿Y qué les hace creer que son tan especiales como para pensar que voy a cambiar la organización de mi clase? -¡A por ellos, Peterson!
- Nadine, ya me encargo yo -interviene Brannan, antes de señalar una foto de nuestro instituto enmarcada en la pared. Los chicos de la zona norte no tienen tiempo de responder a la pregunta de la señora P. porque Brannan prosigue-: Chicos, el lema del Instituto Fairfield es "La diversidad genera conocimiento." Si se os olvida en cualquier momento, está grabado en la estela de piedra de la entrada principal, así que la próxima vez que paséis por allí deteneos un momento para pensar en el significado de esas palabras. Puedo aseguraros que mi principal objetivo como nuevo director es recomponer cualquier brecha que se haya abierto en la política del instituto y que amenace con invalidar ese lema.
De acuerdo, así que la diversidad genera conocimiento. Sin embargo, yo añadiría que también genera odio e ignorancia. Lo he visto con mis propios ojos. No me apetece manchar la visión de color de rosa del lema al que Aguirre hace referencia, porque empiezo a pensar que nuestro director cree realmente en todas las gilipolleces que le salen por la boca.
- El director Brannan y yo estamos de acuerdo. Teniendo eso en cuenta... -Peterson me fulmina con una de sus miradas, que con toda seguridad debe de ensayar frente al espejo-. Zayn, deje de provocar a Ashley-insiste, pero luego lanza la misma mirada a los dos chicos que están al otro lado del despacho-.Ashley, deja de comportarte como una diva. Y Matt... ni siquiera sé qué pinta usted aquí.
- Soy su novio.
- Entonces les agradecería que mantuvieran su relación fuera de mi clase.
- Pero... -empieza Matt.
Peterson le corta en seco agitando una mano- Ya es suficiente. Nosotros hemos acabado y ustedes también.
Matt coge a su diva de la mano y los dos salen del despacho.
Justo cuando me propongo hacer lo mismo, Peterson me agarra del codo.
Me detengo y la miro a los ojos, reparando en la simpatía grabada en su expresión. No me hace nada de gracia.
- ¿Sí?
- Ya te he calado, ¿sabes?
Necesito borrarle esa mueca afectuosa de la cara. La última vez que un profesor me miró de ese modo, fue en primer curso, justo después de que le dispararan a mi padre.
- Solo llevamos dos semanas de clases, Nadine. Quizás quieras esperar un mes o dos antes de hacer una afirmación como esa.
Ella suelta una risita y prosigue:
- No llevo mucho tiempo enseñando, pero he visto en mis clases a más Zayn Malik de los que verá la mayoría de los profesores en toda su vida.
- Pensaba que era único -digo, llevándome la mano al pecho-. Me ha ofendido, Nadine.
- ¿De verdad quieres ser único, Zayn? Pues termina el instituto, gradúate y ve a la universidad.
- Ese es el plan -digo, aunque es la primera vez que lo admito abiertamente. Sé que mi madre quiere que me gradúe, pero nunca hablamos del tema. Y, a decir verdad, no estoy muy seguro de que sea algo que dé por sentado.
- Todos dicen lo mismo al principio -confiesa ella, abriendo el bolso y sacando mi bandana-. No dejes que tu vida fuera del instituto dicte tu futuro -añade, esta vez muy seria.
Me guardo la bandana en el bolsillo trasero de los vaqueros. Ella no tiene ni idea de cómo la vida fuera del instituto influye en la que llevo dentro él. Ni un edificio de ladrillo rojo podría protegerme del mundo exterior. Joder, ni siquiera podría esconderme aquí dentro por mucho que quisiera.
- Ya sé lo que va a decir ahora... «Si alguna vez necesitas una amiga, Zayn, puedes contar conmigo».
- Te equivocas, yo no soy tu amiga. Si lo fuera, no pertenecerías a una banda. Pero he visto las notas de tus exámenes. Eres un chico inteligente, y puedes triunfar si te tomas en serio el instituto.
Triunfar. Triunfar. Ahora todo es relativo, ¿no?
- ¿Puedo irme ya a clase? -pregunto porque no sé qué contestarle. Estoy preparado para aceptar que mi profesora de química y el nuevo director no estén de mi lado... aunque tampoco estoy muy seguro que lo estén del otro. Eso me rompe un poco los esquemas.
- Sí, ve a clase, Zayn.
Todavía estoy pensando en lo que me ha dicho Peterson cuando la oigo gritar:
- Y si vuelves a llamarme Nadine, tendrás el placer de recibir otra papeleta de castigo, además de escribir una redacción sobre el respeto. Recuérdalo, no soy tu amiga.
Mientras camino por el pasillo, no puedo evitar esbozar una sonrisa. Esta mujer empuña las papeletas azules de castigo y las amenazas de redacciones como auténticas armas de fuego.
martes, 25 de diciembre de 2012
Capitulo 9
Narra Ashley
Justo después de llamar imbécil a Zayn, la señora Peterson pide que prestemos atención.
- Cada pareja elegirá un proyecto de los que hay en este sombrero -anuncia-. Todos presentan los mismos retos y tendrán que quedar fuera de clase para trabajar en él.
-¿Y el fútbol? -interrumpe Matt-. No puedo perder el entrenamiento.
- Ni las animadoras tampoco -añade Darlene adelantándose a mí.
- El trabajo escolar es lo primero. Depende de sus compañeros y de ustedes encontrar el momento adecuado para las cosas -dice la señora Peterson mientras se planta delante de nuestra mesa y sostiene en alto el sombrero.
- Esto, señora P... no habrá uno sobre la cura de la esclerosis múltiple, ¿no? -pregunta Zayn con esa actitud de chulo que me saca de quicio-. Porque no creo que baste un año de trabajo escolar entero para realizar un proyecto de esa envergadura.
Ya puedo ver el gran suspenso en mi boletín de notas. Consejero de admisiones para Oxford le traerá sin cuidado que fuera mi compañero de laboratorio el responsable de que nos catearan el proyecto, A este tío no le importara.
- Tengo que ir a mear.
La profesora se lleva una mano a la cadera y, con una expresión ceñuda, le dice:
- Cuide su lenguaje. Y que yo sepa, no necesita sus libros para ir al cuarto de baño. Déjelos en la mesa.
Zayn hace una mueca, pero coloca los libros en la mesa.
- Ya le dije que nada de accesorios relacionados con bandas en mi clase -dice la señora Peterson mirando la bandana que tiene entre las manos. Tiende la mano y añade-: Démela.
Él mira a la puerta y después a la señora Peterson.
- ¿Y qué pasa si me niego?
- Zayn, no estire de la cuerda. Tolerancia cero. ¿Quiere que le expulsen? -le amenaza, agitando los dedos para que le entregue la bandana de inmediato.
Frunciendo el ceño, Zayn coloca lentamente la bandana en la mano de la profesora.
La señora Peterson se queda boquiabierta cuando finalmente se la arrebata.
- ¡Ay, madre! -grito al ver la enorme mancha que lleva en la bragueta.
Todos los estudiantes, uno a uno, estallan en carcajadas, pero la risa de Matt es la que más destaca.
- No te preocupes, Malik. Mi abuela tiene el mismo problema. Nada que no pueda arreglarse con un pañal.
Las palabras de Matt me impactan porque la mención de los pañales para adultos me recuerda inmediatamente a mi hermana. Reírse de los adultos que no pueden valerse por sí mismos no tiene ninguna gracia, porque Shelley es una de esas personas.
Zayn luce su enorme y arrogante sonrisa y le dice a Matt:
- Tu novia no podía apartar las manos de mis pantalones. Me estaba enseñando una nueva aplicación para los calentadores de manos, colega.
Esta vez ha ido demasiado lejos. Me pongo en pie. Mi taburete chirría contra el suelo.
- Ya te gustaría -le suelto.
Zayn está a punto de decirme algo cuando la señora Peterson grita:
- ¡Zayn! -Y tras aclararse la garganta, añade-: Ve a la enfermería y arréglate. Coge tus libros porque después irás a ver al director Brannan. Te veré en su despacho junto a tus compañeros Matt y Ashley.
Zayn coge bruscamente los libros de la mesa y sale de clase. Vuelvo a sentarme con calma en el taburete. La señora Peterson procura que el resto de la clase guarde silencio mientras medito sobre mi efímero éxito al evitar a Madison. Si cree que represento una amenaza para su relación con Zayn, los rumores que seguro acabarán extendiéndose pueden resultar mortales.
Justo después de llamar imbécil a Zayn, la señora Peterson pide que prestemos atención.
- Cada pareja elegirá un proyecto de los que hay en este sombrero -anuncia-. Todos presentan los mismos retos y tendrán que quedar fuera de clase para trabajar en él.
-¿Y el fútbol? -interrumpe Matt-. No puedo perder el entrenamiento.
- Ni las animadoras tampoco -añade Darlene adelantándose a mí.
- El trabajo escolar es lo primero. Depende de sus compañeros y de ustedes encontrar el momento adecuado para las cosas -dice la señora Peterson mientras se planta delante de nuestra mesa y sostiene en alto el sombrero.
- Esto, señora P... no habrá uno sobre la cura de la esclerosis múltiple, ¿no? -pregunta Zayn con esa actitud de chulo que me saca de quicio-. Porque no creo que baste un año de trabajo escolar entero para realizar un proyecto de esa envergadura.
Ya puedo ver el gran suspenso en mi boletín de notas. Consejero de admisiones para Oxford le traerá sin cuidado que fuera mi compañero de laboratorio el responsable de que nos catearan el proyecto, A este tío no le importara.
- Tengo que ir a mear.
La profesora se lleva una mano a la cadera y, con una expresión ceñuda, le dice:
- Cuide su lenguaje. Y que yo sepa, no necesita sus libros para ir al cuarto de baño. Déjelos en la mesa.
Zayn hace una mueca, pero coloca los libros en la mesa.
- Ya le dije que nada de accesorios relacionados con bandas en mi clase -dice la señora Peterson mirando la bandana que tiene entre las manos. Tiende la mano y añade-: Démela.
Él mira a la puerta y después a la señora Peterson.
- ¿Y qué pasa si me niego?
- Zayn, no estire de la cuerda. Tolerancia cero. ¿Quiere que le expulsen? -le amenaza, agitando los dedos para que le entregue la bandana de inmediato.
Frunciendo el ceño, Zayn coloca lentamente la bandana en la mano de la profesora.
La señora Peterson se queda boquiabierta cuando finalmente se la arrebata.
- ¡Ay, madre! -grito al ver la enorme mancha que lleva en la bragueta.
Todos los estudiantes, uno a uno, estallan en carcajadas, pero la risa de Matt es la que más destaca.
- No te preocupes, Malik. Mi abuela tiene el mismo problema. Nada que no pueda arreglarse con un pañal.
Las palabras de Matt me impactan porque la mención de los pañales para adultos me recuerda inmediatamente a mi hermana. Reírse de los adultos que no pueden valerse por sí mismos no tiene ninguna gracia, porque Shelley es una de esas personas.
Zayn luce su enorme y arrogante sonrisa y le dice a Matt:
- Tu novia no podía apartar las manos de mis pantalones. Me estaba enseñando una nueva aplicación para los calentadores de manos, colega.
Esta vez ha ido demasiado lejos. Me pongo en pie. Mi taburete chirría contra el suelo.
- Ya te gustaría -le suelto.
Zayn está a punto de decirme algo cuando la señora Peterson grita:
- ¡Zayn! -Y tras aclararse la garganta, añade-: Ve a la enfermería y arréglate. Coge tus libros porque después irás a ver al director Brannan. Te veré en su despacho junto a tus compañeros Matt y Ashley.
Zayn coge bruscamente los libros de la mesa y sale de clase. Vuelvo a sentarme con calma en el taburete. La señora Peterson procura que el resto de la clase guarde silencio mientras medito sobre mi efímero éxito al evitar a Madison. Si cree que represento una amenaza para su relación con Zayn, los rumores que seguro acabarán extendiéndose pueden resultar mortales.
Capitulo 8
Narra Zayn
......- En dos meses habré catado a esa tía. Si de verdad quieres apostar tu RX-7, acepto.
- Estás loco, tío -dice Liam, y al ver que no contesto, añade frunciendo el ceño-: ¿Hablas en serio, Zayn?
El tío va a echarse atrás, quiere más a su coche que a su madre.
- Claro.
- Si pierdes, me quedo con Kenny -dice Liam, y su expresión ceñuda se transforma en una sonrisa malvada.
Kenny es mi posesión más preciada: una vieja Honda Nighthawk 750. La rescaté del depósito y la convertí en una moto de líneas depuradas. Hacerlo me llevó un montón de tiempo. Es la única cosa en mi vida que, en lugar de echar a perder, he mejorado.
Liam no va a rajarse. Ahora me toca a mí rechazar o aceptar el reto. El problema es que nunca me he echado atrás... ni una sola vez en toda mi vida.
Estoy seguro de que la chica más popular del instituto va a aprender un montón de cosas saliendo conmigo. La señorita Perfecta ha declarado que nunca saldría con el miembro de una banda, pero apuesto a que ningún Latino Blood ha intentado colarse alguna vez en esos pantalones de diseño.
Apuesto a que todo lo que necesito para ligarme a Ash es un poco de coqueteo. Ya saben, un juego de palabras, un toma y da que aumenta tu percepción del sexo opuesto. Puedo matar dos pájaros de un tiro: devolvérsela a Cara Burro quitándole a su chica y devolvérsela a doña Perfecta por haberse chivado de mí al director, y por dejarme en ridículo delante de sus amigas. Puede ser divertido.
Me imagino a todo el instituto siendo testigo de la inmaculada niña pija babeando por el chicano al que ha profesado odio eterno. Imagino su culo blanco y apretado cayendo al suelo cuando haya acabado con ella.
Le tiendo la mano a Liam.
- Trato hecho.
- Tendrás que demostrarlo con pruebas.- Le doy otra calada al cigarrillo.
- Liam, ¿qué quieres que haga? ¿Arrancarle un pelo púbico?
- ¿Cómo sabremos que es de ella? -pregunta Liam-.
- Hazle una foto -sugiere Pedro-. O un vídeo. Apuesto a que podemos sacar una pasta con eso. Podemos titularlo «Ash se va de paseo al sur de la frontera».
Son este tipo de conversaciones estúpidas las que nos dan una mala reputación. No es que los niños ricos no hablen de estupideces, estoy seguro que sí. Sin embargo, cuando mis amigos empiezan, no conocen el límite. Si os digo la verdad, creo que mis colegas se lo pasan bomba cuando se ríen de alguien. Aunque si es de mí, ya no me hace tanta gracia.
- ¿De qué habláis? -pregunta Paco, que se une a nosotros con un plato de comida de la cafetería.
- He apostado mi coche con Zayn a que no consigue acostarse con Ashley Miori antes de Navidad. Y él ha apostado su Kenny a que sí.
- ¿Estás loco, Zayn? -dice Paco-. Hacer una apuesta como esa es un suicidio.
- Déjalo, Paco -le advierto. No es ningún suicidio. Una estupidez, puede, pero no un suicidio. Si conseguí salir con la tía buena de Madison puedo salir con la galleta de vainilla de Ash Miori.
- Ashley está fuera de nuestro alcance, colega. Puede que seas un chico mono, pero eres cien por cien pandillero y ella es muy pija.
Una alumna de penúltimo curso llamada Leticia González se acerca a nosotros.
- Hola, Zayn -dice, lanzándome una sonrisa antes de sentarse con sus amigas. Mientras los otros chicos babean por Leticia y sus amigas, Paco y yo nos quedamos solos junto al árbol.
Paco me da un codazo.
- Mira, Leticia es una chica preciosa, y sí está a tu alcance.
Pero yo no tengo puesto el ojo en Leticia, sino en Ash. Ahora que el juego ha empezado, voy a centrarme en el premio. Es hora de empezar el coqueteo, aunque con ella no me funcionará ningún piropo facilón. De algún modo, creo que ese tipo de comentarios ya se los dice su novio y los otros gilipollas que intentan llevársela a la cama.
Voy a optar por una nueva estrategia, una que ella no esperará. Voy a hacer que caiga rendida antes de que se dé cuenta. Y empezaré en la próxima clase, cuando esté obligada a sentarse a mi lado. Nada como unos cuantos preliminares en la clase de química para provocar que se encienda la chispa.
- ¡Mierda! -exclama Paco, lanzando su comida al plato-. Creen que pueden comprar un trozo de pan en forma de u, llenarlo de cosas y llamarlo taco, pero estos tipos de la cafetería no distinguirían un taco de carne de un pedazo de mierda. Esa es la razón por la que sabe así, Zayn.
- Tío, me están entrando ganas de vomitar -digo. Miro incómodo la comida que he traído de casa. Ahora, gracias a Paco todo me parece un pedazo de mierda. Asqueado, guardo el resto de la comida en la bolsa de papel marrón.
- ¿Quieres probarlo? -pregunta Paco con una sonrisa mientras me tiende el taco de mierda.
- Acerca eso un centímetro más y te arrepentirás -le amenazo.
- Me cago de miedo.
Paco zarandea el taco ofensivamente, provocándome.
Deberia tener más cabeza.
- Si algo de eso me cae encima...
- ¿Qué vas a hacer, pegarme? -canturrea Paco con sarcasmo, todavía agitando el taco. Quizás debería darle un puñetazo en la cara, dejarlo inconsciente para no tener que aguantarlo más.
Mientras barajo la idea, noto que algo me gotea en los pantalones. Bajo la mirada sabiendo lo que voy a encontrarme. Sí, un pedazo de falsa carne de taco, húmeda y pegajosa, me ha dejado una macha enorme justo encima de la bragueta de los vaqueros desteñidos que llevo puestos.
- Joder -se lamenta Paco. En un instante, su expresión ha pasado de la alegría a la conmoción-. ¿Quieres que te lo limpie?
- Si tus dedos se acercan lo más mínimo a mi pene, me encargaré personalmente de meterte un tiro en los huevos -gruño entre dientes. Aparto con el dedo la misteriosa carne que me ha caído encima. Me ha dejado una mancha grande y grasienta. Me vuelvo hacia Paco.
- Tienes diez minutos para conseguirme unos pantalones nuevos.
- ¿Y cómo como voy a hacer eso?
- Improvisa algo.
- Coge los míos -sugiere Paco que se levanta y se lleva los dedos a la cinturilla de los vaqueros, desabrochándose los pantalones allí, en medio del patio.
- Tal vez no me he explicado con claridad -matizo, preguntándome cómo voy a aparentar ser un tipo guay en clase de química cuando parece que me he meado en los pantalones-. Lo que quiero decir es que me consigas unos pantalones nuevos de mi talla, imbécil. Eres tan bajo que podrías presentarte a una audición para hacer de duende de Santa Claus.
- Voy a tolerar tus insultos porque somos hermanos.
- Nueve minutos y treinta segundos.
Paco decide no malgastar más tiempo y echa a correr hacia el aparcamiento del instituto. No me importa una mierda cómo consiga los pantalones, solo quiero que los encuentre antes de que empiece la siguiente clase. Tener la bragueta mojada no es el mejor modo de demostrarle a Ashley que soy todo un seductor.
Espero junto al árbol mientras los otros tiran los restos de comida y se dirigen a las puertas del instituto. De repente, suena la música por los altavoces y no veo a Paco por ningún sitio. Genial. Ahora tengo cinco minutos para llegar a la clase de Peterson. Apretando los dientes, camino hacia la clase de química con los libros estratégicamente colocados delante de la bragueta. Llego dos minutos antes. Me siento en el taburete y me acerco todo lo que puedo a la mesa de laboratorio para esconder la mancha.
La señorita Perfecta entra en clase, con su pelo de anuncio cayéndole sobre el pecho, terminando en unos perfectos ricitos que se mueven a medida que avanza. Una perfección que en lugar de excitarme, me hace desear levantarme y arruinársela.
Le guiño el ojo cuando me mira. Ella resopla y aleja su taburete del mío todo lo que puede.
Recuerdo la política de tolerancia cero de la señora Peterson y me quito la bandana, colocándomela directamente sobre la mancha. Después, me giro hacia la chica de los pompones que se sienta a mi lado.
- Tendrás que hablar conmigo en algún momento.
- ¿Para qué tu novia tenga la excusa perfecta para darme una paliza? No, gracias, Zayn. Prefiero que mi cara se quede como está.
- No tengo novia. ¿Quieres una entrevista para el puesto? -pregunto mirándola de arriba abajo, concentrándome en las partes de las que ella se vale tanto.
Hace una mueca con el labio superior pintado de rosa y me sonríe con desprecio.
- Ni muerta.
- Nena, no sabrías que hacer con tanta testosterona en tus manos.
«Eso es, Zayn. Tómale el pelo para atraer su atención. Morderá el anzuelo». Ella se aparta de mí.
- Eres asqueroso.
- ¿Y si te dijera que haríamos una pareja genial?
- Pues te diría que eres un imbécil.
- Estás loco, tío -dice Liam, y al ver que no contesto, añade frunciendo el ceño-: ¿Hablas en serio, Zayn?
El tío va a echarse atrás, quiere más a su coche que a su madre.
- Claro.
- Si pierdes, me quedo con Kenny -dice Liam, y su expresión ceñuda se transforma en una sonrisa malvada.
Kenny es mi posesión más preciada: una vieja Honda Nighthawk 750. La rescaté del depósito y la convertí en una moto de líneas depuradas. Hacerlo me llevó un montón de tiempo. Es la única cosa en mi vida que, en lugar de echar a perder, he mejorado.
Liam no va a rajarse. Ahora me toca a mí rechazar o aceptar el reto. El problema es que nunca me he echado atrás... ni una sola vez en toda mi vida.
Estoy seguro de que la chica más popular del instituto va a aprender un montón de cosas saliendo conmigo. La señorita Perfecta ha declarado que nunca saldría con el miembro de una banda, pero apuesto a que ningún Latino Blood ha intentado colarse alguna vez en esos pantalones de diseño.
Apuesto a que todo lo que necesito para ligarme a Ash es un poco de coqueteo. Ya saben, un juego de palabras, un toma y da que aumenta tu percepción del sexo opuesto. Puedo matar dos pájaros de un tiro: devolvérsela a Cara Burro quitándole a su chica y devolvérsela a doña Perfecta por haberse chivado de mí al director, y por dejarme en ridículo delante de sus amigas. Puede ser divertido.
Me imagino a todo el instituto siendo testigo de la inmaculada niña pija babeando por el chicano al que ha profesado odio eterno. Imagino su culo blanco y apretado cayendo al suelo cuando haya acabado con ella.
Le tiendo la mano a Liam.
- Trato hecho.
- Tendrás que demostrarlo con pruebas.- Le doy otra calada al cigarrillo.
- Liam, ¿qué quieres que haga? ¿Arrancarle un pelo púbico?
- ¿Cómo sabremos que es de ella? -pregunta Liam-.
- Hazle una foto -sugiere Pedro-. O un vídeo. Apuesto a que podemos sacar una pasta con eso. Podemos titularlo «Ash se va de paseo al sur de la frontera».
Son este tipo de conversaciones estúpidas las que nos dan una mala reputación. No es que los niños ricos no hablen de estupideces, estoy seguro que sí. Sin embargo, cuando mis amigos empiezan, no conocen el límite. Si os digo la verdad, creo que mis colegas se lo pasan bomba cuando se ríen de alguien. Aunque si es de mí, ya no me hace tanta gracia.
- ¿De qué habláis? -pregunta Paco, que se une a nosotros con un plato de comida de la cafetería.
- He apostado mi coche con Zayn a que no consigue acostarse con Ashley Miori antes de Navidad. Y él ha apostado su Kenny a que sí.
- ¿Estás loco, Zayn? -dice Paco-. Hacer una apuesta como esa es un suicidio.
- Déjalo, Paco -le advierto. No es ningún suicidio. Una estupidez, puede, pero no un suicidio. Si conseguí salir con la tía buena de Madison puedo salir con la galleta de vainilla de Ash Miori.
- Ashley está fuera de nuestro alcance, colega. Puede que seas un chico mono, pero eres cien por cien pandillero y ella es muy pija.
Una alumna de penúltimo curso llamada Leticia González se acerca a nosotros.
- Hola, Zayn -dice, lanzándome una sonrisa antes de sentarse con sus amigas. Mientras los otros chicos babean por Leticia y sus amigas, Paco y yo nos quedamos solos junto al árbol.
Paco me da un codazo.
- Mira, Leticia es una chica preciosa, y sí está a tu alcance.
Pero yo no tengo puesto el ojo en Leticia, sino en Ash. Ahora que el juego ha empezado, voy a centrarme en el premio. Es hora de empezar el coqueteo, aunque con ella no me funcionará ningún piropo facilón. De algún modo, creo que ese tipo de comentarios ya se los dice su novio y los otros gilipollas que intentan llevársela a la cama.
Voy a optar por una nueva estrategia, una que ella no esperará. Voy a hacer que caiga rendida antes de que se dé cuenta. Y empezaré en la próxima clase, cuando esté obligada a sentarse a mi lado. Nada como unos cuantos preliminares en la clase de química para provocar que se encienda la chispa.
- ¡Mierda! -exclama Paco, lanzando su comida al plato-. Creen que pueden comprar un trozo de pan en forma de u, llenarlo de cosas y llamarlo taco, pero estos tipos de la cafetería no distinguirían un taco de carne de un pedazo de mierda. Esa es la razón por la que sabe así, Zayn.
- Tío, me están entrando ganas de vomitar -digo. Miro incómodo la comida que he traído de casa. Ahora, gracias a Paco todo me parece un pedazo de mierda. Asqueado, guardo el resto de la comida en la bolsa de papel marrón.
- ¿Quieres probarlo? -pregunta Paco con una sonrisa mientras me tiende el taco de mierda.
- Acerca eso un centímetro más y te arrepentirás -le amenazo.
- Me cago de miedo.
Paco zarandea el taco ofensivamente, provocándome.
Deberia tener más cabeza.
- Si algo de eso me cae encima...
- ¿Qué vas a hacer, pegarme? -canturrea Paco con sarcasmo, todavía agitando el taco. Quizás debería darle un puñetazo en la cara, dejarlo inconsciente para no tener que aguantarlo más.
Mientras barajo la idea, noto que algo me gotea en los pantalones. Bajo la mirada sabiendo lo que voy a encontrarme. Sí, un pedazo de falsa carne de taco, húmeda y pegajosa, me ha dejado una macha enorme justo encima de la bragueta de los vaqueros desteñidos que llevo puestos.
- Joder -se lamenta Paco. En un instante, su expresión ha pasado de la alegría a la conmoción-. ¿Quieres que te lo limpie?
- Si tus dedos se acercan lo más mínimo a mi pene, me encargaré personalmente de meterte un tiro en los huevos -gruño entre dientes. Aparto con el dedo la misteriosa carne que me ha caído encima. Me ha dejado una mancha grande y grasienta. Me vuelvo hacia Paco.
- Tienes diez minutos para conseguirme unos pantalones nuevos.
- ¿Y cómo como voy a hacer eso?
- Improvisa algo.
- Coge los míos -sugiere Paco que se levanta y se lleva los dedos a la cinturilla de los vaqueros, desabrochándose los pantalones allí, en medio del patio.
- Tal vez no me he explicado con claridad -matizo, preguntándome cómo voy a aparentar ser un tipo guay en clase de química cuando parece que me he meado en los pantalones-. Lo que quiero decir es que me consigas unos pantalones nuevos de mi talla, imbécil. Eres tan bajo que podrías presentarte a una audición para hacer de duende de Santa Claus.
- Voy a tolerar tus insultos porque somos hermanos.
- Nueve minutos y treinta segundos.
Paco decide no malgastar más tiempo y echa a correr hacia el aparcamiento del instituto. No me importa una mierda cómo consiga los pantalones, solo quiero que los encuentre antes de que empiece la siguiente clase. Tener la bragueta mojada no es el mejor modo de demostrarle a Ashley que soy todo un seductor.
Espero junto al árbol mientras los otros tiran los restos de comida y se dirigen a las puertas del instituto. De repente, suena la música por los altavoces y no veo a Paco por ningún sitio. Genial. Ahora tengo cinco minutos para llegar a la clase de Peterson. Apretando los dientes, camino hacia la clase de química con los libros estratégicamente colocados delante de la bragueta. Llego dos minutos antes. Me siento en el taburete y me acerco todo lo que puedo a la mesa de laboratorio para esconder la mancha.
La señorita Perfecta entra en clase, con su pelo de anuncio cayéndole sobre el pecho, terminando en unos perfectos ricitos que se mueven a medida que avanza. Una perfección que en lugar de excitarme, me hace desear levantarme y arruinársela.
Le guiño el ojo cuando me mira. Ella resopla y aleja su taburete del mío todo lo que puede.
Recuerdo la política de tolerancia cero de la señora Peterson y me quito la bandana, colocándomela directamente sobre la mancha. Después, me giro hacia la chica de los pompones que se sienta a mi lado.
- Tendrás que hablar conmigo en algún momento.
- ¿Para qué tu novia tenga la excusa perfecta para darme una paliza? No, gracias, Zayn. Prefiero que mi cara se quede como está.
- No tengo novia. ¿Quieres una entrevista para el puesto? -pregunto mirándola de arriba abajo, concentrándome en las partes de las que ella se vale tanto.
Hace una mueca con el labio superior pintado de rosa y me sonríe con desprecio.
- Ni muerta.
- Nena, no sabrías que hacer con tanta testosterona en tus manos.
«Eso es, Zayn. Tómale el pelo para atraer su atención. Morderá el anzuelo». Ella se aparta de mí.
- Eres asqueroso.
- ¿Y si te dijera que haríamos una pareja genial?
- Pues te diría que eres un imbécil.
Capitulo 7
Narra Zayn
Empujo al chico contra un coche que yo no me podria permitir, ya que probablemente cueste más de lo que mi madre gana en un año.
- Este es el trato, Blake -le digo-. O me pagas ahora o te rompo algo. Y no me refiero a tu jodido coche... sino a algo que lleves permanentemente adherido al cuerpo. ¿Lo pillas?
Blake, más delgado que un poste de teléfono y pálido como un fantasma, me mira como si acabara de pronunciar su sentencia de muerte. Debería habérselo pensado mejor antes de coger toda la cocaína y largarse sin pagarla.
Como si Héctor fuera a permitir que sucediera sin más. Como si yo fuera a permitirlo.
Cuando Héctor me envía a recaudar deudas, obedezco. Puede que no me guste hacerlo, pero lo hago. Él sabe que no me involucraré en el tráfico de drogas, ni destrozaré la casa de nadie, ni me mezclaré en asuntos de robos. Sin embargo, se me da bien recaudar... sobre todo, deudas. A veces me mandan a buscar directamente a personas, aunque esos son asuntos complicados, sobre todo porque sé lo que les pasará en cuanto les arrastre hasta el almacén donde tienen que dar la cara frente a Louis. Nadie quiere enfrentarse a Lou. Es mucho peor que enfrentarse a mí.
Blake debería sentirse afortunado de que haya sido yo la persona asignada para venir a buscarlo.
Decir que no vivo una vida limpia es un eufemismo. Intento no darle muchas vueltas al trabajo sucio que hago para los Latino Blood. Lo cierto es que se me da bien. Mi trabajo es asustar a la gente para que nos pague lo que nos debe. Técnicamente, mis manos están limpias de drogas. Bueno, el dinero que viene de las drogas cae en mis manos con bastante frecuencia, pero lo único que hago es dárselo a Héctor. No lo gasto, solo lo recaudo.
Eso hace que solo sea un peón, lo sé. Siempre y cuando mi familia esté a salvo, no me importa. Además, soy un buen luchador. No tenéis ni idea de la cantidad de gente que se echa a llorar ante la amenaza de romperle los huesos. Blake no es diferente de otros tíos a los que he amenazado, lo sé por el modo en que finge despreocupación pese a que sus larguiruchas manos no dejan de temblarle sin control.
Y dicho esto, puede que penséis que sería capaz de intimidar a la Peterson, pero no os equivoquéis, a esa tía no hay quien la acojone, ni con una granada en las manos.
- No tengo el dinero -espeta Blake.
- Esa respuesta no te va a servir de mucho, tío -interviene Paco, que hasta ahora se ha quedado al margen. Acompañarme le divierte mucho: cree que somos una especie de poli bueno y poli malo. Excepto que en realidad no somos una pareja de policías, sino de pandilleros, y uno de nosotros es malo y el otro aún peor.
- ¿Qué quieres que te rompa primero? -pregunto-, Seré amable y te dejaré elegir.
- Venga, Zayn, sacúdele ya y acabemos con esto de una vez -dice Paco, aburrido.
- ¡No! -grita Blake-. Lo conseguiré, os lo juro. Mañana.
Lo empujo otra vez contra el coche y presiono el antebrazo contra su garganta lo suficiente para asustarle.
- ¿Y qué, voy a fiarme de ti así, por las buenas? ¿Crees que somos idiotas? Necesito una garantía. Blake no responde. Miro el coche.
- No, el coche no, por favor, Zayn.- Saco mi arma. No voy a dispararle. No importa lo que soy ni en lo que me he convertido, jamás mataría ni dispararía a nadie. Sin embargo, eso Blake no lo sabe. Cuando ve la pistola, saca las llaves del coche.- Dios mío, no, por favor.- Le quito las llaves de la mano.
- Mañana, Blake. A las siete en punto detrás de las viejas vías en el cruce de Fourth con Vine. Ahora, lárgate de aquí -le digo, agitando el arma en el aire para que salga corriendo.
- Siempre he querido tener un coche así -dice Paco después de que Blake se haya ido.
- Es tuyo... hasta mañana -digo, lanzándole las llaves.
Empujo al chico contra un coche que yo no me podria permitir, ya que probablemente cueste más de lo que mi madre gana en un año.
- Este es el trato, Blake -le digo-. O me pagas ahora o te rompo algo. Y no me refiero a tu jodido coche... sino a algo que lleves permanentemente adherido al cuerpo. ¿Lo pillas?
Blake, más delgado que un poste de teléfono y pálido como un fantasma, me mira como si acabara de pronunciar su sentencia de muerte. Debería habérselo pensado mejor antes de coger toda la cocaína y largarse sin pagarla.
Como si Héctor fuera a permitir que sucediera sin más. Como si yo fuera a permitirlo.
Cuando Héctor me envía a recaudar deudas, obedezco. Puede que no me guste hacerlo, pero lo hago. Él sabe que no me involucraré en el tráfico de drogas, ni destrozaré la casa de nadie, ni me mezclaré en asuntos de robos. Sin embargo, se me da bien recaudar... sobre todo, deudas. A veces me mandan a buscar directamente a personas, aunque esos son asuntos complicados, sobre todo porque sé lo que les pasará en cuanto les arrastre hasta el almacén donde tienen que dar la cara frente a Louis. Nadie quiere enfrentarse a Lou. Es mucho peor que enfrentarse a mí.
Blake debería sentirse afortunado de que haya sido yo la persona asignada para venir a buscarlo.
Decir que no vivo una vida limpia es un eufemismo. Intento no darle muchas vueltas al trabajo sucio que hago para los Latino Blood. Lo cierto es que se me da bien. Mi trabajo es asustar a la gente para que nos pague lo que nos debe. Técnicamente, mis manos están limpias de drogas. Bueno, el dinero que viene de las drogas cae en mis manos con bastante frecuencia, pero lo único que hago es dárselo a Héctor. No lo gasto, solo lo recaudo.
Eso hace que solo sea un peón, lo sé. Siempre y cuando mi familia esté a salvo, no me importa. Además, soy un buen luchador. No tenéis ni idea de la cantidad de gente que se echa a llorar ante la amenaza de romperle los huesos. Blake no es diferente de otros tíos a los que he amenazado, lo sé por el modo en que finge despreocupación pese a que sus larguiruchas manos no dejan de temblarle sin control.
Y dicho esto, puede que penséis que sería capaz de intimidar a la Peterson, pero no os equivoquéis, a esa tía no hay quien la acojone, ni con una granada en las manos.
- No tengo el dinero -espeta Blake.
- Esa respuesta no te va a servir de mucho, tío -interviene Paco, que hasta ahora se ha quedado al margen. Acompañarme le divierte mucho: cree que somos una especie de poli bueno y poli malo. Excepto que en realidad no somos una pareja de policías, sino de pandilleros, y uno de nosotros es malo y el otro aún peor.
- ¿Qué quieres que te rompa primero? -pregunto-, Seré amable y te dejaré elegir.
- Venga, Zayn, sacúdele ya y acabemos con esto de una vez -dice Paco, aburrido.
- ¡No! -grita Blake-. Lo conseguiré, os lo juro. Mañana.
Lo empujo otra vez contra el coche y presiono el antebrazo contra su garganta lo suficiente para asustarle.
- ¿Y qué, voy a fiarme de ti así, por las buenas? ¿Crees que somos idiotas? Necesito una garantía. Blake no responde. Miro el coche.
- No, el coche no, por favor, Zayn.- Saco mi arma. No voy a dispararle. No importa lo que soy ni en lo que me he convertido, jamás mataría ni dispararía a nadie. Sin embargo, eso Blake no lo sabe. Cuando ve la pistola, saca las llaves del coche.- Dios mío, no, por favor.- Le quito las llaves de la mano.
- Mañana, Blake. A las siete en punto detrás de las viejas vías en el cruce de Fourth con Vine. Ahora, lárgate de aquí -le digo, agitando el arma en el aire para que salga corriendo.
- Siempre he querido tener un coche así -dice Paco después de que Blake se haya ido.
- Es tuyo... hasta mañana -digo, lanzándole las llaves.
- ¿De verdad crees que conseguirá cuatro mil libras en un solo día?
- Sí -digo con total seguridad-. Porque este coche vale mucho más de cuatro mil libras.
Cuando volvemos al almacén, pongo a Héctor al día. No le hace mucha gracia que no le hayamos traído la pasta, pero sabe que Blake conseguirá el dinero. Yo siempre cumplo con mi trabajo.
Por la noche, estoy en mi habitación y no puedo conciliar el sueño porque mi hermano Jake no deja de roncar. Por cierto, duerme tan profundamente que no parece tener inquietudes en la vida. Yo sí las tengo. No me importa amenazar a camellos de pacotilla como Blake, aunque preferiría estar luchando por cosas que verdaderamente merecen la pena.
Una semana más tarde estoy sentado en el césped del patio del instituto, almorzando junto a un árbol. La mayoría de los estudiantes de Fairfield comen fuera hasta finales de octubre, cuando el invierno de Londres les obliga a refugiarse en la cafetería a la hora de la comida. Pero aún podemos disfrutar de cada minuto de sol y de aire refrescante, lo que nos permite pasar un rato agradable en el exterior.
Mi amigo Liam, con su camiseta roja demasiado ancha y sus vaqueros negros, me da una palmada en la espalda mientras aparca el trasero a mi lado con una bandeja de la cafetería en la mano.
- ¿Listo para la siguiente clase, Zayn? Me apuesto lo que quieras a que Ashley Miori huye de ti como de la peste. Me troncho cada vez que la veo mover su taburete para alejarse todo lo que puede de ti.
- Liam -le interrumpo y, señalándome, añado-: Es una niña y no va a sacar nada de este hombre.
- Corre a decirle eso a su madre -dice Liam, riendo-. O a Matt Adams.
Me recuesto sobre el tronco del árbol y me cruzo de brazos.
- El año pasado coincidí con Adams en Educación Física. Y créeme, no tiene nada de lo que pueda alardear.
- Todavía estás cabreado con él porque el año siguiente de que le ganaras en la carrera de relevos frente a todo el instituto te destrozó la taquilla, ¿verdad?
Joder, sí, todavía estoy cabreado. Aquel incidente me costó una pasta gansa porque tuve que comprarme libros nuevos.
- Eso es agua pasada -le digo a Liam, manteniendo la fría apariencia de siempre.
- Pues tu amiguito está sentado justo allí, con la tía buena de su novia.
Me basta una sola mirada a la señorita Perfecta para que se dispare todo mi sistema de alarma. Cree que soy un drogata. Todos los días tengo que superar el temor de lidiar con ella en clase de química.
- Esa chica tiene la cabeza llena de pájaros, tío -añado.
- He oído que esa petarda te ha faltado el respeto delante de los suyos -dice un tío llamado Pedro mientras él y un grupo de chicos toman asiento junto a nosotros con sus bandejas de la cafetería o la comida que han traído de casa.
Niego con la cabeza, preguntándome lo que habrá dicho Ash de mí y qué medidas deberé de tomar para tenerlo todo bajo control.
- Tal vez me desee y no conozca otra manera de llamar mi atención.
Liam ríe con tanta fuerza que todos los que están a pocos metros de nosotros nos miran.
- Ni de coña, Ashley Miori no se acercaría a menos de sesenta metros de ti por voluntad propia, así que ni hablemos de salir contigo, colega -dice-. ¿Te acuerdas de la bufanda que llevaba la semana pasada? Pues puede que esa prenda cueste tanto como todo lo que hay en tu casa.
La bufanda. Como si los pantalones y la camiseta de diseño que lleva no fueran lo suficientemente modernos, se pone esa bufanda, puede que para alardear de lo rica e intocable que es. Seguro que es toda una profesional eligiendo el tono exacto para que encaje con sus ojos de color zafiro.
- Joder, te apuesto mi RX-7 a que no eres capaz de conseguir sus bragas antes de las vacaciones de Navidad -me desafía Liam, interrumpiendo mis perversos pensamientos.
- ¿Quién querría hacer algo así? -digo.-Puede que también sean de diseño y lleven sus iniciales bordadas en la parte delantera.
- Todos los tíos del instituto.
No hacía falta recalcar lo que ya es evidente.
- Es una niña pija.
No salgo con nenas pijas, ni nenas malcriadas, ni tampoco con niñatas cuya idea del trabajo duro es pintarse sus uñas de un color diferente cada día para que peguen con el conjunto que llevan puesto. Saco un cigarrillo del bolsillo y lo enciendo, haciendo caso omiso de la política del centro que prohíbe fumar en el recinto del instituto. Últimamente he fumado un montón. Paco me lo hizo notar anoche cuando salimos a dar una vuelta.
- ¿Y qué pasa si es pija? Vamos, Zayn. No seas idiota. Mírala.
Echo un vistazo. Tengo que admitir que está buena. Tiene el pelo largo y brillante, una nariz aristocrática, los brazos ligeramente bronceados y algo musculados en los bíceps (me preguntó si hará ejercicio). Y unos labios carnosos que cuando sonríen te hacen pensar que la paz mundial sería posible si todo el mundo sonriera como ella.
Aparto esas ideas de mi mente. ¿Y qué pasa si está buena? Es una petarda de primera.
- Demasiado flaca -espeto.
- Te gusta -dice Liam, recostándose sobre la hierba-. Pero sabes que, como el resto de chicos de la zona sur, nunca podrás tenerla.
Hay algo en mí interior que se enciende. Llamémoslo mecanismo de defensa. Llamémoslo prepotencia. Antes de que pueda desconectarlo, digo:
- En dos meses habré catado a esa chica. Si de verdad quieres apostar tu RX-7, acepto.
- Sí -digo con total seguridad-. Porque este coche vale mucho más de cuatro mil libras.
Cuando volvemos al almacén, pongo a Héctor al día. No le hace mucha gracia que no le hayamos traído la pasta, pero sabe que Blake conseguirá el dinero. Yo siempre cumplo con mi trabajo.
Por la noche, estoy en mi habitación y no puedo conciliar el sueño porque mi hermano Jake no deja de roncar. Por cierto, duerme tan profundamente que no parece tener inquietudes en la vida. Yo sí las tengo. No me importa amenazar a camellos de pacotilla como Blake, aunque preferiría estar luchando por cosas que verdaderamente merecen la pena.
Una semana más tarde estoy sentado en el césped del patio del instituto, almorzando junto a un árbol. La mayoría de los estudiantes de Fairfield comen fuera hasta finales de octubre, cuando el invierno de Londres les obliga a refugiarse en la cafetería a la hora de la comida. Pero aún podemos disfrutar de cada minuto de sol y de aire refrescante, lo que nos permite pasar un rato agradable en el exterior.
Mi amigo Liam, con su camiseta roja demasiado ancha y sus vaqueros negros, me da una palmada en la espalda mientras aparca el trasero a mi lado con una bandeja de la cafetería en la mano.
- ¿Listo para la siguiente clase, Zayn? Me apuesto lo que quieras a que Ashley Miori huye de ti como de la peste. Me troncho cada vez que la veo mover su taburete para alejarse todo lo que puede de ti.
- Liam -le interrumpo y, señalándome, añado-: Es una niña y no va a sacar nada de este hombre.
- Corre a decirle eso a su madre -dice Liam, riendo-. O a Matt Adams.
Me recuesto sobre el tronco del árbol y me cruzo de brazos.
- El año pasado coincidí con Adams en Educación Física. Y créeme, no tiene nada de lo que pueda alardear.
- Todavía estás cabreado con él porque el año siguiente de que le ganaras en la carrera de relevos frente a todo el instituto te destrozó la taquilla, ¿verdad?
Joder, sí, todavía estoy cabreado. Aquel incidente me costó una pasta gansa porque tuve que comprarme libros nuevos.
- Eso es agua pasada -le digo a Liam, manteniendo la fría apariencia de siempre.
- Pues tu amiguito está sentado justo allí, con la tía buena de su novia.
Me basta una sola mirada a la señorita Perfecta para que se dispare todo mi sistema de alarma. Cree que soy un drogata. Todos los días tengo que superar el temor de lidiar con ella en clase de química.
- Esa chica tiene la cabeza llena de pájaros, tío -añado.
- He oído que esa petarda te ha faltado el respeto delante de los suyos -dice un tío llamado Pedro mientras él y un grupo de chicos toman asiento junto a nosotros con sus bandejas de la cafetería o la comida que han traído de casa.
Niego con la cabeza, preguntándome lo que habrá dicho Ash de mí y qué medidas deberé de tomar para tenerlo todo bajo control.
- Tal vez me desee y no conozca otra manera de llamar mi atención.
Liam ríe con tanta fuerza que todos los que están a pocos metros de nosotros nos miran.
- Ni de coña, Ashley Miori no se acercaría a menos de sesenta metros de ti por voluntad propia, así que ni hablemos de salir contigo, colega -dice-. ¿Te acuerdas de la bufanda que llevaba la semana pasada? Pues puede que esa prenda cueste tanto como todo lo que hay en tu casa.
La bufanda. Como si los pantalones y la camiseta de diseño que lleva no fueran lo suficientemente modernos, se pone esa bufanda, puede que para alardear de lo rica e intocable que es. Seguro que es toda una profesional eligiendo el tono exacto para que encaje con sus ojos de color zafiro.
- Joder, te apuesto mi RX-7 a que no eres capaz de conseguir sus bragas antes de las vacaciones de Navidad -me desafía Liam, interrumpiendo mis perversos pensamientos.
- ¿Quién querría hacer algo así? -digo.-Puede que también sean de diseño y lleven sus iniciales bordadas en la parte delantera.
- Todos los tíos del instituto.
No hacía falta recalcar lo que ya es evidente.
- Es una niña pija.
No salgo con nenas pijas, ni nenas malcriadas, ni tampoco con niñatas cuya idea del trabajo duro es pintarse sus uñas de un color diferente cada día para que peguen con el conjunto que llevan puesto. Saco un cigarrillo del bolsillo y lo enciendo, haciendo caso omiso de la política del centro que prohíbe fumar en el recinto del instituto. Últimamente he fumado un montón. Paco me lo hizo notar anoche cuando salimos a dar una vuelta.
- ¿Y qué pasa si es pija? Vamos, Zayn. No seas idiota. Mírala.
Echo un vistazo. Tengo que admitir que está buena. Tiene el pelo largo y brillante, una nariz aristocrática, los brazos ligeramente bronceados y algo musculados en los bíceps (me preguntó si hará ejercicio). Y unos labios carnosos que cuando sonríen te hacen pensar que la paz mundial sería posible si todo el mundo sonriera como ella.
Aparto esas ideas de mi mente. ¿Y qué pasa si está buena? Es una petarda de primera.
- Demasiado flaca -espeto.
- Te gusta -dice Liam, recostándose sobre la hierba-. Pero sabes que, como el resto de chicos de la zona sur, nunca podrás tenerla.
Hay algo en mí interior que se enciende. Llamémoslo mecanismo de defensa. Llamémoslo prepotencia. Antes de que pueda desconectarlo, digo:
- En dos meses habré catado a esa chica. Si de verdad quieres apostar tu RX-7, acepto.
lunes, 24 de diciembre de 2012
Capitulo 6
Narra Ashley
Estoy junto a mi casillero, después de clase, cuando veo que se acercan mis
amigas Morgan, Mandy y Megan. Sierra las llama El Factor Triple M de
Fairfield. Morgan me da un abrazo.
- Ay madre, ¿estás bien? -pregunta, apartándose un poco y mirándome
detenidamente.
- Dicen que Matt te protegió. Qué valiente es. Tienes mucha suerte, Ash
-añade Mandy, haciendo rebotar sus exclusivos rizos con cada palabra.
- No ha sido para tanto -digo, preguntándome qué diferencias habrá entre el
rumor que circula y lo que sucedió en realidad.
- ¿Qué dijo Zayn exactamente? -pregunta Megan-. Caitlin les hizo a Zayn y a
Matt una foto con el móvil, cuando estaban en el pasillo, pero no pude ver
bien lo que estaba pasando.
- Será mejor que os deis prisa si no quereis llegar tarde al entrenamiento
chicas -grita Darlene desde el fondo del pasillo. Desaparece tan repentinamente
como han aparecido. Megan abre su casillero, que está al lado del mío, y saca
sus pompones.
- Me saca de quicio que Darlene le bese el trasero a la señora Small -masculla.
Cierro el casillero y me dirijo hacia el campo de entrenamiento.
- Creo que intenta concentrarse en el baile para no obsesionarse con el hecho
de que Tyler haya regresado a la universidad.
- Sí, claro. Yo ni siquiera tengo novio, así que no cuenta con mi comprensión
-dice Morgan, haciendo una mueca.
- Ni con la mía tampoco. Venga, en serio, ¿alguna vez no ha tenido novio?
-pregunta Mandy.
Cuando llegamos al campo de entrenamiento, todo el equipo está sentado sobre el
césped, esperando a la señora Small. Uf, menos mal que no llegamos tarde.
- Todavía no puedo creer que te hayan puesto con Zayn Malik -dice Darlene en
voz baja cuando encuentro un sitio libre a su lado.
- ¿Quieres cambiar de compañero? -pregunto, aunque sé que la señora Peterson
nunca daría su aprobación. Lo ha dejado bien claro.
Darlene saca la lengua en un gesto de asco y me susurra:
- Ni de broma. No quiero tener nada que ver con los de la zona sur. Mezclarte
con esa gente solo trae problemas. Acuérdate del año pasado, cuando Alyssa
McDaniel salió con uno de esos tipos... ¿Cómo se llamaba?
- ¿Jason Martin? -añado en voz baja.
Darlene se estremece al escuchar el nombre.
- En cuestión de semanas Alyssa pasó de ser popular a convertirse en una marginada. Las chicas de la zona sur le cogieron manía por salir con uno de sus chicos, y al final,
también dejó de salir con nosotras. La estrafalaria parejita se quedó
completamente aislada. Por suerte, Alyssa rompió con él.
La señora Small camina hacia nosotras con su reproductor de CD, protestando
porque alguien lo había cambiado de sitio y que por eso llega tarde.
Cuando la señora Small nos pide hacer estiramientos, Sierra asoma la cabeza por
encima de Darlene para poder hablar conmigo.
- Estás metida en un buen lío -anuncia Sierra.
- ¿Por qué?
Sierra posee una visión y un oído fuera de lo común: se entera de todo lo que
ocurre en Fairfield.
- Se rumorea que Madison te está buscando -dice mi mejor amiga.
Oh, no. Madison es la novia de Zayn. Intento mantener la calma y no pensar en lo
peor, pero Madison es dura de pelar, lo dice su aspecto, desde sus uñas pintadas
de rojo hasta sus botas negras de tacón de aguja. ¿Está celosa porque soy la
compañera de laboratorio de Zayn? ¿O creerá que acusé a Zayn con el director?
La verdad es que no he tenido nada que ver con el asunto. Me han citado en el
despacho de Brannan porque alguien ha sido testigo del incidente en el
aparcamiento y de la discusión en la escalera del instituto y ha ido a
contárselo al director. Lo cual ha sido una estupidez porque no ha ocurrido
nada. Brannan no me ha creído. Habrá pensado que estaba demasiado asustada para
contarle la verdad. Aunque en aquel momento no lo estaba.
Pero ahora sí. Madison puede acabar conmigo en cuanto se lo proponga. Probablemente
sepa manejar armas, y la única arma que yo sé utilizar son mis pompones.
Llamarme loca si queréis, pero dudo que mis pompones puedan ahuyentar a una
chica como Madison. Podría hacer una buena demostración si se tratara de una justa verbal, pero no creo que sea un recurso apreciado en una pelea callejera. Los chicos se pelean debido a algún gen primitivo e innato que les lleva a ponerse a
prueba físicamente. Quizás Madison tenga algo que demostrarme, aunque, créanme, no es necesario. No represento ninguna amenaza. Pero ¿cómo se lo hago saber? No es que pueda
acercarme a ella como si tal cosa y decirle: «Eh, Madison, no voy a insinuarme a
tu novio ni tampoco he sido yo quien le acuso con el director Brannan». Aunque, ¿quién sabe?, puede que funcione.
La mayoría de la gente piensa que no hay nada que me perturbe. Tampoco quiero hacerles
creer lo contrario. He sudado la gota gorda para mantener esta fachada, y no
estoy dispuesta a perderla porque un pandillero y su novia quieren ponerme a
prueba.
- No me preocupa -contesto a Sierra.
- Te conozco, Ash. Estás nerviosa -susurra ella, negando con la cabeza.
Esa afirmación me pone más nerviosa que la idea de que Madison esté buscándome.
Porque me esfuerzo mucho para guardar las distancias con todos... no quiero que
sepan realmente cómo soy o lo que es vivir en mi casa. Sin embargo, he dejado
que Sierra sepa más de mí que ninguna otra persona. A veces me pregunto si no
debería alejarme un poco en nuestra relación, asegurándome así de mantener una
distancia prudencial.
Lógicamente, sé que estoy paranoica. Sierra es una amiga de verdad, estuvo
junto a mí incluso cuando el año pasado me puse a llorar por la crisis nerviosa
que sufrió mi madre, aunque nunca le conté la razón. Me permitió llorar en su
hombro, incluso cuando me negué a contarle los detalles.
No quiero acabar como mi madre. Eso es lo que más temo en la vida.
La señora Small nos hace colocarnos en posición, después hace sonar la canción
que el departamento de música ha creado para nuestro equipo mientras empiezo a
contar hacia atrás. Es una combinación de rap y hip-hop, especialmente mezclada
para que encaje con nuestro número, que hemos titulado «Big Bad Bulldogs»
porque nuestra mascota es un bulldog.
Mi cuerpo se mueve al ritmo de la música. Es lo que más me gusta del hecho de formar parte del equipo. La música tira de mí y me hace olvidar todos los problemas que me esperan en casa. La música es mi droga, lo único que me hace alucinar.
- Señora Small, ¿podemos intentar la posición de Media T para el inicio en
lugar de la posición T, como hemos hecho hasta ahora? -sugiero-. Después,
cambiamos a la combinación de V Baja y V Alta con Morgan, Isabel y Caitlin
moviéndose hacia la parte delantera. Creo que así quedará más limpio.
La señora Small sonríe. Es evidente que le gusta mi sugerencia.
- Buena idea, Ashley. Vamos a intentarlo. Empezaremos por la posición Media
T, con los codos flexionados. Durante la transición quiero a Morgan, Isabel y
Caitlin en la fila de delante. Recuerden que deben mantener los hombros abajo. Sierra, por
favor, haz que tus muñecas sean la extensión de tus brazos en lugar de
flexionarlas.- Sí, señora -contesta Sierra detrás de mí.
La señora Small pone de nuevo la canción. El ritmo, la letra, los
instrumentos... es una mezcla que se cuela en mi interior y me levanta el ánimo
sin importar lo bajo que lo tenga. A medida que bailo con el resto del equipo,
en una coordinación perfecta, me olvido de Carmen y de Zayn, de mi madre y de
todo lo demás.
La canción acaba demasiado pronto. Aún deseo moverme al ritmo de la letra
cuando la señora Small apaga el reproductor de CD. El segundo ensayo queda
mejor, pero nuestra formación requiere mucho trabajo y a algunas de las chicas
nuevas les cuesta mucho lograr los pasos.
- Ashley, enseña a las nuevas los pasos básicos y volveremos entonces a
intentarlo en grupo. Darlene, lidera al resto del equipo para repasar la
coreografía -ordena la señora Small mientras me pasa el reproductor.
Isabel está en mi grupo. Se agacha para darle un sorbo a su botella de agua.
- No te preocupes por Madisonn -dice-. Perro que ladra no muerde
- Gracias -le digo.
Isabel parece una chica dura, con la bandana roja de los Latino Blood, los tres
pendientes en la ceja y las manos plegadas sobre el pecho cuando no estamos
haciendo ningún número. No obstante, su mirada desprende bondad. Y sonríe
mucho. Su sonrisa suaviza su apariencia, y estoy segura de que estaría preciosa
si se pusiera un lazo rosa en el pelo en lugar de llevar esa condenada bandana
roja.
- Estás en mi clase de química, ¿verdad? -le pregunto.
Ella asiente con la cabeza.
- ¿Conoces a Zayn Malik?
Asiente de nuevo.
- ¿Son ciertos los rumores que circulan sobre él? -pregunto con cuidado porque
no sé cómo puede reaccionar ante mi curiosidad. Si no me ando con cuidado,
acabaré teniendo una lista enorme de personas que quieren ir a por mí.
La larga y morena melena de Isabel se mueve de un lado a otro mientras
contesta:
- Depende de los rumores a los que te refieras.
Cuando estoy a punto de recitar la lista de rumores sobre el consumo de drogas
y los arrestos policiales, Isabel se pone en pie.
- Escucha, Ash -dice-. Tú y yo nunca seremos amigas. Pero tengo que decirte
que, pese a comportarse como un estúpido contigo, Zayn no es tan malo como se
rumorea. Ni siquiera es tan malo como cree que es.
Antes de que pueda hacer otra pregunta, Isabel vuelve a colocarse en formación.
Una hora y media más tarde, cuando todas, incluso yo, estamos agotadas e
irritables, nos dan permiso para acabar la práctica. Decido acercarme a una
sudorosa Isabel y decirle lo bien que lo ha hecho en el número de hoy.
- ¿En serio? -pregunta, sorprendida.
- Aprendes muy rápido -contesto. Es verdad. Para ser una chica que no ha cogido
un pompón en los tres primeros años de instituto, ha sacado muy rápido los
pasos de la coreografía-. Por eso te hemos puesto en la primera fila.
Mientras observo a Isabel, que se ha quedado boquiabierta de la emoción, me
pregunto si cree en todos los rumores que habrá oído sobre mí. No, nunca
seremos amigas. Pero tampoco puedo decir que vayamos a ser enemigas para
siempre.
Después de la práctica, voy de camino al coche con Sierra, que está mandando un
mensaje a su novio, Doug. Hay un trozo de papel bajo uno de los
limpiaparabrisas. Lo saco y veo que es la papeleta azul de castigo de Zayn. Lo
estrujo y lo meto en mi mochila.
- ¿Qué es eso? -pregunta Sierra.
- Nada -digo, esperando que capte por mi tono de voz que no me apetece hablar
del tema.
- ¡Chicas, esperad! -grita Darlene, quien se acerca corriendo hacia nosotras-.
He visto a Matt en el campo de fútbol. Me ha dicho que lo esperes.
Miro el reloj. Son casi las seis y quiero llegar pronto a casa para ayudar a
Baghda a hacerle la cena a mi hermana.
- No puedo.
- Doug me ha contestado -dice Sierra-. Nos invita a una pizza en su casa.
- Yo puedo -dice Darlene-. Me aburro un montón ahora que Tyler ha vuelto a
Cambridge y puede que no le vea en semanas.
- Pensaba que ibas a verlo el próximo fin de semana -dice Sierra que está
escribiendo un nuevo mensaje.
Darlene se queda allí plantada, con los brazos en la cintura
- Bueno, así era hasta que me llamó y me dijo que todos los novatos tienen que pasar la noche en la residencia para no sé qué loca iniciación. No me importa, siempre que el pene de Tyler quede intacto cuando todo eso acabe.
Al escuchar la palabra «pene», busco las llaves en el bolso. Cuando Darlene se
pone a hablar de penes y sexo, es mejor retirarse porque no hay quien la pare.
Y ya que no suelo compartir mis experiencias sexuales (o la inexistencia de
ellas) con nadie, me largo de allí.
Es el momento perfecto para escapar. Mientras jugueteo con las llaves entre los dedos, Sierra me dice que Doug la acompaña, de modo que haré sola el trayecto hasta casa. Me gusta estar sola,
así no tengo que representar el papel ante nadie. Puedo poner la música a todo
volumen si me apetece.Sin embargo, no dura mucho el momento de diversión, que me brinda la música
porque me doy cuenta de que mi celular está vibrando. Lo saco del bolso. Hay
dos mensajes de voz y uno de texto. Todos de Matt.
Lo llamo a su móvil.
- Ash, ¿dónde estás? -me pregunta.
- De camino a casa.
- Ven a casa de Doug.
- Mi hermana tiene una nueva cuidadora -le explico-. Tengo que echarle una
mano.
- ¿Todavía estás enojada porque he amenazado al Latino Blood que tienes por compañero de laboratorio?
- Estoy algo molesta. Te he dicho que podía arreglármelas sola y no me has
hecho ni caso. Además, has montado toda una escena en el pasillo. Ya sabes que
no pedí que me lo asignaran como compañero -le digo a Matt.
- Lo sé, Ash. Es que detesto a ese tipo. No te enfades.
- No estoy enfadada -aclaro-. Pero no soporto ver que te pones así sin motivo.
- Y yo no soporto ver a ese susurrándote al oído.
Intuyo que va a empezarme a doler la cabeza, una migraña de las buenas. No
necesito que Matt haga una escena cada vez que un chico me habla. Hasta ahora
nunca lo había hecho, y con ello solamente consigue que quede más vulnerable a los chismes y murmuraciones, algo que no quiero que ocurra.
- Olvidemos lo que ha pasado.
- Por mí bien. Llámame esta noche -dice-. Pero si puedes terminar antes y venir
a casa de Doug, estaré allí.
pero basta con mirarla una sola vez para saber que no me ha escuchando.
- Tu madre ha dicho que podía marcharme cuando llegaras a casa -me dice.
- Está bien -respondo mientras me lavo las manos. Antes de que pueda darme
cuenta, Baghda ha desaparecido cual Houdini.
Llevo a Shelley a la cocina en su silla de ruedas, pero cuando llegamos veo que
lo que normalmente es una cocina impecable está patas arriba. Baghda no ha
fregado los platos, apilados en el fregadero, y tampoco se ha toma la molestia
de hacer una tarea tan difícil como fregar suelo después del arrebato de
Shelley con el yogur.
Preparo la cena de mi hermana y limpio todo el estropicio.
Shelley dice lentamente la palabra «cole», aunque realidad ha sonado más a
«ole», pero sé a lo que se refiere
- Sí, el primer día otra vez -digo mientras mezclo bien su comida y la dejo
sobre la mesa. Le meto una cuchara de comida triturada en la boca mientras
continúo hablando-. Y a mi profesora de química, la señora Peterson, se le
daría genial ser monitora en un campamento militar. He leído detenidamente el
programa de estudios. No hay una semana en la que no haya programado un examen
o alguna prueba. Este año no va a ser nada fácil.
Mi hermana me mira, intentando descifrar lo que le estoy contando. Su expresión
de concentración me dice que me apoya y me entiende aunque no pueda expresarlo
con palabras. Porque cada palabra que sale de su boca es todo un suplicio. A
veces me gustaría decirlo por ella, porque siento su desesperación como si
fuera la mía propia.
- ¿No te ha gustado Baghda? -pregunto con dulzura.
Mi hermana niega con la cabeza. Y no le apetece hablar de ello, lo sé por la
manera en la que se le tensan los labios.
- Ten paciencia -digo-. No es fácil llegar a una casa nueva y no saber qué
hacer.
Cuando Shelley termina de comer, le traigo las revistas para que pueda echarles
un vistazo. A mi hermana le encantan las revistas. Mientras se entretiene
hojeándolas, me hago un bocadillo de queso y me siento en la mesa para ponerme
con los deberes mientras como.
Oigo que se abre la puerta del garaje justo en el momento en el que saco la
hoja de papel que la señora Peterson me ha dado para escribir la redacción
sobre el respeto.
- Ashley, ¿dónde estás? -grita mi madre desde el vestíbulo.
- En la cocina -respondo yo.
Mi madre entra desenfadadamente en la cocina con una bolsa de la tienda Neiman
Marcus colgada del brazo.
-Toma, esto es para ti.
Cojo la bolsa y saco una camiseta azul claro del diseñador Geren Ford.
-Gracias -digo, intentando no darle mucha importancia frente a Shelley, quien
nunca recibe un regalo de mi madre. Aunque tampoco le importa. Está demasiado
absorta mirando las fotos de las famosas mejor y peor vestidas, y de su
brillante bisutería.
-Pega muy bien con esos vaqueros negros que te compré la semana pasada -añade
mientras saca del congelador unos filetes y empieza a descongelarlos en el
microondas-. Dime... ¿cómo le iba a Baghda cuando llegaste a casa?
- No muy bien -digo-. Tienes que enseñarle a hacer las cosas.
No me extraña que mi madre no responda. Mi padre entra por la puerta de la
cocina un minuto después, quejándose del trabajo. Es el dueño de una empresa de
producción de circuitos integrados y ya nos ha explicado que este es un año
flojo, y pese a ello, mi madre sigue saliendo y comprando de todo, y mi padre
me ha regalado un BMW por mi cumpleaños.
- ¿Qué hay para cenar? -pregunta mi padre mientras se afloja la corbata. Parece
cansado, como de costumbre.
- Filetes -contesta mi madre sin apartar la vista del microondas.
- No me apetece una cena pesada -dice él-. Solo algo ligero.
-¿Huevos? ¿Espagueti? -resopla mi madre, apagando el microondas y enumerando
sugerencias a oídos sordos.
Mi padre sale de la cocina. Incluso cuando está aquí físicamente, sé que su
mente sigue en el trabajo.
- Me da igual, pero que sea ligero -vocea.
Es en momentos como estos cuando siento lástima por mi madre. Mi padre no le
presta mucha atención. Cuando no está trabajando, está de viaje de negocios o
simplemente no le apetece estar con nosotras.
- Haré una ensalada -digo mientras saco la lechuga del frigorífico.
Por su sonrisa, diría que mi madre agradece la ayuda, preparamos la cena
juntas, pero en silencio. Pongo la mesa mientras mi madre trae la ensalada,
unos huevos revueltos y pan tostado. Masculla algo sobre no ser valorada; supongo
que quiere que la oiga pero que no haga ningún comentario al respecto. Shelley
sigue absorta en sus revistas, ignorante de la tensión que hay entre nuestros
padres.
- El viernes me voy a China y estaré allí dos semanas -anuncia mi padre al
regresar a la cocina en pantalones de pijama y camiseta. Se desploma sobre su
asiento, el que preside la mesa, y se sirve algo de huevos revueltos en el
plato-. Nuestro distribuidor de allí está repartiendo material defectuoso y
tengo que averiguar la cantidad.
- ¿Y la boda de DeMaio? Es este fin de semana y ya hemos confirmado nuestra
asistencia.
Mi padre deja caer el tenedor y mira a mi madre.
- Sí, estoy seguro de que la boda del hijo de los DeMaio es más importante que
mantener a flote mi negocio.
- Bill, yo no he insinuado que tu negocio sea menos importante -rebate mi
madre, dejando también caer el tenedor sobre el plato. Es increíble que no tengamos
todos los platos despostillados-. No obstante me parece una grosería cancelar
ese tipo de cosas en el último momento.
- Puedes ir tú sola.
- ¿Y qué la gente empiece a cuchichear sobre la razón por la que no me has
acompañado? No, gracias.
Esta es la típica conversación durante la cena de los Miori. Mi padre hablando
sobre lo duro que es su trabajo, mi madre intentando fingir que somos una
familia feliz y Shelley y yo manteniéndonos al margen de todo.
- ¿Cómo te ha ido el instituto? -pregunta finalmente mi madre.
- Bien -respondo, omitiendo el hecho de que me hayan puesto a Zayn de
compañero-. Tengo una profesora de química muy dura.
- No tendrías que haber escogido química -interviene mi padre-. Si no consigues
un sobresaliente, tu nota media se vendrá abajo. Es muy difícil entrar en una
universidad como Oxford, y no van a levantar un dedo solo porque sea mi
alma máter.
- Lo entiendo, papá -digo, terriblemente deprimida. Si Zayn no se toma en serio
nuestro proyecto, ¿cómo voy a sacar un sobresaliente?
- La nueva cuidadora de Shelley ha empezado hoy -le informa mi madre-. ¿Te
acuerdas?
Mi padre se encoge de hombros porque cuando la última cuidadora se marchó, él
insistió en que Shelley debería vivir en algún tipo de residencia en lugar de
en casa. No recuerdo haber gritado más en mi vida de cómo lo hice entonces,
porque nunca permitiré que manden a Shelley a un lugar donde la descuiden y no
la comprendan. Yo tengo que estar pendiente de ella. Esa es la razón por la que
entrar en Oxford es tan importante. Si estoy cerca de casa, puedo vivir
aquí y asegurarme de que mis padres no la ingresen en un centro.
A las nueve llama Megan para quejarse sobre Darlene. Opina que ha cambiado
durante el verano y ahora se lo tiene creído por estar saliendo con un
universitario. A las nueve y media llama Darlene para decirme que sospecha que
Megan está celosa porque sale con un universitario. A las nueve y cuarenta y
cinco llama Sierra diciéndome que ha hablado con Megan y Darlene y que no
quiere entrometerse. Yo estoy de acuerdo con ella, aunque creo que ya es
demasiado tarde.
Son las once menos cuarto cuando por fin termino mi redacción sobre el respeto para la
señora Peterson y puedo ayudar a mi madre a acostar a Shelley. Estoy tan
cansada, siento que no puedo ni mantener levantada la cabeza. Cuando me
acuesto, después de haberme puesto el pijama, marco el número de Matt.
-Hola, guapa -dice-. ¿Qué haces?
-No mucho. Estoy en la cama. ¿ Te divertiste en casa de Doug?
- No tanto como lo habría hecho si hubieras estado.
- ¿A qué hora has vuelto?
- Hace una hora. Me alegro de que hayas llamado.
Tiro de mi enorme edredón rosa hasta la barbilla y hundo la cabeza en mi mullida almohada.
- ¿De verdad? -le pregunto, esperando un cumplido, y con un tono de voz
cariñoso, aniñado-: ¿Por qué?
Hace mucho tiempo que Matt no me dice que me quiere. Ya sé que no es la
persona más cariñosa del mundo. Mi padre tampoco lo es. Pero es algo que
necesito oír de Matt. Quiero que me diga que me quiere, que me echa de menos,
que soy la chica de sus sueños.
Matt carraspea antes de decirme:
- Nunca hemos tenido sexo telefónico.
Esta bien, esas no son las palabras que esperaba. No debería sentirme ni
decepcionada ni sorprendida. Él es un adolescente y soy consciente de que los
chicos solo piensan en el sexo y en divertirse. Esta tarde, cuando leí la nota
de Zayn en la que hablaba de tener sexo duro, me esforcé por ignorar la extraña
sensación que se me instaló en la boca del estómago. Lo que él no sabe es que
soy virgen. Matt y yo nunca hemos mantenido relaciones sexuales. Ni telefónicas ni reales.
Estuvimos a punto de hacerlo en abril del año pasado, en la playa, detrás de la
casa de Sierra, pero me eché atrás. No estaba preparada.
- ¿Sexo telefónico?
- Sí. Tócate, Ash. Y después me dices lo que estás haciendo. Eso me pone un
montón.
- Y mientras me toco, ¿qué vas a hacer tú? -pregunto.
- Pelarme la banana. ¿Qué crees que voy a hacer, los deberes?
Me río. Es más una risa nerviosa porque no nos hemos visto mucho los dos
últimos meses. Tampoco hemos hablado demasiado, y ahora quiere que en un solo
día pasemos del «Me alegro de verte después de todo un verano separados» al
«Tócate mientras me pelo la banana». Tengo la sensación de estar en medio de
una canción de reggaetón.
- Vamos, Ash -me dice Matt-. Piensa que es una práctica antes de que lo
hagamos de verdad. Quítate la camiseta y tócate.
- Matt...-digo.
- ¿Qué?
- Lo siento, pero no me apetece. Al menos, ahora no.
- ¿Estás segura?
- Sí. ¿Estás enfadado?
- No -dice-. Pensé que sería divertido darle un toque picante a nuestra
relación.
- No sabía que te aburrieras.
- Las clases... el entrenamiento de fútbol... los mismos sitios a los que
vamos. Supongo que después de un verano lejos de aquí ahora me agobia la misma
rutina. Me he pasado las vacaciones haciendo esquí acuático, piruetas con tabla
de surf y deportes de motor fuera de pista. Son cosas que hacen que se te
acelere el corazón y la sangre te circule muy rápido, ¿sabes? Es un puro
subidón de adrenalina.
- Suena genial.
- Lo fue,Ash.
- Sí.
- Y estoy preparado para ese subidón de adrenalina... contigo.
Estoy junto a mi casillero, después de clase, cuando veo que se acercan mis
amigas Morgan, Mandy y Megan. Sierra las llama El Factor Triple M de
Fairfield. Morgan me da un abrazo.
- Ay madre, ¿estás bien? -pregunta, apartándose un poco y mirándome
detenidamente.
- Dicen que Matt te protegió. Qué valiente es. Tienes mucha suerte, Ash
-añade Mandy, haciendo rebotar sus exclusivos rizos con cada palabra.
- No ha sido para tanto -digo, preguntándome qué diferencias habrá entre el
rumor que circula y lo que sucedió en realidad.
- ¿Qué dijo Zayn exactamente? -pregunta Megan-. Caitlin les hizo a Zayn y a
Matt una foto con el móvil, cuando estaban en el pasillo, pero no pude ver
bien lo que estaba pasando.
- Será mejor que os deis prisa si no quereis llegar tarde al entrenamiento
chicas -grita Darlene desde el fondo del pasillo. Desaparece tan repentinamente
como han aparecido. Megan abre su casillero, que está al lado del mío, y saca
sus pompones.
- Me saca de quicio que Darlene le bese el trasero a la señora Small -masculla.
Cierro el casillero y me dirijo hacia el campo de entrenamiento.
- Creo que intenta concentrarse en el baile para no obsesionarse con el hecho
de que Tyler haya regresado a la universidad.
- Sí, claro. Yo ni siquiera tengo novio, así que no cuenta con mi comprensión
-dice Morgan, haciendo una mueca.
- Ni con la mía tampoco. Venga, en serio, ¿alguna vez no ha tenido novio?
-pregunta Mandy.
Cuando llegamos al campo de entrenamiento, todo el equipo está sentado sobre el
césped, esperando a la señora Small. Uf, menos mal que no llegamos tarde.
- Todavía no puedo creer que te hayan puesto con Zayn Malik -dice Darlene en
voz baja cuando encuentro un sitio libre a su lado.
- ¿Quieres cambiar de compañero? -pregunto, aunque sé que la señora Peterson
nunca daría su aprobación. Lo ha dejado bien claro.
Darlene saca la lengua en un gesto de asco y me susurra:
- Ni de broma. No quiero tener nada que ver con los de la zona sur. Mezclarte
con esa gente solo trae problemas. Acuérdate del año pasado, cuando Alyssa
McDaniel salió con uno de esos tipos... ¿Cómo se llamaba?
- ¿Jason Martin? -añado en voz baja.
Darlene se estremece al escuchar el nombre.
- En cuestión de semanas Alyssa pasó de ser popular a convertirse en una marginada. Las chicas de la zona sur le cogieron manía por salir con uno de sus chicos, y al final,
también dejó de salir con nosotras. La estrafalaria parejita se quedó
completamente aislada. Por suerte, Alyssa rompió con él.
La señora Small camina hacia nosotras con su reproductor de CD, protestando
porque alguien lo había cambiado de sitio y que por eso llega tarde.
Cuando la señora Small nos pide hacer estiramientos, Sierra asoma la cabeza por
encima de Darlene para poder hablar conmigo.
- Estás metida en un buen lío -anuncia Sierra.
- ¿Por qué?
Sierra posee una visión y un oído fuera de lo común: se entera de todo lo que
ocurre en Fairfield.
- Se rumorea que Madison te está buscando -dice mi mejor amiga.
Oh, no. Madison es la novia de Zayn. Intento mantener la calma y no pensar en lo
peor, pero Madison es dura de pelar, lo dice su aspecto, desde sus uñas pintadas
de rojo hasta sus botas negras de tacón de aguja. ¿Está celosa porque soy la
compañera de laboratorio de Zayn? ¿O creerá que acusé a Zayn con el director?
La verdad es que no he tenido nada que ver con el asunto. Me han citado en el
despacho de Brannan porque alguien ha sido testigo del incidente en el
aparcamiento y de la discusión en la escalera del instituto y ha ido a
contárselo al director. Lo cual ha sido una estupidez porque no ha ocurrido
nada. Brannan no me ha creído. Habrá pensado que estaba demasiado asustada para
contarle la verdad. Aunque en aquel momento no lo estaba.
Pero ahora sí. Madison puede acabar conmigo en cuanto se lo proponga. Probablemente
sepa manejar armas, y la única arma que yo sé utilizar son mis pompones.
Llamarme loca si queréis, pero dudo que mis pompones puedan ahuyentar a una
chica como Madison. Podría hacer una buena demostración si se tratara de una justa verbal, pero no creo que sea un recurso apreciado en una pelea callejera. Los chicos se pelean debido a algún gen primitivo e innato que les lleva a ponerse a
prueba físicamente. Quizás Madison tenga algo que demostrarme, aunque, créanme, no es necesario. No represento ninguna amenaza. Pero ¿cómo se lo hago saber? No es que pueda
acercarme a ella como si tal cosa y decirle: «Eh, Madison, no voy a insinuarme a
tu novio ni tampoco he sido yo quien le acuso con el director Brannan». Aunque, ¿quién sabe?, puede que funcione.
La mayoría de la gente piensa que no hay nada que me perturbe. Tampoco quiero hacerles
creer lo contrario. He sudado la gota gorda para mantener esta fachada, y no
estoy dispuesta a perderla porque un pandillero y su novia quieren ponerme a
prueba.
- No me preocupa -contesto a Sierra.
- Te conozco, Ash. Estás nerviosa -susurra ella, negando con la cabeza.
Esa afirmación me pone más nerviosa que la idea de que Madison esté buscándome.
Porque me esfuerzo mucho para guardar las distancias con todos... no quiero que
sepan realmente cómo soy o lo que es vivir en mi casa. Sin embargo, he dejado
que Sierra sepa más de mí que ninguna otra persona. A veces me pregunto si no
debería alejarme un poco en nuestra relación, asegurándome así de mantener una
distancia prudencial.
Lógicamente, sé que estoy paranoica. Sierra es una amiga de verdad, estuvo
junto a mí incluso cuando el año pasado me puse a llorar por la crisis nerviosa
que sufrió mi madre, aunque nunca le conté la razón. Me permitió llorar en su
hombro, incluso cuando me negué a contarle los detalles.
No quiero acabar como mi madre. Eso es lo que más temo en la vida.
La señora Small nos hace colocarnos en posición, después hace sonar la canción
que el departamento de música ha creado para nuestro equipo mientras empiezo a
contar hacia atrás. Es una combinación de rap y hip-hop, especialmente mezclada
para que encaje con nuestro número, que hemos titulado «Big Bad Bulldogs»
porque nuestra mascota es un bulldog.
Mi cuerpo se mueve al ritmo de la música. Es lo que más me gusta del hecho de formar parte del equipo. La música tira de mí y me hace olvidar todos los problemas que me esperan en casa. La música es mi droga, lo único que me hace alucinar.
- Señora Small, ¿podemos intentar la posición de Media T para el inicio en
lugar de la posición T, como hemos hecho hasta ahora? -sugiero-. Después,
cambiamos a la combinación de V Baja y V Alta con Morgan, Isabel y Caitlin
moviéndose hacia la parte delantera. Creo que así quedará más limpio.
La señora Small sonríe. Es evidente que le gusta mi sugerencia.
- Buena idea, Ashley. Vamos a intentarlo. Empezaremos por la posición Media
T, con los codos flexionados. Durante la transición quiero a Morgan, Isabel y
Caitlin en la fila de delante. Recuerden que deben mantener los hombros abajo. Sierra, por
favor, haz que tus muñecas sean la extensión de tus brazos en lugar de
flexionarlas.- Sí, señora -contesta Sierra detrás de mí.
La señora Small pone de nuevo la canción. El ritmo, la letra, los
instrumentos... es una mezcla que se cuela en mi interior y me levanta el ánimo
sin importar lo bajo que lo tenga. A medida que bailo con el resto del equipo,
en una coordinación perfecta, me olvido de Carmen y de Zayn, de mi madre y de
todo lo demás.
La canción acaba demasiado pronto. Aún deseo moverme al ritmo de la letra
cuando la señora Small apaga el reproductor de CD. El segundo ensayo queda
mejor, pero nuestra formación requiere mucho trabajo y a algunas de las chicas
nuevas les cuesta mucho lograr los pasos.
- Ashley, enseña a las nuevas los pasos básicos y volveremos entonces a
intentarlo en grupo. Darlene, lidera al resto del equipo para repasar la
coreografía -ordena la señora Small mientras me pasa el reproductor.
Isabel está en mi grupo. Se agacha para darle un sorbo a su botella de agua.
- No te preocupes por Madisonn -dice-. Perro que ladra no muerde
- Gracias -le digo.
Isabel parece una chica dura, con la bandana roja de los Latino Blood, los tres
pendientes en la ceja y las manos plegadas sobre el pecho cuando no estamos
haciendo ningún número. No obstante, su mirada desprende bondad. Y sonríe
mucho. Su sonrisa suaviza su apariencia, y estoy segura de que estaría preciosa
si se pusiera un lazo rosa en el pelo en lugar de llevar esa condenada bandana
roja.
- Estás en mi clase de química, ¿verdad? -le pregunto.
Ella asiente con la cabeza.
- ¿Conoces a Zayn Malik?
Asiente de nuevo.
- ¿Son ciertos los rumores que circulan sobre él? -pregunto con cuidado porque
no sé cómo puede reaccionar ante mi curiosidad. Si no me ando con cuidado,
acabaré teniendo una lista enorme de personas que quieren ir a por mí.
La larga y morena melena de Isabel se mueve de un lado a otro mientras
contesta:
- Depende de los rumores a los que te refieras.
Cuando estoy a punto de recitar la lista de rumores sobre el consumo de drogas
y los arrestos policiales, Isabel se pone en pie.
- Escucha, Ash -dice-. Tú y yo nunca seremos amigas. Pero tengo que decirte
que, pese a comportarse como un estúpido contigo, Zayn no es tan malo como se
rumorea. Ni siquiera es tan malo como cree que es.
Antes de que pueda hacer otra pregunta, Isabel vuelve a colocarse en formación.
Una hora y media más tarde, cuando todas, incluso yo, estamos agotadas e
irritables, nos dan permiso para acabar la práctica. Decido acercarme a una
sudorosa Isabel y decirle lo bien que lo ha hecho en el número de hoy.
- ¿En serio? -pregunta, sorprendida.
- Aprendes muy rápido -contesto. Es verdad. Para ser una chica que no ha cogido
un pompón en los tres primeros años de instituto, ha sacado muy rápido los
pasos de la coreografía-. Por eso te hemos puesto en la primera fila.
Mientras observo a Isabel, que se ha quedado boquiabierta de la emoción, me
pregunto si cree en todos los rumores que habrá oído sobre mí. No, nunca
seremos amigas. Pero tampoco puedo decir que vayamos a ser enemigas para
siempre.
Después de la práctica, voy de camino al coche con Sierra, que está mandando un
mensaje a su novio, Doug. Hay un trozo de papel bajo uno de los
limpiaparabrisas. Lo saco y veo que es la papeleta azul de castigo de Zayn. Lo
estrujo y lo meto en mi mochila.
- ¿Qué es eso? -pregunta Sierra.
- Nada -digo, esperando que capte por mi tono de voz que no me apetece hablar
del tema.
- ¡Chicas, esperad! -grita Darlene, quien se acerca corriendo hacia nosotras-.
He visto a Matt en el campo de fútbol. Me ha dicho que lo esperes.
Miro el reloj. Son casi las seis y quiero llegar pronto a casa para ayudar a
Baghda a hacerle la cena a mi hermana.
- No puedo.
- Doug me ha contestado -dice Sierra-. Nos invita a una pizza en su casa.
- Yo puedo -dice Darlene-. Me aburro un montón ahora que Tyler ha vuelto a
Cambridge y puede que no le vea en semanas.
- Pensaba que ibas a verlo el próximo fin de semana -dice Sierra que está
escribiendo un nuevo mensaje.
Darlene se queda allí plantada, con los brazos en la cintura
- Bueno, así era hasta que me llamó y me dijo que todos los novatos tienen que pasar la noche en la residencia para no sé qué loca iniciación. No me importa, siempre que el pene de Tyler quede intacto cuando todo eso acabe.
Al escuchar la palabra «pene», busco las llaves en el bolso. Cuando Darlene se
pone a hablar de penes y sexo, es mejor retirarse porque no hay quien la pare.
Y ya que no suelo compartir mis experiencias sexuales (o la inexistencia de
ellas) con nadie, me largo de allí.
Es el momento perfecto para escapar. Mientras jugueteo con las llaves entre los dedos, Sierra me dice que Doug la acompaña, de modo que haré sola el trayecto hasta casa. Me gusta estar sola,
así no tengo que representar el papel ante nadie. Puedo poner la música a todo
volumen si me apetece.Sin embargo, no dura mucho el momento de diversión, que me brinda la música
porque me doy cuenta de que mi celular está vibrando. Lo saco del bolso. Hay
dos mensajes de voz y uno de texto. Todos de Matt.
Lo llamo a su móvil.
- Ash, ¿dónde estás? -me pregunta.
- De camino a casa.
- Ven a casa de Doug.
- Mi hermana tiene una nueva cuidadora -le explico-. Tengo que echarle una
mano.
- ¿Todavía estás enojada porque he amenazado al Latino Blood que tienes por compañero de laboratorio?
- Estoy algo molesta. Te he dicho que podía arreglármelas sola y no me has
hecho ni caso. Además, has montado toda una escena en el pasillo. Ya sabes que
no pedí que me lo asignaran como compañero -le digo a Matt.
- Lo sé, Ash. Es que detesto a ese tipo. No te enfades.
- No estoy enfadada -aclaro-. Pero no soporto ver que te pones así sin motivo.
- Y yo no soporto ver a ese susurrándote al oído.
Intuyo que va a empezarme a doler la cabeza, una migraña de las buenas. No
necesito que Matt haga una escena cada vez que un chico me habla. Hasta ahora
nunca lo había hecho, y con ello solamente consigue que quede más vulnerable a los chismes y murmuraciones, algo que no quiero que ocurra.
- Olvidemos lo que ha pasado.
- Por mí bien. Llámame esta noche -dice-. Pero si puedes terminar antes y venir
a casa de Doug, estaré allí.
Cuando llego a casa, encuentro a Baghda en la habitación de mi hermana, en la primera
planta. Está intentando cambiarle los pañales, aunque tiene a Shelley en la
postura equivocada. Tiene la cabeza donde normalmente debería tener los pies,
una de sus piernas está colgando al borde de la cama... es un desastre y Baghda
está resoplando como si fuera la tarea más difícil que haya hecho en la vida.
¿Mi madre se habrá tomado la molestia de verificar sus credenciales?
- Ya lo haré yo -le digo a Baghda, apartándola a un lado. Le he cambiado los
pañales a mi hermana desde que éramos niñas. No es muy divertido cambiar la
ropa interior de alguien que pesa más que tú, pero si lo haces bien no tardas
mucho ni se convierte en algo interminable complicado,
Mi hermana sonríe de oreja a oreja al verme.
- ¡As!
Shelley no puede articular palabras, por lo que recurre a aproximaciones
verbales. «As» significa «Ashley». Devuelvo la sonrisa mientras la coloco bien
sobre la cama
- Hola, peque. ¿Quieres cenar? -pregunto mientras saco las toallitas de un
envase e intento no pensar en tarea que me ocupa.
planta. Está intentando cambiarle los pañales, aunque tiene a Shelley en la
postura equivocada. Tiene la cabeza donde normalmente debería tener los pies,
una de sus piernas está colgando al borde de la cama... es un desastre y Baghda
está resoplando como si fuera la tarea más difícil que haya hecho en la vida.
¿Mi madre se habrá tomado la molestia de verificar sus credenciales?
- Ya lo haré yo -le digo a Baghda, apartándola a un lado. Le he cambiado los
pañales a mi hermana desde que éramos niñas. No es muy divertido cambiar la
ropa interior de alguien que pesa más que tú, pero si lo haces bien no tardas
mucho ni se convierte en algo interminable complicado,
Mi hermana sonríe de oreja a oreja al verme.
- ¡As!
Shelley no puede articular palabras, por lo que recurre a aproximaciones
verbales. «As» significa «Ashley». Devuelvo la sonrisa mientras la coloco bien
sobre la cama
- Hola, peque. ¿Quieres cenar? -pregunto mientras saco las toallitas de un
envase e intento no pensar en tarea que me ocupa.
Mientras le pongo unos pañales nuevos y unos pantalones limpios, Baghda me
observa al margen de todo. Intentó explicarle los pasos a medida que lo hago,pero basta con mirarla una sola vez para saber que no me ha escuchando.
- Tu madre ha dicho que podía marcharme cuando llegaras a casa -me dice.
- Está bien -respondo mientras me lavo las manos. Antes de que pueda darme
cuenta, Baghda ha desaparecido cual Houdini.
Llevo a Shelley a la cocina en su silla de ruedas, pero cuando llegamos veo que
lo que normalmente es una cocina impecable está patas arriba. Baghda no ha
fregado los platos, apilados en el fregadero, y tampoco se ha toma la molestia
de hacer una tarea tan difícil como fregar suelo después del arrebato de
Shelley con el yogur.
Preparo la cena de mi hermana y limpio todo el estropicio.
Shelley dice lentamente la palabra «cole», aunque realidad ha sonado más a
«ole», pero sé a lo que se refiere
- Sí, el primer día otra vez -digo mientras mezclo bien su comida y la dejo
sobre la mesa. Le meto una cuchara de comida triturada en la boca mientras
continúo hablando-. Y a mi profesora de química, la señora Peterson, se le
daría genial ser monitora en un campamento militar. He leído detenidamente el
programa de estudios. No hay una semana en la que no haya programado un examen
o alguna prueba. Este año no va a ser nada fácil.
Mi hermana me mira, intentando descifrar lo que le estoy contando. Su expresión
de concentración me dice que me apoya y me entiende aunque no pueda expresarlo
con palabras. Porque cada palabra que sale de su boca es todo un suplicio. A
veces me gustaría decirlo por ella, porque siento su desesperación como si
fuera la mía propia.
- ¿No te ha gustado Baghda? -pregunto con dulzura.
Mi hermana niega con la cabeza. Y no le apetece hablar de ello, lo sé por la
manera en la que se le tensan los labios.
- Ten paciencia -digo-. No es fácil llegar a una casa nueva y no saber qué
hacer.
Cuando Shelley termina de comer, le traigo las revistas para que pueda echarles
un vistazo. A mi hermana le encantan las revistas. Mientras se entretiene
hojeándolas, me hago un bocadillo de queso y me siento en la mesa para ponerme
con los deberes mientras como.
Oigo que se abre la puerta del garaje justo en el momento en el que saco la
hoja de papel que la señora Peterson me ha dado para escribir la redacción
sobre el respeto.
- Ashley, ¿dónde estás? -grita mi madre desde el vestíbulo.
- En la cocina -respondo yo.
Mi madre entra desenfadadamente en la cocina con una bolsa de la tienda Neiman
Marcus colgada del brazo.
-Toma, esto es para ti.
Cojo la bolsa y saco una camiseta azul claro del diseñador Geren Ford.
-Gracias -digo, intentando no darle mucha importancia frente a Shelley, quien
nunca recibe un regalo de mi madre. Aunque tampoco le importa. Está demasiado
absorta mirando las fotos de las famosas mejor y peor vestidas, y de su
brillante bisutería.
-Pega muy bien con esos vaqueros negros que te compré la semana pasada -añade
mientras saca del congelador unos filetes y empieza a descongelarlos en el
microondas-. Dime... ¿cómo le iba a Baghda cuando llegaste a casa?
- No muy bien -digo-. Tienes que enseñarle a hacer las cosas.
No me extraña que mi madre no responda. Mi padre entra por la puerta de la
cocina un minuto después, quejándose del trabajo. Es el dueño de una empresa de
producción de circuitos integrados y ya nos ha explicado que este es un año
flojo, y pese a ello, mi madre sigue saliendo y comprando de todo, y mi padre
me ha regalado un BMW por mi cumpleaños.
- ¿Qué hay para cenar? -pregunta mi padre mientras se afloja la corbata. Parece
cansado, como de costumbre.
- Filetes -contesta mi madre sin apartar la vista del microondas.
- No me apetece una cena pesada -dice él-. Solo algo ligero.
-¿Huevos? ¿Espagueti? -resopla mi madre, apagando el microondas y enumerando
sugerencias a oídos sordos.
Mi padre sale de la cocina. Incluso cuando está aquí físicamente, sé que su
mente sigue en el trabajo.
- Me da igual, pero que sea ligero -vocea.
Es en momentos como estos cuando siento lástima por mi madre. Mi padre no le
presta mucha atención. Cuando no está trabajando, está de viaje de negocios o
simplemente no le apetece estar con nosotras.
- Haré una ensalada -digo mientras saco la lechuga del frigorífico.
Por su sonrisa, diría que mi madre agradece la ayuda, preparamos la cena
juntas, pero en silencio. Pongo la mesa mientras mi madre trae la ensalada,
unos huevos revueltos y pan tostado. Masculla algo sobre no ser valorada; supongo
que quiere que la oiga pero que no haga ningún comentario al respecto. Shelley
sigue absorta en sus revistas, ignorante de la tensión que hay entre nuestros
padres.
- El viernes me voy a China y estaré allí dos semanas -anuncia mi padre al
regresar a la cocina en pantalones de pijama y camiseta. Se desploma sobre su
asiento, el que preside la mesa, y se sirve algo de huevos revueltos en el
plato-. Nuestro distribuidor de allí está repartiendo material defectuoso y
tengo que averiguar la cantidad.
- ¿Y la boda de DeMaio? Es este fin de semana y ya hemos confirmado nuestra
asistencia.
Mi padre deja caer el tenedor y mira a mi madre.
- Sí, estoy seguro de que la boda del hijo de los DeMaio es más importante que
mantener a flote mi negocio.
- Bill, yo no he insinuado que tu negocio sea menos importante -rebate mi
madre, dejando también caer el tenedor sobre el plato. Es increíble que no tengamos
todos los platos despostillados-. No obstante me parece una grosería cancelar
ese tipo de cosas en el último momento.
- Puedes ir tú sola.
- ¿Y qué la gente empiece a cuchichear sobre la razón por la que no me has
acompañado? No, gracias.
Esta es la típica conversación durante la cena de los Miori. Mi padre hablando
sobre lo duro que es su trabajo, mi madre intentando fingir que somos una
familia feliz y Shelley y yo manteniéndonos al margen de todo.
- ¿Cómo te ha ido el instituto? -pregunta finalmente mi madre.
- Bien -respondo, omitiendo el hecho de que me hayan puesto a Zayn de
compañero-. Tengo una profesora de química muy dura.
- No tendrías que haber escogido química -interviene mi padre-. Si no consigues
un sobresaliente, tu nota media se vendrá abajo. Es muy difícil entrar en una
universidad como Oxford, y no van a levantar un dedo solo porque sea mi
alma máter.
- Lo entiendo, papá -digo, terriblemente deprimida. Si Zayn no se toma en serio
nuestro proyecto, ¿cómo voy a sacar un sobresaliente?
- La nueva cuidadora de Shelley ha empezado hoy -le informa mi madre-. ¿Te
acuerdas?
Mi padre se encoge de hombros porque cuando la última cuidadora se marchó, él
insistió en que Shelley debería vivir en algún tipo de residencia en lugar de
en casa. No recuerdo haber gritado más en mi vida de cómo lo hice entonces,
porque nunca permitiré que manden a Shelley a un lugar donde la descuiden y no
la comprendan. Yo tengo que estar pendiente de ella. Esa es la razón por la que
entrar en Oxford es tan importante. Si estoy cerca de casa, puedo vivir
aquí y asegurarme de que mis padres no la ingresen en un centro.
A las nueve llama Megan para quejarse sobre Darlene. Opina que ha cambiado
durante el verano y ahora se lo tiene creído por estar saliendo con un
universitario. A las nueve y media llama Darlene para decirme que sospecha que
Megan está celosa porque sale con un universitario. A las nueve y cuarenta y
cinco llama Sierra diciéndome que ha hablado con Megan y Darlene y que no
quiere entrometerse. Yo estoy de acuerdo con ella, aunque creo que ya es
demasiado tarde.
Son las once menos cuarto cuando por fin termino mi redacción sobre el respeto para la
señora Peterson y puedo ayudar a mi madre a acostar a Shelley. Estoy tan
cansada, siento que no puedo ni mantener levantada la cabeza. Cuando me
acuesto, después de haberme puesto el pijama, marco el número de Matt.
-Hola, guapa -dice-. ¿Qué haces?
-No mucho. Estoy en la cama. ¿ Te divertiste en casa de Doug?
- No tanto como lo habría hecho si hubieras estado.
- ¿A qué hora has vuelto?
- Hace una hora. Me alegro de que hayas llamado.
Tiro de mi enorme edredón rosa hasta la barbilla y hundo la cabeza en mi mullida almohada.
- ¿De verdad? -le pregunto, esperando un cumplido, y con un tono de voz
cariñoso, aniñado-: ¿Por qué?
Hace mucho tiempo que Matt no me dice que me quiere. Ya sé que no es la
persona más cariñosa del mundo. Mi padre tampoco lo es. Pero es algo que
necesito oír de Matt. Quiero que me diga que me quiere, que me echa de menos,
que soy la chica de sus sueños.
Matt carraspea antes de decirme:
- Nunca hemos tenido sexo telefónico.
Esta bien, esas no son las palabras que esperaba. No debería sentirme ni
decepcionada ni sorprendida. Él es un adolescente y soy consciente de que los
chicos solo piensan en el sexo y en divertirse. Esta tarde, cuando leí la nota
de Zayn en la que hablaba de tener sexo duro, me esforcé por ignorar la extraña
sensación que se me instaló en la boca del estómago. Lo que él no sabe es que
soy virgen. Matt y yo nunca hemos mantenido relaciones sexuales. Ni telefónicas ni reales.
Estuvimos a punto de hacerlo en abril del año pasado, en la playa, detrás de la
casa de Sierra, pero me eché atrás. No estaba preparada.
- ¿Sexo telefónico?
- Sí. Tócate, Ash. Y después me dices lo que estás haciendo. Eso me pone un
montón.
- Y mientras me toco, ¿qué vas a hacer tú? -pregunto.
- Pelarme la banana. ¿Qué crees que voy a hacer, los deberes?
Me río. Es más una risa nerviosa porque no nos hemos visto mucho los dos
últimos meses. Tampoco hemos hablado demasiado, y ahora quiere que en un solo
día pasemos del «Me alegro de verte después de todo un verano separados» al
«Tócate mientras me pelo la banana». Tengo la sensación de estar en medio de
una canción de reggaetón.
- Vamos, Ash -me dice Matt-. Piensa que es una práctica antes de que lo
hagamos de verdad. Quítate la camiseta y tócate.
- Matt...-digo.
- ¿Qué?
- Lo siento, pero no me apetece. Al menos, ahora no.
- ¿Estás segura?
- Sí. ¿Estás enfadado?
- No -dice-. Pensé que sería divertido darle un toque picante a nuestra
relación.
- No sabía que te aburrieras.
- Las clases... el entrenamiento de fútbol... los mismos sitios a los que
vamos. Supongo que después de un verano lejos de aquí ahora me agobia la misma
rutina. Me he pasado las vacaciones haciendo esquí acuático, piruetas con tabla
de surf y deportes de motor fuera de pista. Son cosas que hacen que se te
acelere el corazón y la sangre te circule muy rápido, ¿sabes? Es un puro
subidón de adrenalina.
- Suena genial.
- Lo fue,Ash.
- Sí.
- Y estoy preparado para ese subidón de adrenalina... contigo.
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